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domingo, 18 de febrero de 2018

¿PORTAVOZA?


Irene Montero, la diputada de Podemos, se ha metido de voz y coz en la lucha contra el lenguaje "sexista". Es patético luchar contra algo que no existe. Y sentirse, además, moralmente superior por ello, de una arrogancia cutre. Por más que se diga y vocee y asperje, eso del "lenguaje sexista" es, en sí mismo, un disparate semántico. Al lenguaje no se le pueden atribuir cualidades sólo aplicables a la persona. Existe un uso sexista del lenguaje, pero eso no convierte al lenguaje en machista u opresor, sino a quienes lo usan con intención de despreciar o dominar a las mujeres. No es lo mismo. Es como si acusara usted al lenguaje de ser violador o maltratador.

Detrás de esta batalla lingüística no sólo hay una profunda ignorancia de lo que es el lenguaje, cómo se forma, funciona y evolucionada, sino un enorme desprecio hacia los hablantes, empezando por las mujeres. Esto de "portavoza", "miembra" o "jóvena", no son sólo ocurrencias que incitan a la burla y el cachondeo, sino algo más decisivo, porque nos afecta a todos, no sólo como hablantes, sino como ciudadanos. El lenguaje es seguramente el bien común más importante, un elemento de cohesión y convivencia imprescindible sin el cual no serían posibles las relaciones humanas y sociales. No es sólo el bien común más apreciable, sino el más democrático imaginable. El lenguaje es el resultado de la acción y aportación de todos los hablantes, con independencia de su condición social, no obra de unos pocos o de un grupo dominante.

No hay lengua sin normas sintácticas y gramaticales. Atacar estas normas, destruirlas, es, no sólo destruir un bien común, sino agredir a sus hablantes. Las lenguas evolucionan con la contribución democrática de sus hablantes de forma natural, adaptándose a los constantes cambios sociales y del entorno, pero estos cambios no se imponen nunca a la fuerza. Las lenguas no necesitan policías lingüísticos para imponer cambios en su uso, son los propios hablantes los que generan espontánea y lentamente esos cambios. Por eso son una aberración política todas esas leyes de "normalización lingüística" que se han establecido en Cataluña y por media España, antidemocráticas en sí mismas. Que ahora pretendan algunos hacer lo mismo con "los bables" (no hay uno solo, la primera imposición fascista es obligar a sus hablantes a unificarlos) es una prueba más de desvarío y totalitarismo, en el que coinciden, ¡oh paradoja!, los Álvarez Cascos con podemitas y socialistas.

Esta batalla lingüística muestra cómo la noble causa del feminismo puede derivar en feminismo radical o feminismo ultra, o sea, una ideología reaccionaria que perjudica, en primer lugar, a las mujeres. Llamar a una mujer "portavoza", por más que Lastra, Montero y Robles se sientan encantadas, es lingüísticamente despectivo, y así suena y resuena en nuestro cerebro, y tendremos que hacer un esfuerzo para luchar contra ese efecto inmediato, porque así está fijado en el sentido fonético y musical de la lengua. Basta ponerlo en un contexto como "oiga, portavoza, dígame..." Peor sería, para arreglarlo, decir, "oiga, señora portavoza", o "mi amiga la portavoza"... Bastan estos ejemplos para demostrar que el procedimiento de marcar con el morfema "a" a todo sustantivo o adjetivo viviente para "feminizarlo", conduce a creaciones lingüísticamente aberrantes. Porque ni la "a" es feminista, ni la "o" machista. Sobran ejemplos para mostrarlo.

Lo peor de todo esto es la arrogancia emancipadora con que el ultrafeminismo trata de salvarnos de la lacra machista que ha penetrado en nuestras mentes desde siglos. Erigirse en salvadoras, en comisarias lingüísticas, imponiéndonos usos que destrozan las normas sintácticas, morfológicas y fonéticas de la lengua, es de una soberbia intolerable. ¡Intolerable, sí! Porque agrede y desprecia a todos los hablantes tratando de imponernos un control ideológico, politizando el ámbito más privado e individual como es el de la mente y el modo de hablar y comunicarnos. Entre los derechos lingüísticos de los ciudadanos se encuentra el derecho a no ser presionados, culpabilizados, señalados y denigrados por usar el lenguaje como lo hace, y muy democráticamente, la mayoría.

Ser vocera de la causa feminista es legítimo; ser portavoza del ultrafeminismo, no. Porque eso, ni es progresista ni emancipador, sino cutre y reaccionario. De voz a coz sólo hay una consonante. Y las consonantes se llaman así porque buscan la eufonía. Consonancia significa "estar en armonía". Es lo que busca y logra el lenguaje común: estar en armonía con los otros. Lo mismito que persigue el celo talibán de estas emancipadoras.




jueves, 8 de febrero de 2018

ZOON POLITIKÓN

Lo dijo Aristóteles, que es mucho decir. El hombre es un "zoon politikón"; literalmente, un "animal político", entendido, no en el sentido con que algunos lo han aplicado, por ejemplo, a Martín Villa o a Felipe González, enfatizando su capacidad política en el caso de Felipe, o su habilidad para la supervivencia política, en el caso de Martín. No, sino en el sentido de que el hombre es un "animal social". Suele usarse la expresión para resaltar nuestra dependencia social, el hecho de que nadie puede sobrevivir sin la acogida de un grupo que, desde la cuna a la tumba, nos proporciona protección y ayuda. A mí me gusta la definición aristotélica (este esdrújulo es contundente) por algo que no se suele destacar: porque afirma que somos sociales, sí, pero también animales. Una usted como pueda eso de "animal" y "social" y eso somos, por más contradictorio que parezca.

Lo de "animal" lo interpreto aquí para referirme a lo biológico, lo instintivo, todo eso que está determinado por ese inconcebible entramado de células y neuronas movidas por impulsos electroquímicos, que da lugar a nuestro cuerpo. Es la parte más inconsciente y automática de nuestro ser, la que se mueve por "algo" que viene directamente de lo desconocido, o sea, el impulso de la vida (y también de la muerte, como afirmó Freud). Lo de "social" alude a todo eso que modula, añade, se superpone o entremezcla con lo biológico. Para simplificar: lo innato (animal) interacciona con lo aprendido (social) formando un todo difícil de distinguir. Lo uno no existe sin lo otro, y esto vale tanto para el individuo como para la especie.


Como lo que nos interesa, al final, es entender un poco mejor qué somos y cómo y por qué actuamos como actuamos, saquemos una conclusión elemental: cualquier juicio sobre nosotros mismos o sobre los demás, debe aprender a unir esa doble perspectiva, lo animal y lo social, lo innato y lo aprendido, lo que viene de la impulsividad biológica y lo que proviene de la influencia social. Hay un espacio en el que esta doble corriente (lo que viene de dentro y lo que proviene de fuera) se encuentra y en el que se resuelve la contradicción: el cerebro. El cerebro, no sólo el que se aloja en nuestro cráneo, sino la red de neuronas que se extiende por todo el cuerpo, de la médula al intestino, es el encargado de recoger los impulsos biológicos y los estímulos perceptivos para convertirlos en el mundo en el que vivimos. El cerebro, por tanto, es el resultado de esa doble acción, pero es, a su vez, el que va a decidir qué hacemos en cada momento.

Si todo esto se tuviera en cuenta, y aquí aterrizo, no deberíamos nunca borrar lo instintivo y biológico de nuestra vida, por muy socializados que estemos, ya que, queramos o no, la biología es nuestro primer destino y ahí está, siempre presente; y si no está, malo, algo muy perverso y retorcido y estrafalario acabará apoderándose de nuestra vida. El control de los impulsos lo impone la vida en común, la sociedad, pero siempre debe existir un límite a partir del cual el cuerpo reclama sus derechos. Pretender que "todo es social", incluido el impulso sexual, es una aberración de consecuencias catastróficas. Del mismo modo, creer que la mayoría de los seres humanos es incapaz de controlar sus impulsos, nos llevaría a otro tipo de aberraciones. Apliquen esto a eso de "la cadena perpetua revisable".

Un enfoque de este tipo nos ayudaría a entender un poco mejor eso de "la violencia de género", así mal llamada en la medida en que no integra el elemento biológico al diagnóstico, quedándose solo con lo social. Pero no, el cerebro está tan socializado como sexualizado. Porque el cerebro mantiene un diálogo constante con el cuerpo, con todas las señales biológicas del cuerpo antes de tomar una decisión. Y muchas de esas señales no llegan a la mente consciente, se analizan y valoran de modo inconsciente, de acuerdo con los circuitos que se han forjado a lo largo de la vida a partir de nuestro nacimiento.

La cosa es bastante compleja, ¿verdad? ¿Nos incomoda todo esto, verdad? ¿Nos gustaría que todo fuera más sencillo para resolverlo de un plumazo, con una norma, con una ley, con más centros penitenciarios, verdad? Nos gustaría no ser animales, ser sólo seres sociales, sólo seres moldeables, seres impecables, seres cien por cien políticamente correctos, incólumes, impolutos, vírgenes de todo mal. Nos gustaría vivir en un mundo sin machismo, sin micro ni macromachismo, sin la incertidumbre que nos impone la biología y ese rodar de la Tierra por la inmensidad del cosmos, enganchada a un astro que todo él es fuego, fuego incandescente.






jueves, 1 de febrero de 2018

SOY LO QUE PIENSO

(Foto: Vicente García)


Descartes, después de mucho pensar, dijo aquello de "pienso, luego existo". Aseguran los filósofos racionalistas que eso fue el "fiat lux" de la modernidad, que colocó a la razón como el fundamento de la ciencia y el pensamiento moderno. A mí, lo siento, siempre me pareció una perogrullada, basada, como casi todas las idem, en una petición de principio. Si dudas de todo, ¿por qué no dudar también de que estás pensando-dudando? El axioma cartesiano viene a decir, "pienso, luego pienso", o "existo, luego existo". El problema no está en relacionar el existir y el pensar, sino en el "ergo", el luego, en la relación de causalidad o consecuencia lógica. Yo creo que es mucho más persuasiva, incluso lógicamente, la proposición "siento, luego existo", por poner una de las muchas que se me ocurren en sustitución de la descartiana.

Me da pie y estribo esta piedra filosofal para hacer alpinismo platónico, intentando escalar esa montaña siempre cubierta de nubes que es el misterio del yo, que no es otro que el de la conciencia. Echo mano de la metáfora montañera porque, sí, es muy fácil despeñarse por la pendiente del "qué soy yo" o "quién soy yo", que lo uno lleva a lo otro. Si Yavé dijo algo así como "Yo soy el que soy" o "Yo soy el que existo", difícilmente nosotros seremos capaces de dar una respuesta más clara y categórica. Descartes debería haberse conformado con el silencio que sigue a esta inquietante sentencia divina.

Pero soy inquieto, así que prosigo. De las muchas respuestas que pudiéramos dar a la pregunta que trata de saber qué somos, he aquí ésta que seguramente ya han enunciado muchos, pero que yo hago mía porque es la que se me ha ocurrido para ponerle título a esta bicolumna: soy lo que pienso. Expresada en términos de manual de autoayuda: "eres lo que piensas". Repárese en que no digo "soy el que pienso", lo que sería muy cartesiano, sino que soy eso (esto o aquello) que pienso. Por explicarme un pelín. Somos una fabulosa máquina neuronal: "En el cerebro de un recién nacido, cada segundo se forman hasta dos millones de nuevas conexiones, o sinapsis. A los dos años, un niño cuenta con cien billones de sinapsis, el doble que un adulto". La cita es de David Eagleman. La paradoja es que, para madurar, necesitamos podar las ramas de esa jungla y quedarnos con la mitad de sinapsis. Para construir el mundo necesitamos limitar nuestras posibilidades perceptivas.

El mundo, la realidad, es una creación cerebral construida con billones de estímulos indiferenciados. Si no fuera así no sobreviviríamos ni sabríamos qué hacer rodeados por un mundo incomprensible de infinitos impactos electromagnéticos. Pero voy a lo del título. Si todo se cocina en ese bullicioso y descomunal trasiego de impulsos invisibles, incontables, que van a velocidades astronómicas, ¿qué hacemos nosotros, qué papel juega en todo eso, el pensamiento? Pongamos que el 95% de nuestra actividad es inconsciente. Esto significa que la complejísima maraña neuronal ha creado circuitos fijos por los que circula la actividad electromagnética de forma automática. ¡Y menos mal! Si nuestra vida dependiera de nuestras decisiones conscientes tardaríamos un cuarto de hora en dar dos pasos seguidos.

Sirva tanto preámbulo para llegar a una pequeña cumbre desde la que otear el horizonte de nuestra vida. Me refiero a ese 5% que hemos reservado para la actividad consciente. A esa me refiero con el título. Soy lo que pienso conscientemente. ¿Por qué? Porque es lo único que puedo de verdad controlar de mí mismo. Es ahí donde radica mi albedrío, mi libertad, mi responsabilidad. Así que, conclusión lógica, piense en lo que piensa. Piense que no es lo mismo pensar una cosa que otra. Piense que puede intentar ser dueño, al menos, de un 5% de ese 5% de sus pensamientos no automáticos.

Quiero decir que no desprecie usted ese 5%, porque, gracias a él, puede usted vivir una vida apasionante. Sólo podemos gozar de verdad de aquello de lo que somos intensamente conscientes. Una conciencia alerta es imprescindible para ampliar nuestro mundo, nuestra experiencia del mundo. Una mente abierta es la que está dispuesta a recibir pensamientos inesperados, ideas nuevas, todo aquello que rompa los automatismos mentales anquilosados. En realidad, ese 95% del que hablé depende de ese pequeño 5% del que hablo. Por eso es tan importante.

Y digo más. La política, como la vida, sólo puede renovarse si da importancia a ese 5%. Si da importancia a las ideas. Si confía en la fuerza de las ideas conscientes. Si confía en la coherencia, la consistencia, la capacidad constructiva y unificadora de las ideas y los proyectos lúcidos. Conciencia y honestidad. Pues eso.










jueves, 25 de enero de 2018

EL AURA MICROBIANA


Andaba yo esta mañana en busca de mi identidad cuando me topé con uno de esos artículos de divulgación científica que de vez en cuando me gusta leer. Lo hago con una mezcla de curiosidad indagadora y atracción poética, porque hoy la ciencia avanza no sólo gracias al afán investigador, sino a la imaginación poética. Mediante un elemental experimento se ha podido comprobar que nuestro cuerpo emite no solo calor, ondas sonoras, partículas olorosas, lumínicas y quizás radiactivas, sino también una nube bacteriana, microbiana, que constituye una verdadera aura. Y que ese halo se puede detectar y analizar, y comprobar que es diferente en cada ser humano e incluso en cada familia.

Unamos a ésta, otra investigación que ha descubierto que también heredamos los componentes de nuestro sistema inmunológico básico y que, al parecer, juega un papel bastante influyente en eso de la atracción sexual y la llamada reproductiva de la especie. Buscamos no sólo la belleza, la simetría y la salud biológica, sino la "histocompatibilidad", o sea, un "antígeno leucocitario" complementario que refuerce el sistema inmunológico con una buena dosis de anticuerpos capaces de detectar y combatir virus y bacterias peligrosas. Andaría todo esto mezclado con eso de los olores, que bien sabemos puede dar al traste en un milisegundo con todo nuestro potencial erótico, sea masculino o femenino. No se han descubierto todavía las feromonas, pero está claro que nuestro cerebro reptiliano tiene muchas veces la última palabra.

Se está desarrollando ya una ciencia complementaria de la endocrinología, la exocrinología. Creo que traerá indudables beneficios, no ya a la humanidad, sino a la política. Hoy, en que el consumo está trastocando el orden y hasta la función de los instintos, introduciendo confusión, incertidumbre y angustia en los cuerpos y las almas a través de todo "lo invisible" (desde el reclamo de los olores a las armas biológicas, de internet a los alimentos, de planes multinacionales a revueltas nacionalistas), hoy, digo, nos vendrá bien esta ciencia de la presencia de lo microbacteriano en nuestras vidas -dentro de nuestros cuerpos, pero también fuera, en el aire-, para recuperar el sentido humano del cuerpo, la última barrera contra la manipulación política y la propagación de los virus ideológicos. El cuerpo sabe, el cuerpo siente, el cuerpo habla, así que escúchalo y hazle caso. Es una consigna revolucionaria.

Depurar este sentido corporal global, inmediato, instantáneo; limpiarlo de todas las adherencias mentales, publicitarias, ideológicas, contaminantes; airear, sanear los mecanismos biológicos instintivos o básicos; no dejarnos manipular por el constante acoso de los estímulos consumistas... Si así fuera, la mal llamada "ideología de género", por ejemplo, no habría degenerado en psicopatología de género, que con el tiempo se verá que es un género más de psicopatología, movido, eso sí, y en la mayoría de los casos, por un urgente y justificado afán de justicia igualitaria. Pero saltar de los derechos políticos y sociales, a la esfera de los instintos y el aura microbiana es desatino biológico, no sólo político. Es confundir la lucha contra la dominación y humillación "patriarcal", con la lucha contra la testosterona.

Así que buscando mi identidad matinal me topé con una seña de identidad microbiana inesperada, lo que me ha hecho reflexionar sobre todo ese territorio todavía no conquistado por la política, por la norma social, por el afán totalitario de controlar mi aura invisible. Así que, os digo, les digo, me digo, déjenme con mi aura microbiana identitaria, no me impongan otra identidad que la que me dicta y susurra mi cuerpo, no pretendan dar órdenes a mi fogosidad bacteriana, no me hagan encuadrar a ese ejército bullicioso de partículas y seres invisibles (microbiótica endógena y exógena), a ese anárquico batallón bioquímico no le pongan el uniforme LGTBi, por así decir, y espero que me entiendan sin tomar la metáfora al pie de las siglas.

Dicho de otro modo: no me impongan una identidad "racista", externa, déjenme con mi biología y que yo me las apañe con lo que me ha entregado la vida, el cosmos, el aire que respiro. Porque cuando la política pretende controlar mi aura microbiana (aunque sea para protegerme de una potencial amenaza) está invadiendo mi cuerpo, que es mi propia y única identidad individual. Mi otra identidad, la identidad social, esa pertenece a otra esfera, a la de mis derechos y obligaciones sociales que, curiosamente, también pretende imponérseme, usurpándome esos mismos derechos. Pero este es otro tema.

viernes, 19 de enero de 2018

UNA TEORÍA DEL CONFLICTO


El universo no tiene centro, todo depende del lugar en que momentáneamente se coloque el observador. Si no tiene centro, tampoco podemos saber si tiene límites, ésta parece una conclusión de lógica geométrica. Si no podemos situar sus límites, ¿cómo podremos asegurar que los tiene? El universo que vemos, paradójicamente, nos lleva hacia un universo que tiene que ser radicalmente distinto al que vemos. Tiene que ser "otra cosa", esencialmente inconcebible e inimaginable.

En una noche estrellada, desde la cumbre del Teleno, por ejemplo, podremos ver hasta unas 2.500 estrellas. Estamos en la Tierra, en un lugar apartado de uno de los brazos exteriores de la espiral de nuestra galaxia, que tiene entre 100 y 400 mil millones de estrellas. Nuestra galaxia, a su vez, es una de los 100 a 400 mil millones de galaxias que puede haber en el universo "conocido". Calculando por lo bajo, a ojo de buen cubero científico, pueden existir en ese espacio unos 100 millones de billones de planetas parecidos a la Tierra, lo que significaría que podría haber unos 10.000 billones de civilizaciones inteligentes en el universo observable. Sólo en nuestra galaxia habría unas 100 mil civilizaciones "inteligentes".

Qué pequeño e insignificante resulta todo desde esta perspectiva. Conviene pararse de vez en cuando para observar el mundo, y a nosotros mismos, desde el diminuto punto que ocupamos en ese espacio inconmensurable. Recuerdo una comparación que de pequeño nos hacían los jesuitas en aquellos "ejercicios espirituales" de Semana Santa, para que imagináramos qué significaba "la eternidad": un pajarillo, cada millón de años, se lleva en el pico un granito de arena de toda la que se extiende por las playas del mundo. Pues cuando acabara de transportarla toda, no habría transcurrido ni un segundo dentro de la eternidad...

La conclusión, para quien no sea demasiado obtuso, es que somos una insignificancia, que darnos importancia es tan ridículo como patético. Quedar encerrados en la burbuja de nuestro ego, de la importancia personal, absortos en el autorreflejo, en la imagen cóncava, distorsionada y engrandecida que refleja esa burbuja en que estamos confinados, es nuestra mayor desgracia, la mayor limitación que podemos imponer a nuestro desarrollo, a nuestra capacidad de crear y de disfrutar. Si esa esfera en la que todos vivimos atrapados, que señala los límites de nuestra energía, es una condición de nuestra existencia como seres humanos, lo que ya no es irremediable es que convirtamos esa burbuja en cárcel; que, en lugar de volver sus límites cada día más transparentes para poder observar el misterio del mundo, la hagamos cada vez más opaca, más espesa, más dura.

He comprobado, en mi corta y alargada vida, que casi todos los conflictos humanos, por más que tengan causas objetivas, acaban sin resolverse porque chocan con esa estructura egocentrada y autoabsorbente de nuestra mente, incapaz de separar la imagen de sí mismo de la objetividad de los hechos. Pasando del terreno de la vida y los conflictos cotidianos al, un poco más amplio, de la política o la cultura, la influencia de este mecanismo psicobiológico de identificación con la imagen autoproyectada de nosotros mismos, es tan influyente, que muchos proyectos generosos y lúcidos acaban desmoronándose al ser incapaces sus protagonistas de encarar los conflictos naturales que genera. Cuando se supera esta trampa, en cambio, las posibilidades de expansión y potenciación de las energías individuales reunidas pueden ser extraordinarias.

El yo es necesario para mantener la estabilidad de nuestro ser, ese conglomerado heterogéneo de campos y fibras energéticas, pero no podemos convertirnos en sus esclavos; el ego debe estar a nuestras órdenes, y no al revés. Todo cuanto hacemos en la vida acaba en fracaso vital si no somos capaces de entender y llevar a la práctica esta verdad. Dichoso el que confía en sí mismo y, en cambio, no se fía de su ego, no queda atrapado por la importancia personal, por la búsqueda ansiosa de reconocimiento y estima, por cualquier sentimiento de superioridad.

Cuanto más confianza tengamos en lo que somos, hacemos, pensamos y sentimos, menos arrogantes, intransigentes y engreídos nos mostraremos. Cuanto más carencias y frustraciones, mayor necesidad de proyectarlas sobre los demás. Si este mecanismo de compensación cae en manos de ambiciosos manipuladores, hábiles embaucadores y predicadores del rencor, que señalan a los otros como los causantes de la propia debilidad, la tendencia obsesivo-compulsiva del ego se pondrá al servicio de esos dominadores, a los que entregará su energía. La masa (que algunos confunden con el pueblo), entonces, funciona como un gran ego que genera su propio autorreflejo. También puede servirnos esta teoría para entender alguno de los fenómenos que hoy más nos inquietan.

domingo, 7 de enero de 2018

2018 OPORTUNIDADES

(Foto: S. Trancón)

Enfoquemos esto del 2018 por ahí: el nuevo tiempo solar nos presentará media decena de oportunidades cada día, así, a ojo de pájaro. Oportunidades de vida. Una vuelta alrededor del astro que nos guía y sostiene, y 365 vueltas en redondo para que ningún ser viviente deje de recibir sus rayos salutíferos. Porque la vida es decidir y aprovechar lo que el mundo nos ofrece. Todo pasa rápidamente, y en este tiempo acelerado, mucho más fugazmente. Oportunidades a pares, como se dice, igual que este pareado.

Quiero decir que vivir es tomar decisiones, inevitable, inexorablemente. Toda decisión condiciona la siguiente e incluso, muchas veces, la determina. Esto crea una tensión vital, una urgencia, porque no decidir es ya decidir. Aprender a tomar decisiones de modo consciente, con serenidad, sin pausas ni prisas, y aceptar luego todas sus consecuencias es, quizás, el mayor aprendizaje de la vida. Ni impulsivos ni pusilánimes: esto vale para todo, pero en lo que se refiere a la política, mucho más. El peor político es el que no sabe decidir, y cuando ya no tiene más remedio, lo hace atolondradamente, sin ton ni son ni música celestial. ¿Les pongo un ejemplo? Sí, ese mismo en el que están pensando.

Los españoles tendremos este año la oportunidad de despertar definitivamente del letargo político en que hemos vivido bastante plácidamente hasta hoy, posponiendo problemas, reformas, cambios y decisiones ya urgentes. El síntoma de la urgencia es Cataluña, pero la necesidad de encararla afecta a toda España. La cosa empezó a cambiar con la gran manifestación en Barcelona del 8 de octubre, que inundó las calles de banderas españolas. Esa imagen tiene un efecto simbólico contundente, marca un cambio de actitud, de conciencia colectiva. Los partidos políticos no lo han provocado, sino que se ha producido a pesar de ellos. Como ocurrió con el 15-M. El 8-O es el 15-M nacional, y la mayor desgracia sería que acabara desmoronándose como le ha pasado al 15-M.

Así que mi deseo para el 2018 es que el pueblo español (recuperemos la palabra, secuestrada para aplicarla al conjunto de españoles, pero no para hablar de todos los pueblos habidos y por haber en España); que el pueblo español despierte, le dé la espalda lo antes posible a ese partido dirigido por incapaces (por decirlo con suavidad) que ni gobierna ni sabe gobernar; que ocupe su espacio el nuevo partido de la derecha, de momento más presentable; que igualmente los españoles, hasta ahora confiados, abandonen toda esperanza en el PSOE, que va a la deriva rumbo a las 17 neo-naciones que quiere inventar para encajar así a Cataluña (¡dios, qué ocurrencia!); que los todavía atrapados por las argucias oportunistas del populismo podemita, suelten lastre y se atrevan a reconocer que, de donde no hay, nada se puede sacar. A los independentistas bastará con dejarles solos, y que no acaparen los titulares mediáticos y las entradas del telediario.

Estas son oportunidades colectivas que deberíamos aprovechar durante este viaje elíptico por el espacio sideral, que dejará una huella invisible en esos cielos cada vez más contaminados. Pero si la ruina de la izquierda oficial debería ser un proceso imparable, marcado por la entrada en un nuevo ciclo, el del despertar de la conciencia española, mi deseo deberá completarse con la esperanza de que surja una izquierda renovada, que abandone todo el lastre ideológico, dogmático y sectario que se le ha ido pegando a los pies, "monstruo en su laberinto".

Una izquierda que reúna a la inteligencia más inquieta de nuestro país, el empeño más decidido de los más osados, la confianza más lúcida de los mejor preparados, la determinación más inflexible de los más generosos. Y sí, ¿por qué no? Soñar así con una verdadera revolución ciudadana que crea de nuevo en España como el mejor proyecto común capaz de luchar por la igualdad, la unidad, el progreso vital y humano (no sólo el económico), la defensa de los más desfavorecidos, la confianza en nuestra creatividad y capacidad para superar todas las dificultades.

Este proyecto nacional deberá abordar, como condición, si no suficiente, sí necesaria, una profunda transformación de la estructura y el funcionamiento del Estado, hoy sometido a fuerzas disgregadores, inoperantes, suicidas. Eso es lo que está latiendo en el fondo del corazón de esas masas que han empezado a respirar por su cuenta, a salir a la calle, a decir que así no podemos continuar. Por eso es tan necesario que se afiance ese nuevo partido que saque a la izquierda de su desvarío, que le dé la confianza en que es posible salir del pozo en el que ya apenas penetra la luz. Esa será una de las grandes oportunidades del 2018.




miércoles, 3 de enero de 2018

NACIÓN Y ESTADO

(Foto: A. T. Galisteo)
Nación y Estado son conceptos distintos, pero inseparables. A los conceptos hay que pedirles precisión, sobre todo a los conceptos políticos. Precisión significa que podemos atribuirles rasgos semánticos con que diferenciarlos de otros conceptos afines. Toda discusión debe empezar por precisar los conceptos. Si no se comparte el significado de las palabras es imposible confrontar enunciados o juicios. Conceptos precisos para expresar ideas claras: exíjaselo usted a los políticos, tertulianos y periodistas. Es la prueba del algodón: verá enseguida quién no sabe de lo que habla, quién engaña y quién, aun sabiendo que engaña, sigue engañando. Ejemplo: pregunte a Pedro Sánchez, a Iceta o a Iglesias por la "plurinacionalidad". O más sencillo: ¿qué es para usted una nación?

Hablamos de nación política, que hoy es el único sentido que nos interesa. Dejemos de lado, para no confundir, la noción romántica de "nación cultural", "étnica" o "lingüística". Digo que nación es una forma de agrupación social. Los hombres somos seres sociales, no vivimos aislados, sino formando grupos. El primer grupo es la familia, basada en la consanguinidad y el parentesco. Luego hay otros, unos inclusivos y otros excluyentes, como el clan, la tribu, la etnia o cualquiera de las muchas agrupaciones que hoy existen, desde una Iglesia a un club deportivo.

Avanzo. Nación política es una forma de organización social en la que todos los individuos que pertenecen a ella, poseen una condición básica: son sujetos políticos. El vínculo común no es ni la sangre, ni la lengua, ni la etnia, ni el lugar de nacimiento, ni la condición sexual, ni el estatus económico, ni cualquier otra característica, sino el hecho de ser reconocido como un sujeto de derechos y deberes sociales. Es aquí donde el concepto de Nación se hace inseparable del concepto de Estado.

El Estado es la forma institucional que adopta una Nación. El Estado transforma el vínculo y el acuerdo social en leyes e instituciones que organizan y regulan las relaciones entre los individuos. La Nación política nace con la Revolución Francesa y se consolida con el Estado democrático moderno. Desaparecen los estamentos y las clases para proclamar un solo sujeto político: el ciudadano. Los Reinos o Imperios dejan de existir para convertirse en naciones políticas, y las naciones se organizan como Estados.

La diferencia entre Estado y Nación es importante. La nación es una agrupación de ciudadanos; el Estado, un conjunto de leyes e instituciones. La nación es el fundamento del Estado, no al revés. El Estado varía y puede adoptar distintas formas, pero la nación se mantiene mientras la mayoría de sus ciudadanos no rompan su vínculo de pertenencia y permanencia en ella. La nación es el resultado de muchos avatares históricos, pero no es una invención arbitraria, ni impuesta, ni mantenida por la fuerza o el interés de una minoría dominante.

La nación política moderna es una forma racional de agrupación humana que responde a hechos, necesidades y acuerdos sólidamente fundamentados. No es expresión de ninguna esencia (no existe ni el alma ni el ser nacional), sino fruto de la experiencia, la conveniencia, el interés general, la seguridad y la defensa mutua, el control del territorio, la creación de bienes y servicios comunes, etc. La nación asegura la vida en común, la supervivencia, la paz y el bienestar de la mayoría. Por eso -y para eso- existe. Dada la complejidad, la dificultad y el largo período que requiere la cristalización de los procesos que dan lugar a su constitución, toda nación tiende a permanecer.

Apliquemos esto a nuestra nación. El nombre de España se refiere a la nación, tal y como aquí la definimos; una nación que surgió de la unión de varios reinos que acabaron creando un Imperio que, a su vez -y una vez desaparecido como tal-, acabó convirtiéndose en una nación moderna a comienzos del siglo XIX, después de un período de transformación como lo fue el siglo XVIII. En la idea de nación española cristaliza una larga historia que va creando la conciencia de compartir un territorio común, unas necesidades y leyes comunes, etc.

Una primera conclusión, apresurada por falta de espacio, es que sin España no puede existir el Estado español. Que, para poder abordar cualquier reforma del Estado, necesitamos revitalizar y reforzar la conciencia y la consistencia de la nación española, o sea, los vínculos de pertenencia a una sociedad común, política, social y legalmente constituida. Que la nación española no es ningún capricho ni ningún proyecto fallido, sino una realidad poderosa, vigorosa y democráticamente construida. Que el resurgir del sentimiento nacional que el separatismo ha despertado, no es una reacción efímera que puedan manipular políticos oportunistas, sino la expresión de algo más profundo que nadie tiene derecho a desvirtuar con confusas promesas electoralistas.













martes, 12 de diciembre de 2017

SER ESPAÑOL HOY

(Foto: S.Trancón)

Dice Manuel Valls que los españoles necesitamos responder a la pregunta “qué es ser español hoy”; que España tiene que construir una identidad positiva de sí misma que supere su complejo de inferioridad; que del éxito o fracaso de esta tarea va a depender nuestro futuro. Es llamativo que necesitemos que alguien desde fuera nos recuerde algo tan evidente, a lo que nadie quiere atender. Ni atender, ni entender; ni aceptar, ni tomar en serio. Pero sí, es la “cuestión palpitante” (¿la que hace latir el corazón?), como dirían nuestros abuelos, por más que no figure en el programa de ningún partido.

Huímos de la pregunta por incómoda, porque nos sitúa en un terreno pantanoso: el del nacionalismo esencialista, el de la retórica populista, étnica y patriotera, cuyos ecos todavía resuenan y que hasta ayer mismo sirvieron para engañar, dominar y mantener un orden basado en la sumisión y el privilegio. Al apropiarse de ella una minoría, dejó inservible el concepto, la imagen y el sentimiento que la palabra español encierra. Es imprescindible una “reconstrucción semántica” de la palabra “España” y “español” para despojarlas del óxido que se les ha adherido y dotarlas de la fuerza y el sentido que contienen: “resignificarlas”.

Un primer paso es aclarar qué es “ser español”. De los muchos significados (superpuestos e interrelacionados) que podemos distinguir, empecemos por el más elemental: el significado legal. Yo soy español porque poseo la ciudadanía española, acreditada con un documento oficial: mi carnet de identidad. Frente a cualquier otra difinición más o menos metafísica, he aquí este hecho “burocrático” insoslayable: soy español porque así me lo reconoce legalmente el Estado democrático español. La mayoría de españoles hemos adquirido esta condición por el hecho azaroso de haber nacido en España. Empecemos reconociéndolo.

Yo nací en España y, al menos como hipótesis cosmológica, pude haber nacido en cualquier otro lugar de la Tierra o del Universo (dado que hay millones de planetas habitables sembrados por ahí, en los miles de galaxias que giran a velocidades inconcebibles por el espacio cósmico). Digo que el hecho de haber nacido en España me da derecho a la nacionalidad española, lo que por sí mismo me permite decir que soy español, legal y administrativamente hablando, algo aparentemente intrascendente, pero que es la base de todos mis derechos y deberes ciudadanos. Al hecho azaroso de mi nacimiento, se ha añadido este otro azar político que me hace sujeto de derechos y deberes reconocidos gracias a la existencia de un orden social previamente establecido. La nación política española me antecede, preexiste a mi nacimiento.

Ser español es, por tanto, un hecho reconocido e inherente a mi propia existencia legal, por lo que, para dejar de serlo, he de renunciar expresamente a ser ciudadano español. Puedo hacerlo, por supuesto, dado que ser español no es una condición biológica, sino social y política. Esto significa que a ningún adulto se le puede obligar a ser español, pero tampoco que se le pueda despojar de esa condición.

Quiero recalcar la condición legal, dejando de lado los otros rasgos culturales, emocionales, lingüísticos o históricos que pudieran añadirse a la definición de “lo español”, elementos no menos importantes pero que, al mezclarse, acaban borrando ese elemento esencial: ser español es ser un sujeto legalmente reconocido como tal. La conclusión es que, independientemente de que te sientas o no español, si lo eres legalmente no puedes dejar de serlo simplemente porque así lo pienses, lo quieras, lo desees o lo proclames. O sea, que no puedes ser español y no español a la vez. Que no puedes ser español para unas cosas y no español para otras.

Sirvan estas elementales consideraciones para aclararles a los independentistas que, mientras sean españoles, no pueden pretender ser y actuar legalmente a la vez como españoles y como no españoles. Y, sobre todo, que no pueden tener la osadía de despojar de la condición legal de españoles a más de la mitad de catalanes que no quieren dejar de serlo. Y al resto, a los independentistas, es preciso que les digamos claramente que no pueden ser españoles y no españoles a la vez. ¡Y menos reconocerles y tratarles legalmente como antiespañoles!, esa aberración antidemocrática a la que muchos quieren que nos acostumbremos, empezando por ese “nacionalsocialista” llamado Iceta, cuyo proyecto es el mayor triunfo del independentismo. ¿Y el PSOE? La mayoría prefiere mirar para otro lado.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

UN POCO DE NADA


(Foto: S. Trancón)

Tirar piedrecitas a un lago y ver cómo las ondas forman círculos que poco a poco mueren en el agua. Igual que un pez que pica el anzuelo y hunde un instante el corcho flotante. Pequeños fenómenos, efímeras perturbaciones sobre la superficie líquida que tiende a la quietud. Para contemplar el mundo, para no confundir las pequeñas olas con un tsunami, hemos de tomar nuestros actos como lo que son, apenas la piedrecita que un niño arroja sobre la superficie del mundo, que tiende a la inmovilidad. Cuanto más nos alejamos de lo inmediato, cuanto más nos elevamos sobre la rugosidad y aspereza de las cosas, más ridículas resultan nuestras hazañas cotidianas, la importancia que les damos y la importancia que nos damos a nosotros mismos. 

La comparación del lago no es hoy muy apropiada, porque a punto estamos de ver que los lagos de antes ya sólo son hoy charcas pestilentes. En los nidos de antaño, no hay pájaros hogaño. Con qué asombrosa rapidez cambia todo para mal. Es la paradoja de lo inmóvil, que se transforma a nuestra vista sin que lo podamos ver. Y es frente a eso, frente a lo imparable, ante lo que nuestros actos resultan tan insignificantes. ¿Consuelo de tontos? No, aceptación de sabios. 

Comenté el otro día, paseando con Antonio Colinas por la plaza Mayor de Salamanca, esa asombrosa laguna plateresca, cómo poco a poco había ido desapareciendo todo lo que dio consistencia a nuestra infancia. ¿Cuánto tiempo hace que no oímos croar a una rana en una laguna donde picotea una cigüeña?, le comenté. ¡Silencio, ranas, que está la cigüeña en el charco!, nos gritaba un profesor en el Instituto (al que acabamos llamándole el Rana). Para los niños de hoy, ¿qué sentido tendría esa amonestación, si nunca han visto ni oído croar una rana en un charco?

Nada tiene esto que ver con el paso natural del tiempo, sino con la ruina silenciosa de un mundo que dio consistencia a las palabras más entrañables, las visiones más asombrosas, las transformaciones más inesperadas. Toda la sabidurá que un niño puede adquirir tirando una piedra sobre un lago. No es lamento, ni añoranza, ni lucha vana contra una muerte anunciada, sino callada desesperación a la que sólo podemos vencer volviendo a aceptar la insignificacia de lo que somos, de lo que hacemos, de lo que podemos hacer frente a la descomunal perturbación que está sufriendo hoy la superficie del mundo, de la Tierra, de los cielos y los mares y los lagos y los bosques y las charcas cubiertas de espadañas.

Quiero alejarme hoy de tanto ruido, tanto aspaviento y tanta memez con que la actualidad política nos inunda y absorbe hasta el punto de creer que lo importante es toda esa efímera e insignificante agitación de aguas que en otro tiempo formaron lagos y hoy no son ya más que lodo, fango que se pega a la suela del zapato y apenas nos permite caminar. Cuánto engaño, cuánto aturdimiento, cuánta preocupación inútil, cuánta energía dilapidada, con qué obstinado empeño se afanan quienes, en un acto de suprema fatuidad, quieren cambiar la vida de los demás con un decreto, una declaración, una ley tramposa, un titular. 

Atrapados por la agitación del momento, por la vacuidad de la inmediatez, conviene de vez en cuando volver sobre sí mismo para dejarnos llevar por un poco de nada, de la nada que somos, por más que nos creamos el centro del mundo y que ese centro va allá hacia donde nosotros nos desplazamos. No, el centro del mundo no está ni en Barcelona ni en Bruselas, ni en Moscú ni en Berlín, ni en Madrid ni en Bilbao. Para mí al menos, y durante el tiempo que he dedicado a escribir estas líneas, el centro del mundo ha estado en esa laguna de mi infancia donde croa una rana a la que una zancuda no le ha dado todavía alcance.




viernes, 24 de noviembre de 2017

LA REFORMA ANTICONSTITUCIONAL



El independentismo, con su viscosa ideología nacionalista, ha impregnado los debates y decisiones políticas desde hace décadas, consumiendo un tiempo y unas energías que, aplicadas a mejorar nuestra nación, hubieran dado unos resultados espectaculares. Creo que tenemos una capacidad creativa, emprendedora y organizativa extraordinarias, que, por culpa de una minoría privilegiada, egoísta y corrupta, ha sido sistemáticamente despreciada y desaprovechada. El Estado, ni ha estimulado ni ha dado la suficiente seguridad (no sólo jurídica, sino institucional, política y colectiva) como para que ese impulso social se orientara hacia una mejora de la colaboración, el bienestar y el progreso.

En lugar de afianzar los vínculos económicos, sociales y culturales entre todos los españoles, avanzando hacia un equlibrio territorial y una mayor igualdad, el modelo autonómico ha introducido un elemento profundamente disgregador y reaccionario en el proceso de desarrollo de un Estado moderno, más justo y equitativo. Quienes atribuyen nuestros avances económicos y sociales a la existencia de las Autonomías, no sólo dejan de lado el despilfarro y las difunciones que ese modelo ha provocado, sino que no tienen en cuenta una pregunta que no podemos obviar: qué hubiera ocurrido si en lugar de las Autonomías hubiéramos impulsado un Estado distinto, descentralizado en la gestión, pero bien organizado y unificado, con normas y competencias claras que hubieran frenado toda tentación nacionalista.

Existe una gran incoherencia entre quienes defienden las bondades de nuestro sistema autonómico, al mismo tiempo que claman por reformarlo y transformarlo en otro muy distinto, al que llaman federal para no llamarlo confederal o plurinacional, que supondría la desmembración de España y del Estado democrático que la sostiene. Cualquier reforma de la Constitución sólo puede tener un sentido: mejorarla como instrumento de integración, no de disgregación. Lo que muchos pretenden, en realidad, es una reforma anticonstitucional, o sea, en contra de la Constitución.

Desgraciadamente, durante los próximos años seguiremos enredados en el debate territorial, que llenará de pringue cualquier discusión racional sobre nuestro modelo de Estado y las necesarias reformas de la Constitución que debieran cerrar la puerta a la actual intepretación de algunos de sus artículos, lo que ha permitido a los secesionistas llegar hasta donde han llegado. Lo peor sería que esta reforma se cerrara en falso, precipitadamente, para contentar a los independentistas, tentación que le ronda a Pedro Sánchez, tan ansioso por llegar a la Moncloa que parece dispuesto a utilizar este reclamo.



F. Sosa Wagner y M. Fuertes, en un excelente artículo titulado “¿Reformas territoriales?”, han alertado ya sobre el tema, señalando el camino a seguir para no cometer errores irremediables. Mucho me temo, sin embargo, que sus sabios consejos caigan como agua en un cesto. Nos dicen, muy acertadamente, que las propuestas de reforma no deben realizarse, ni sólo por juristas y menos por los diputados, sino sobre todo por expertos que atiendan a los problemas diagnosticados y que de verdad se quieran solucionar, lo que supone cuestionar la “eficacia” de la administración autonómica en el cumplimiento de las competencias que el Estado les ha cedido, como las de educación, sanidad, justicia o las ayudas a la dependencia.

Entraremos en un período peligroso en el que el virus nacionalista, con toda su toxicidad, se instalará en el lenguaje de los políticos y pretenderá extenderse a los ciudadanos con el propósito de que acepten como irremediable una claudicación camuflada de consenso, tolerancia y generosidad. Entonces se notará de modo dramático la ausencia de un partido de izquierdas que de verdad defienda a su país, despierte la autoestima y la confianza en nuestras capacidades y recupere el sentimiento nacional de pertenencia, eso que ha renacido estos meses ante los ataques y amenazas de los secesionistas, convertidos ya abiertamente en sediciosos.

Digo un partido de izquierdas que contrarrestre la tendencia autodestructiva de una izquierda antiespañola o filonacionalista, pero también que supla a una derecha que, ante la menor oportunidad, se olvida del interés y el bien común, o sea, del fundamento de la nación, para ponerse del lado de los corruptos, los disgregadores, los nacionalistas con los que está dispuesta a pactar, ya sea para mantener su poder y sus privilegios o para asegurar los negocios comunes.

Nación, Estado y Constitución son inseparables. Mientras la izquierda no lo tenga claro, seguiremos chapoteando en el fango de los nacionalistas, los que continuarán marcando la agenda política, ahora bajo el señuelo de una reforma de la Constitución… ¡anticonstitucional! ¿A qué les suena eso de “elevar el techo competencial”, “blindar competencias”, “bilateralidad”, “soberanía compartida”, o “profundizar en el autogobierno”? Una verdadera reforma constitucional, o sea, a favor de la Constitución, debiera ir en sentido contrario. ¿Y si nos diéramos la oportunidad de comprobar qué efectos produciría una reorganización del Estado en la que las Autonomías dejaran de ser lo que ahora son?




jueves, 16 de noviembre de 2017

BANALIZAR EL SUFRIMIENTO


(Fotos: S. Trancón)

El dolor. El sufrimiento. El abatimiento. La desesperación. La angustia. El desmoronamiento. El miedo. El desgarro. El ahogo. La indefensión. La impotencia. La rabia. El odio. El desánimo. La depresión. La amargura. La humillación. El desprecio. La pobreza. La enfermedad. La desgracia. La pena. 


Sentimientos. ¿Quién puede medir, contar, describir, valorar el sufrimiento diario de los millones de personas que viven a nuestro alrededor? Me refiero al sufrimiento cuyo origen no es el azar, ni el destino, ni el que procede de lo incontrolable de la naturaleza o de nuestra propia fragilidad física, sino al causado por otros seres humanos, que es la mayor fuente de dolor y sufrimiento que padecemos.

La indiferencia, el desprecio, la traición, el engaño, el rechazo, el insulto, el ignorar, borrar o negar las consecuencias de nuestros actos, o sea, todo el dolor que provocan, la cadena imparable de sufrimiento que una decisión u otra puede causar en los demás; tener en cuenta esa variable decisiva que determina el valor de nuestros actos (el grado y la cantidad de sufrimiento que podemos causar a los demás), debería ser un principio siempre presente en nuestra vida, algo que habría de aprenderse a valorar en la escuela, un aprendizaje básico.

La capacidad del ser humano para hacer el mal a otro es casi infinita. Cualquier ser humano es capaz de destruir a otro, de causarle un mal irreparable y, en la misma proporción, encontrar una justificación, una explicación o una excusa para no reconocerlo y menos para pedir perdón y arrepentirse. Sin una prevención constante, poco a poco podemos ir perdiendo la conciencia del mal que causamos, cayendo en una desensibilización progresiva ante el mal y disculpando a quien lo causa.

Me vienen al corazón y a la mente estas reflexiones a propósito de todo lo que estamos viendo y viviendo estos meses en Cataluña, que no es más que el síntoma de algo que ya afecta a toda España. Me refiero a esa dimensión humana de la política, la que tiene en cuenta el sufrimiento que causan los actos y las decisiones políticas, algo tal olvidado, borrado y ausente de todos los comentarios y análisis, no ya de los políticos, sino de la mayoría de tertulianos, periodistas y opinatólogos que parlotean en radios y televisiones.

Hannah Arendt fue la primera que nos alertó sobre ese fenómeno que llamó la “banalización del mal” para advertirnos que no hace falta ser un psicópata, un trastornado o un degenerado para hacer sufrir o destruir a otro ser humano. Que también se puede acostumbrar uno al mal y aprender a convivir con él sin remordimiento ni malestar alguno. Para banalizar el mal lo primero que hay que hacer el banalizar el sufrimiento ajeno.

Quiero destacar esto, precisamente. El cúmulo de sufrimiento y dolor que el proceso independentista catalán ha causado, causa y seguirá causando; la tensión, la desazón, la angustia, la pérdida de energías, el miedo, el desprecio, los innumerables enfrentamientos abiertos y larvados, los insultos, las amenazas, la represión y tumefacción de los sentimientos, la contaminación de las emociones. Todo ese maremagnum invisible e invisibilizado, lo que está provocando es la banalización del sufrimiento, o sea, el acostumbrarnos al mal, a no indentificar y valorar el dolor que causan los políticos y sus decisiones, el no conmovernos ante el sufrimiento y dolor del otro, porque no hay catalán al que, por muy apolítico e irresponsable que sea, al que no le afecte lo que ha sucedido y está sucediendo hoy en Cataluña, pero también al resto de españoles.

Que los responsables directos de todo ello no reconozcan el mal causado, que pretenden borrarlo con una declaración impostada y mendaz ante un juez, es algo que todavía agrava más esa banalización del mal y el sufrimiento. Que nos pidan, además, que transijamos con esa impostura, con esa farsa manifiesta, sin pedir perdón ni arrepentirse, es una subyugación que nadie debiera tolerar. Hablo de responsables directos, y aquí incluyo no sólo a los urdidores y autores y causantes de tanto mal, sino a sus consentidores y colaboradores necesarios.

¿Ponemos nombres? Pues vaya; no sólo los Pujol, Mas, Puigdemont, Junqueras, Forcarell, Jordis, Turull o Cucurull, sino los Colau, Doménech, Fachín, Rufián, Tardá, Soler, Llach… ¡Joder, conocemos a más políticos catalanes que a todos los del resto de España! Pero sigamos: también podemos añadir a esa lista interminable a los Iglesias, Echenique, Iceta, Sánchez… ¿Y Rajoy? Pues sí, y a la cabeza, porque su responsabilidad es tan enorme que casi oscurece a la de todos los demás. ¿Alguno de ellos se ha parado alguna vez, aunque sólo sea un segundo, a pensar en el dolor que causan sus palabras, sus gestos, sus decisiones? ¿En qué medida, proporción y desproporción están contribuyendo a la banalización del sufrimiento?

jueves, 9 de noviembre de 2017

DECIR ES TAMBIEN HACER

(Foto: A.T.Galisteo)

Del dicho al hecho hay un trecho… muy estrecho. El lenguaje es quizás el fenómeno humano más complejo: no sólo encarna el misterio de la conciencia, el paso de la mente al cuerpo, sino que cumple tantas funciones que es muy difícil abarcarlas, analizarlas y relacionarlas entre sí. Porque el lenguaje denota, expresa, señala, revela, oculta, engaña, miente, ordena, impulsa, excita... y todo esto es hacer, que es algo más que decir. Reflexiono sobre la función y el poder del lenguaje a propósito de la extravagante teoría del tancredismo mariano, que ha introducido en el Derecho una distinción insólita: la de que sólo hay delito cuando se producen actos efectivos y probados que puedan ser considerados como tales… ¿Por quién? ¡Por el Gobierno!

Se aprobó en el Parlamento catalán una Ley de Transitoriedad y Desconexión que anulaba la Constitución, pero eso todavía no era ni delito ni nada, se podía seguir adelante hasta… ¡Hasta que esa ley produjera efectos constitutivos de delito! Rajoy pintó una línea roja en el agua y, claro, ni la tinta llegó al río. Ya con el 155 en marcha, si por él fuera, lo ideal sería seguir en punto muerto, meter un poco de ruido (no mucho) con el motor arrancado, pero sin sacarlo del aparcamiento, no sea que si salimos a la calle las turbas independentistas acaben subiéndose al capó y destrozando el coche, una imagen de humillación y violencia que vale más que mil palabras encubridoras.

Ha tenido que venir una juez que no se ha dejado enredar por una teoría tan estrambólita, para recordarnos que el lenguaje es algo más que una mera declaración abstracta o subjetiva de intenciones; que el decir, el declarar, el aprobar un documento, es ya en sí mismo un acto objetivo, y más cuando esas palabras se plasman en escritos que públicamente se aprueban y a los que se otorga validez de ley que obliga a su cumplimiento. Ha tenido que hacer oídos sordos a tanta confusión y marrullería legal para decirnos que sedición, rebelión, insurrección, malversación de fondos públicos, prevaricación y desobediencia, no son sólo palabras cuyo contenido se pueda diluir en meros propósitos e intenciones, sino en sí mismos hechos delictivos y de violencia; que las palabras, los acuerdos, las decisiones, forman ya parte de la ejecución de un plan en sí mismo delictivo. Y que quienes así actúan constituyen una banda organizada que pretende cambiar todo el orden democrático establecido.

Ya hace mucho que la pragmática nos descubrió que hablar no es sólo decir, sino hacer. Que además del significado existe el sentido, el contexto, la recepción y la interpretación del significado. Que hablar es un acto comunicativo, no sólo transmitir un enunciado semántico. Que hablar es actuar, influir directamente en el otro, provocar hechos, producir cambios en la realidad. Que toda la realidad está sostenida por las palabras, que no hay acto humano que no vaya acompañado de palabras que lo justifiquen e impulsen.

Yo tengo un principio, que creo debería ser norma a seguir en cualquier discusión legal y política, que las palabras deben tomarse siempre al pie de la letra y en todos sus sentidos. Para iniciar cualquier debate que quiera descubrir la verdad y llegar a algún acuerdo, se ha de partir de reconocer el sentido literal de las palabras, que es el mejor modo de despojarlas de adherencias subjetivas, sobrentendidos y malentendidos, intenciones ocultas, supuestos e implicaciones no declaradas. Fijado el sentido básico, es ya más fácil descubrir lo demás: la intención, la manipulación, el conflicto emocional y la voluntad de poder que las palabras ocultan.

El independentismo antidemocrático y populista ha sabido utilizar el lenguaje como su principal arma política. Hemos de ser capaces de desenredar la madeja de confusiones que ha ido creando, hasta contaminar el mismo lenguaje del derecho. Hay que tomar las palabras en serio y tener en cuenta todos sus efectos. Esto debería servir, por ejemplo, para acabar con la “inmersión lingüística” en la escuela (sumersión obligatoria en catalán para los hispanohablantes), que inocula el separatismo y el supremacismo en la mente de los niños a través de las palabras, los gestos y las actitudes, o sea, todo lo que el lenguaje dice y hace.

El lenguaje es nuestra última barrera democrática. Cuando pierde su capacidad de acercarnos a la verdad de los hechos; cuando lo dejamos en manos del poder de los tiranos, los corruptos o los pusilánimes… Entonces sí que lo hemos perdido casi todo. Así que, bienvenidos sean los jueces que, al menos ellos, no se dejan embaucar por esos sofismas que pretenden separar las palabras de los actos y los actos de las palabras.





miércoles, 1 de noviembre de 2017

TRAMPA A LA VISTA

(Foto: A.T.Galisteo)

Quisiera escribir y aplicar mi mediana capacidad reflexiva a cualquier otra cosa. Pero ahí está, insistente, obsesiva, la realidad política que se impone con su crudeza, su tozudez, su resistencia a ser analizada. El ejercicio de la razón tiene su ritmo, sus reglas en busca de cohesión y coherencia. El ritmo de los acontecimientos es otro, sigue otras reglas que apenas podemos captar y comprender porque no responden a la misma lógica, sino a esa otra invisible, inaprensible que es “la fuerza de los hechos”. 

Dicho de otro modo: la fuerza de la realidad. Tan despreciada, tan arrinconada, tan ignorada, sin embargo, ahí está, imponiendo a todo lo demás la consistencia de su propia materialidad, su dinámica interna, algo así como el movimiento de las placas tectónicas, sometidas al empuje del magma en combustión, ese fuego que late en el corazón de la Tierra. 

Que la realidad, al ofrecer su resistencia, se haya convertido en nuestra última esperanza, en salvaguarda de lo más valioso que tenemos, la unidad y la convivencia, no debe hacernos olvidar hasta qué punto es frágil el equilibrio y la cohesión social, el orden y la integración que un sistema democrático como el nuestro logra establecer. 

En contra de lo que se está diciendo estos días, si logramos superar este momento de crisis profunda, no será por obra y gracia y decisión de nuestros gobernantes, sino a pesar de todo lo que han hecho y siguen haciendo. Me refiero a lo que podríamos llamar “efecto de realidad”, que poco tiene que ver con la voluntad y la intervención de nuestros responsables políticos. Ni Rajoy, ni Sánchez, ni Rivera (y no digamos Iglesias) han actuado con la claridad, la determinación y la responsabilidad que la situación pedía desde hace años, y me refiero, claro está, a la previsible evolución del proceso independentista catalán con las consecuencias que han afectado tan negativamente a toda España.

Dos factores han sido determinantes para que esa realidad impusiera un momento de cordura y pausa en el proceso de desmoronamiento del Estado y la convivencia en que todavía estamos sumergidos: el instinto de supervivencia de las empresas que viven del mercado, y la reacción espontanea de millones de españoles que han hecho resurgir el sentimiento nacional, superando el complejo franquista y la intimidación impuesta por los nacionalismos independentistas. Las decisiones de Rajoy nada han tenido que ver en la aparición de estos hechos. Al contrario, han sido también causa de su desarrollo.

Conviene tener esto en cuenta para no sacar falsas conclusiones: ni los empresarios se ha vuelto de pronto antiindependentistas (siguen siendo lo que eran, y nunca se han destacado precisamente por tener un compromiso claro y democrático contra del independentismo), ni los millones de españoles que gritan “España unida, jamás será vencida”, al mismo tiempo que “Puigdemont a prisión” (para cabreo del Borrell), son incondicionales de Rajoy, Sánchez o Rivera, quienes de modo descarado están tratando de aprovecharse de la ola de protesta y cabreo contenido que recorre toda España.

Nada sería más peligroso que esta crisis se cerrara en falso, con apaños, componendas, trampas y engaños, todo para posponer los verdaderos problemas que nos han llevado hasta aquí. No vemos a ninguno de estos dirigentes con capacidad ni voluntad para encarar las causas, las claudicaciones, la dejación de funciones y responsabilidades, la aceptación de desigualdades intolerables, el abandono de la defensa de la lengua común, de la historia común, del respeto a la verdad en los medios de comunicación, de lucha contra el supremacismo y la propaganda antiespañola, la utilización de la escuela como fábrica de independentistas, etc.

Es necesaria una profunda reforma del Estado y una nueva distribución del poder y las competencias de los distintos niveles administrativos, estableciendo un Estado único y descentralizado, que ponga fin a la actual dualidad (Estado central/Estado autonómico), que no ha servido más que para consagrar desigualdades, mantener y aumentar privilegios, desmoronar el sentimiento de unidad, crear una burocracia asfixiante, despilfarrar recursos públicos, estimular deslealtades y alimentar caciquismos de origen medieval.

Si no se aborda esto, si la reforma constitucional que pedristas y sorayistas y riveristas nos proponen, va en sentido contrario (“blindar competencias”, “reconocer hechos diferenciales”, “plurinacionalizar España”…), pronto volveremos a las andadas, a las pisadas y pisoteadas y manoseadas consignas y monsergas y trampas y engaños con que se pretenderá que esos millones de españoles hoy alarmados, acaben aceptando la consagración de privilegios; que los disgregadores, los cazafortunas territoriales, los embucadores de masas (esos que provisionalmente han sido “derrotados”), vuelvan a la carga, a la crispación, al desasasiego del que todavía no hemos salido.





martes, 24 de octubre de 2017

IMPOSICIÓN LINGÚÍSTICA

(Foto: A.T.Galisteo)

Si hablo en español, y no en catalán, yo jamás digo ni escribo Generalitat, sino Generalidad, Gobierno catalán, nunca Govern català, Presidente y no President, Parlamento y no Parlament, Estatuto y no Estatut, Mozos de Escuadra y no Mossos d’Esquadra. Pero tampoco digo Lleida, sino Lérida, no Girona sino Gerona. Lo hago por las mismas razones por las que no digo ni escribo London, sino Londres, Alemania y no Deutschland, Moscú y no Moskva.

Que se hayan llegado a imponer exclusivamente nombres catalanes o gallegos o vascos, cuando desde siglos existen nombres en español, es una prueba de imposición lingüística, de una claudicación y sumisión totalmente injustificada. Como hablante del español, y por pura reacción ante cualquier forma de imposición, me niego a utilizar términos que, por el mero hecho de usarlos forzadamente, ya suponen la aceptación de una dominación lingüística. Sería igualmente inadmisible que yo obligara a decir Lérida en lugar de Lleida, a escribir España y no Espanya, o León en lugar de Lleó, cuando alguien se expresa en catalán.

Respetar estos usos de la lengua respectiva es respetar a sus hablantes. No hacerlo, es imponerse sobre ellos, es obligarles a que hagan un acto de reconocimiento y pleitesía obligatorio, renunciando a sus términos naturales, para usar otros a contrapelo. Se me dirá que esto es ir demasiado lejos, que es ver fantasmas donde no hay más que un gesto de buena voluntad, de reconocimiento de quien habla una lengua distinta. Pero violentar de este modo los usos naturales de una lengua para imponer los de otra no es, sin embargo, algo inocente ni inocuo. Primero, porque crea una confusión fonética y morfológica que no sirve más que para debilitar las normas de una lengua al someterla a las de otra. La “G” de Girona, por ejemplo, deja de ser el fonema “j” para convertirse en otro que no existe en español (fricativa postalveolar sonora). El sistema vocálico y el consonántico son diferentes. Obligar a hacer una excepción en la norma va contra un principio fundamental en el uso de las lenguas: el principio de economía. Nunca una lengua obliga a los hablantes a esfuerzos innecesarios.

Pero en el caso que nos ocupa existe otro elemento determinante: el acto de hablar se convierte en un acto político, en una acción política. El habla deja de ser un acto libre y comunicativo para convertirse en un hecho político, en la afirmación o negación de una posición política. El mero hecho de hablar de un modo u otro te delata, te señala, te coloca en un bando o en otro. Esto es algo aberrante en sí mismo, una perversión de la función del lenguaje. Si un poder político llega a inmiscuirse y a imponerte estos usos lingüísticos, ese poder está dando muestras inequívocas de su voluntad totalitaria. Ya ha penetrado en tu mente, en tu conciencia, en tu modo de presentarte y relacionarte con los otros, poniendo, de entrada, una barrera, obligándote, de entrada, a un acto de reconocimiento de la superioridad de otro. Para no ser excluido o tachado de… (ponga el lector lo que quiera), debes hablar del modo como el poder te dicta.

Pongo este ejemplo de abuso inadmisible, de imposición y dominación lingüística, como una muestra más del grado de claudicación en que los poderes públicos han caído frente al fenómeno totalitario del nacionalismo. Nada de extraño que hayamos llegado a esa increíble imposición de la mal llamada “inmersión lingüística”. En contra de todos estos atropellos se ha constituido una Plataforma formada por más de 36 asociaciones de toda España llamada “Hablemos español”, para recoger 500.000 firmas con las que llevar a cabo una Iniciativa Legislativa Popular (puedes entrar en www.hispanohablantes.es para añadir tu firma).

Su objetivo es que se pueda hablar y estudiar en español en toda España y que este derecho se respete en cualquier lugar, porque el problema ya no se limita a Cataluña, sino que empieza a extenderse por media España. Millones de españoles no pueden recibir hoy la enseñanza en su lengua (en toda Cataluña, pero también en el País Vasco, Navarra, Galicia y cada vez más en Valencia y Baleares). Para dominar no hay mejor instrumento que obligar a hablar a alguien la lengua del dominador. Incrustar en el español todos esos términos catalanes (que cada día son más, y más frecuentes) es otra artimaña para marcar la diferencia, para hacer visible y extender, de modo permanente y cotidiano, esa voluntad de diferenciación simbólica.

Se me objetará que se trata sólo del reconocer la existencia de otras lenguas, de respeto a sus hablantes, de lucha contra la imposición del español. ¿Pero es que una lengua, para existir, necesita imponerse destruyendo y despreciando el derecho de otros a hablar y usar su propia lengua, tal y como ellos quieran?


viernes, 6 de octubre de 2017

¿Y AHORA QUÉ? Ante el desconcierto nacional


(Foto: Fernando Redondo)

Podría escribir otro artículo. Podría repetir lo que he dicho y anunciado desde hace más de treinta años. Podría recoger cientos de afirmaciones escritas en cientos de artículos durante los últimos cinco años (por acotar el tiempo). Podría repetir los gestos de conmiseración con que han sido acogidos mis análisis y vaticinios por muchos, incluidos algunos de mis amigos, los que, aun pensando como yo, me han tachado de exagerado, alarmista, incluso de pirado. Los hechos, sin embargo, han ido dejando cortas mis reflexiones, mis premoniciones, no sólo para darme la razón (pobre consuelo), sino para sacarla de quicio, porque ni siquiera los hechos caben dentro de los márgenes de la razón.

Cuando los hechos empiezan a desbordar a las palabras, entonces significa que hemos entrado en otra fase, otro estado. Cuando se pasa del estado sólido al líquido, por ejemplo, las leyes cambian, nada de lo que vale para tallar una piedra sirve para manipular un litro de gasolina. Las leyes de cohesión, tensión, fluidez o capilaridad, cambian. Pues eso mismo sucede con una sociedad, puede pasar de un estado a otro. Los cambios pueden ser bruscos (una revolución) o lentos y graduales (lo más frecuente) hasta que se hacen evidentes e irreversibles. La paz y la cohesion social, así, pueden pasar de la estabilidad y el equilibrio, a la inestabilidad y el desorden. Los negacionistas, que suelen confundir pacifismo con cobardía, acaban siendo incapaces de distinguir una marea de un tsunami.

No necesito decir que me refiero a España. Pero debo precisar: no sólo a Cataluña. El primer error, el que lo desenfoca todo, es hablar del “problema de Cataluña” como si fuera algo separado o distinto del problema de España. Pensar y creer que lo que sucede en Cataluña no afecta ni influye ni determina todo lo que hoy ocurre en España, es algo que sólo una maniobra de persistente propaganda, de intencionada campaña de adormecimiento, obnubilación e hipnosis colectiva ha podido lograr. Que hoy predomine el relato goebbeliano y nazi sobre lo acontecido en Cataluña el 1-O, transformando una insurrección anticonstitucional en una resistencia heroica del “pueblo catalán”, es algo de una gravedad que supera mis más negros augurios. Pero he dicho que no quiero escribir un artículo. Así que aquí me callo. Es tanta la responsabilidad delictiva de Rajoy y su miserable y cobarde camarilla, que aquí dejo en el tintero la indignación de mi pluma y anestesio con poesía mi lengua:

Aires, aires de mi tierra, da minha terra, de aquel horizonte rojizo manchado de robles y encinas (más allá, las altas montañas), que fue la primera lejanía que mis ojos lograron distinguir en la confusa e inabarcable inmensidad de los campos y riberas que no necesitan más que la luz para existir. Volver a la patria pequeña, a la matria regada por el Cea y luego el Esla y más allá el Duero que acaba en la mar sin límites, atravesando Portugal, que es la misma patria. Amar esta tierra desnuda y sin fronteras, la que es de todos por igual, la que nadie tiene y todos poseen, la que, extendiéndose más allá, encuentra otro mar, al este, y otro al norte, y otro al sur, la España que nos une y nos hace libres.

Frente a la despesperación de esta hora, que acabará siendo trágica, sólo me queda una esperanza, y aquí ya la política olvida su nombre y encuentra su justificación más allá, en los caminos que señala el corazón, y la lucha por la verdad y la razón y el empeño de impulsar un movimiento político de resistencia, que recupere el sentimiento de libertad y dignidad, adquiere su único sentido, que no es otro que volver a ver en el rostro de la patria, o sea, en el de la mayoría de sus ciudadanos, la fe en sí misma (en sí mismos), en su capacidad de reacción ante la deleznable casta política que hoy nos gobierna y domina, un grupúsculo de indeseables corruptos, cobardes y apocados, incapaces mentales, tan engreídos como inútiles.

Sí, hasta el diccionario se fatiga tratando de describir la abyección de quienes han renunciado a devolver la dignidad al Estado, a las leyes, a la libertad, a la igualdad, a la convivencia y a la unión que, si no la persiguen y aplastan, surge de modo natural entre todos los españoles, vivan donde vivan, tengan la ideología que tengan, hablen la lengua que hablen. De todos ellos, de todos nosotros, dependerá que triunfen los sediciosos, los nacionalfascistas, los antidemócratas, los únicos que de verdad usan la violencia, la discriminación y la intimidación contra la mayoría. Se llaman lo contrario de lo que son, pero este engaño, manipulación e imposición del relato cambiado de los hechos acabará desmoronándose. Sí, somos mayoría. Empecemos a creer en nuestra fuerza, por más que nos amordacen unos y otros, independentistas y pusilánimes, atracadores y consentidores.

viernes, 29 de septiembre de 2017

¿DOS ESPAÑAS?

(Foto: Fernando Redondo)


Nos han contado tantas veces eso de las dos Españas que, como la leyenda negra, hemos acabado creyéndonoslo. Repetimos con Machado que al españolito que viene al mundo una de las dos Españas ha de helarle el corazón: la España ultramontana, carlista y fascista, por un lado, y la anticlerical, chequista y soviética, por otro. La Guerra Civil, con sus matanzas cainitas, le dio al mito de esta división irreconciliable fuerza de ley científica. Sus defensores aportan pruebas irrefutables que van desde los Reyes Católicos hasta hoy, pasando por todo el siglo XIX. Basta oír, por ejemplo, no sólo a Iglesias Turrión y a toda la tropa independentista, sino también a Pedro Sánchez, para comprobar hasta qué punto ese discurso renace con la misma y obsesiva insistencia.

¿Pero es así? ¿Existen esas dos Españas, la una caricatura de la otra? ¿Es éste un hecho diferencial, la prueba de una tara histórica que no hemos sido capaces su superar? Voy a decirlo con claridad: No. Ni existen ni han existido nunca esas dos Españas, ni hay esencia metafísica alguna que las justifique. Creer que existe algún rasgo psicobiológico que determina esa clasificación de los españoles en dos bandos enfrentados es tan absurdo e indemostrable como pensar que ha caído sobre nosotros una maldición bíblica o que ese destino infausto ya aparece escrito en los huesos de Atapuerca.

En Francia, en la Revolución Francesa, la Asamblea se dividió en dos grupos políticos, los partidarios del Antiguo Régimen (la derecha) y los dispuestos a acabar con todos sus privilegios para crear la Nación como una unión de ciudadanos iguales (la izquierda). ¿Algún historiador habla del enfrentamiento entre las dos Francias? Confundir esta división política con la existencia de dos Francias irreconciliables y cainitamente enfrentadas, es insostenible, por más que la Revolución Francesa dejó París lleno de cadáveres y cuerpos sin cabeza.

Una sociedad, en momentos de crisis, no se fractura en dos, sino que se va resquebrajando en múltiples grietas, creando incluso algunos abismos insalvables, pero todo ello es fruto, no de ninguna esencia o predestinación genética, sino de la propia evolución entrópica de los acontecimientos y las circunstancias. Podríamos decir, para que se me entienda mejor, que fue la Guerra Civil la que creó las dos Españas, no las dos Españas las que provocaron la Guerra Civil. En cuanto pasa ese estado de excepción que obliga a la formación de bandos enfrentados, la sociedad se convierte en lo que son sus individuos, una sociedad libre, diversa, no dividida en bandas de primates enfrentados, sino en una heterogeneidad de individuos que tienen en común lo único y fundamental: su condición de ciudadanos.

Así que no, no existen esas dos Españas, inventadas por quienes aspiran a aprovechar esa división social en beneficio de sus intereses y ambiciones de poder. Si divides a la sociedad en dos y logras que una aplaste o arrincone a la otra, tienes el camino libre para imponer a toda la sociedad lo que quieras. Cuando un proyecto de este tipo se hace evidente, como es el caso de los separatistas, surge un nuevo mito: el de los reconciliadores, los equidistantes, los pacifistas, los predicadores del diálogo, la tercera España. Hoy, proscrita la palabra España, prefieren hablar de la tercera vía, que es algo así como inventar una vía con tres raíles.

Lo diré sin rodeos: sólo existe una España, la España de los ciudadanos. Esa es la única España que nos une por encima de cualquier diferencia, ya sea social, cultural, lingüística, territorial, religiosa, ideológica, económica o sexual. La condición de ciudadano es lo que nos hace iguales. La fuente única de derecho es nuestra condición política de ciudadanos. Así que no hay derechos históricos, ni territoriales, ni de clase, ni de origen, ni de ningún tipo que convierta cualquier diferencia en privilegio. 

No hay mayor atropello democrático que despojar del derecho fundamental de ser ciudadano al conjunto de españoles. Lo hace Pedro Sánchez al proclamar que lo que hoy es España en realidad son, al menos, cuatro naciones: Cataluña, País Vasco, Galicia y… ¡España! ¿Nadie le ha dicho, ante semejante imbecilidad, que eso que quedaría, ya no sería España, sino una nueva nación recién inventada? Y si, además, eso que quedara, podría volver a trocearse hasta convertir a Madrid, por ejemplo, en una nación (como también ha proclamado uno de sus preclaros seguidores), ¿que eso sería no sólo destruir la España de los ciudadanos, sino todo el Estado de Derecho? Esta izquierda descarriada está dispuesta a pasar de las dos Españas a cuantas Españas se le ocurran. Los de Cartagena ya están preparados para convertirse en la España 51 o la 101, qué más da.

jueves, 21 de septiembre de 2017

ESPAÑA, PROPIEDAD COMÚN DE LOS ESPAÑOLES


(Foto: F. Redondo)

Hay verdades que, a fuerza de ser proscritas, el mero hecho de enunciarlas resulta una temeridad. Estamos inmersos en un régimen de pensamiento totalitario que ha vuelto literalmente imbéciles a la mayoría de políticos, periodistas, intelectuales y opinadores de todo pelaje. Una de estas verdades elementales que nadie, no ya defiende, sino que ni pronuncia, es que España es un bien común propiedad de todos y cada uno de los españoles. Si esta simple e insoslayable verdad, que es un hecho real y legal, se tuviera en cuenta, serviría para desenmascarar a los predicadores de esa basura mental y política llamada plurinacionalidad, derecho a decidir, autodeterminación y demás metástasis del mal nacionalista. Porque como sociedad estamos contaminados, intoxicados por una enfermedad contagiosa, que si bien se manifiesta virulentamente en Cataluña, ya se ha extendido por toda España.

Frente a tanta confusión, abrumados por la propaganda y propagación del virus, los ciudadanos se muestran indefensos y desconcertados. De este ambiente de incertidumbre y agotamiento no puede surgir nada bueno, pues, o se extiende el sentimiento de impotencia y de fatalidad, resignándose a que quienes quieren destruir España logren sus mezquinos propósitos, o bien estalla una reacción violenta, con consecuencias imprevisibles, de quienes no están dispuestos a entregar ese bien común a los depredadores y destructores de nuestra convivencia y el orden social y de derecho que entre todos hemos construido.

Digo que el proceso independentista es un acto de expropiación por la fuerza de lo que es de todos. España es hoy una sociedad moderna, democráticamente organizada, resultado de varios siglos de trabajo, esfuerzo, colaboración y organización de millones de seres humanos que han ocupado y compartido un territorio, estableciendo todo tipo de leyes para defender ese espacio físico, pero también para organizar un orden social, económico y político común. Cataluña ha formado y forma parte inseparable e indistinguible de este proceso.

El bien común, por su naturaleza, es indivisible, y su propiedad, por lo mismo, no puede ni privatizarse ni trocearse. El bien común lo constituyen aquellos bienes y recursos necesarios para el bienestar y la supervivencia de todos, como, por ejemplo, los ríos, las montañas, los bosques, el aire, el sol, el subsuelo, las costas, la pesca, la fauna, la flora, la biodiversidad, etc., por hablar de condiciones físicas y ecológicas en las que se desenvuelve nuestra existencia.

Pero también forman parte del bien común las infraestructuras que permiten el desarrollo humano, la producción y los intercambios sociales: la red de comunicaciones (carreteras, puertos, aeropuertos, ferrocarriles…), la red eléctrica e informática, el suministro de combustibles, etc. O los bienes y medios que aseguran nuestra salud (hospitales, centros de asistencia, acceso a medicamentos), la educación (escuelas y centros de enseñanza), la propiedad privada, la seguridad y defensa (ejército, policía, fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado), la protección jurídica (justicia, leyes), la protección social y del trabajo (Seguridad Social, pensiones, ayudas sociales), la conservación y protección del patrimonio común (natural, histórico, artístico y cultural) y, en general, el Estado, con todo su aparato y sus medios, forma parte del bien común. (El Estado sólo tiene un fin: promover y defender el bien común). 


El nacionalismo catalán, de naturaleza fascista, xenófobo y totalitario (parece que muchos ciudadanos empiezan a darse cuenta de ello), pretende llevar a cabo un acto de expropiación, apropiación y ocupación por la fuerza de una parte de España, controlar un territorio que es propiedad común, del mismo modo que lo es Extremadura, Navarra o las Islas Baleares. Ni Cataluña es de los catalanes, ni Extremadura de los extremeños, ni Navarra de los navarros. La condición de ciudadanos no sólo nos otorga el derecho, sino establece el deber de defender el bien común ante cualquier atropello, usurpación o privatización, ya sea por parte de un atracador, un colectivo, una empresa o un Parlamento. Esto es lo que todavía no han entendido los ciudadanos ni, lo que es más grave, el Gobierno.

Tenemos la obligación de defender y preservar el bien común porque si no lo hacemos estamos consintiendo el robo, la rapiña y la expropiación de algo que es de todos, y tanto da que sean cien mil o un millón los depredadores, aquí ninguna cantidad puede invalidar un derecho que es de todos. Los catalanes, sean mayoría o minoría, no son dueños de Cataluña, como no lo son los andaluces de Andalucía. Sólo lo son en tanto que españoles. No puede haber bien común sin igualdad. España, repitámoslo, es el bien común irrenunciable de todos los españoles. Por lo tanto, Cataluña también lo es.































viernes, 15 de septiembre de 2017

IMÁGENES AL TUNTÚN

(Foto: S. Trancón)

Como tengo tantos temas sobre los que podría hilvanar o tejer este texto, pasquín, hoja volandera o volátil, voy a hacer un experimento y escribir, hablar, farfullar o balbucir sobre las primeras imágenes que me lleguen a la cabeza, a esa inasible pantalla interna que no cesa de emitir en onda corta, día y noche, reclamando nuestra atención. Me ahorro el esfuerzo de tener que discriminar y elegir un tema relevante, siéndolo casi todos y, por lo mismo, ninguno verdaderamente importante. Así que voy a ello.

Imágenes al tuntún, expresión que al parecer viene de “ad vultum tuum”, o sea, a bulto, a voleo, donde el “tuum” puede resultar sutilmente obsceno. La primera imagen que me llega del fondo de la retina es la de Inés Arrimadas, a la que, después de verla en el circo del hemiciclo catalán dirigiéndose a la turbia Forcadell, juntando las manos, suplicante y mística, no puedo dejar de llamar en adelante sor Inés Arrimadas, envuelta en una aureola de inocencia que hasta puede quedar muy arrebatadora en un cuadro de la purísima concepción. Con qué elegancia junta las manos y las empuja una y otra vez hacia delante, queriendo ser incisiva, pero vista de lado resulta implorante, ella abajo, la otra monja, sor Forcarell, arriba, con el rostro ya indeleblemente agrio y avinagrado, negándole lo que suplica, no sabemos qué. 

No puedo menos que trasladarme del icono al sema, del diseño a la semántica, y es aquí donde sor Inés se me diluye como azucarillo, pues últimamente es un manantial de agua clara, tan cristalina como insípida. Con el tsunami fangoso que hoy inunda Cataluña, su actitud, y de la su jefecillo Rivera, resulta tan extemporánea, ucrónica y deslocalizada, que sólo puedo interpretarla como un arrebato místico. Sigue exigiendo el diálogo, el buen rollito, el que esto no es más que una farsa y etcétera, predicadores de la tercera vía de la derecha, cada día más parecidos a la tercera vía de la izquierda, Rajoy en medio. 

Pero pasemos, al menos, a otra imagen, esta casi de refilón, porque me llegó mientras tomaba un café mañanero. Es eso que llaman “ofrenda floral” a Rafael Casanova, ese español que decía luchar por España defendiendo Barcelona de las tropas borbónicas, y que no murió en ningún asalto, sino 30 años después en su cama, pero al que han convertido en protomártir independentista los impulsores de la Cosa Nostra catalana. Bueno, pues lo que las imágenes de los floristas y filibusteros y arcedianos de la ofrenda me llega, sobre todo, es la cutrez, la zafiedad estética de esos paneles que depositan los oficiantes con suma reverencia en las aceras del monumento. Todos con las siglas de su botica de ultramarinos y matasuegras, a cual más meapilas, laicos, pero todos bendecidos con agua de Montserrat, mientras suena, con sones asardañados, ese himno de los Segadores plagiado de una salmodia judía. Arcádico, pero de arcadas. 

¿Más imágenes? El flequillo imposible de Puigdemont, voz de lija y espardeña, mirada de trapo turbio, el brillo ausente del cristalino, que en esas cuencas desconfiadas pierde su nombre. ¿Y de Rajoy haciendo “running”? Torpe voluntarismo asmático que lucha contra el apoltronamiento de su cuerpo y esquía con palos imaginarios, brazos de raqueta, rígidos, puños sin dedos, movidos por hilos invisibles como muñeco de guiñol. 

¿Otras? La turbadora imagen de ese padre en estado de shock, que ha perdido a su hijo atropellado por el terrorista de las Ramblas, y va y lo llevan a Ripoll y se pone a abrazar y consolar a un imán que vaya usted a saber lo que predica, con su jubah y su takiyab a la cabeza, que llora muy compungido, y seguramente con sinceridad, pero que no, que no es ese el gesto natural y humano de un padre consciente de lo que le ha ocurrido, y no se le puede pedir en ese preciso momento que se preste a un acto de propaganda nauseabundo, tan manipulado, tan obscenamente exhibido, mientras no hemos visto, no ya una lágrima, ni siquiera el rostro de ningún otro familiar de ninguna de las otras quince víctimas. En cambio, sí, nos han incitado a que sintamos el horrendo dolor de las madres y hermanas de los asesinos, a los que generosamente se les dará una ayuda suplementaria para superar el trauma provocado por sus hijos, pobres hijos descarriados, también.

Oh, con esta imagen se me han agitado los circuitos neuronales y debo cuidarme, no despertar la ira de los nuevos curas y apóstoles y predicadores de la paz islamocatalana, o mejor, la “pau”, que en español hasta la paz está prohibida. Así que al tuntún acabo.