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miércoles, 19 de julio de 2017

ERREJÓN Y LA TEORÍA DEL HUEVOCASTAÑA




Que dice Errejón que “los progresistas de España cometieron una irresponsabilidad que no tiene razón de ser: alejarse de España, sentir que España era el problema y que la solución era una especie de cosmopolitismo”. Vamos a explicárselo mejor al muchacho, que al parecer no ha tenido tiempo de enterarse.

(Foto: S. Trancón)

Primero: no es que los “progresistas” se hayan alejado de España o sentido a España como problema, no, que eso ya lo sintieron hasta los del 98; lo que han hecho ha sido negar la existencia de España, empezando por no pronunciar su nombre, que es un intento muy freudiano de no aceptar el principio de realidad. Comenzaron hablando del “Estado español”, identificando a España con el franquismo, y ahora lo han sustituido por el significante vacío “nación de naciones”. En esto han seguido al pie de la letra (iba a decir del culo) a los independentistas, cuya principal misión ha sido, no ya negar la existencia de España, sino convertirla en objeto de un rechazo y desprecio absolutos.

Segundo: los “progresistas” no han sustituido a España por ningún cosmopolitismo, sino por un nacionalismo rancio, retrógrado y etnicista, que es la forma suave con que hoy llamamos al racismo de Sabino Arana, Prat de la Riba o Heribert Barrera (a los que el pimpollo Errejón ni ha leído ni leerá), que sigue siendo la base ideológica y sentimental de todo nacionalista.

Prosigue el politólogo interino, de pronto transmutado en defensor de España, de sus logros sociales, su democracia y su cultura: “Creo que ya va siendo hora de reivindicar una idea fuerte de España, un patriotismo desacomplejado. Hay muchas razones para estar orgulloso de nuestro país. (…) Creo que tenemos un país democráticamente muy maduro; aquí la crisis no ha generado irrupciones xenófobas (sic). (…) Hay una escasa autoestima propia (sic), que no está justificada y que hay que revertir”. Y continúa haciendo alabanzas de nuestro sistema educativo, sanitario, de igualdad de oportunidades… Pese a todo ello, defiende que los catalanes “tienen derecho a decidir su encaje en España”. Y sin definir qué sea ese encaje de bolillos, asegura categórico: “con un encaje diferente Cataluña se queda en España”.

Uno duda si se trata de incapacidad mental o de una impostura descarada. Como dije de Pedro Sánchez, estos defensores del círculo cuadrado o del huevocastaña, lo hacen con tanta ligereza que a uno le hacen dudar de si compartimos una misma estructura cerebral o si asistimos a una mutación en busca de su oportunidad evolutiva. No es posible decir que hay que recuperar la idea de España y perder el complejo de pertenecer a ella, al mismo tiempo que se hace todo lo posible por destruir España apoyando a quienes han convertido este objetivo en su principal empeño político.

“Hay que dar todas las facilidades y poner todos los medios para que se realice el referéndum”, ha defendido Iglesias siguiendo a Colau, aunque él dice que no votaría. Vean cómo lo explica, convirtiendo el referéndum en una “movilización”: “Si usted me dice que tengo que ir sí o sí a esa movilización, yo le digo: déjenme decidir en libertad si yo voy o no voy a la manifestación que ha convocado usted. Pero eso sí, como demócrata me parece excelente que a nivel institucional se le den todas las facilidades para que usted se manifieste”. Un acto ilegal, de sedición y rebelión contra la Constitución y el orden democrático, se convierte de pronto, porque lo digo yo, en una movilización democrática que no sólo hay que defender, sino exigir que el Estado consienta, apoye y organice. La nueva política perfeccionando el arte marrullero del cinismo más desacomplejado.

No vendrá la renovación y la defensa de la España democrática como único espacio del bien común y garantía de la igualdad de todos los españoles, de la mano de estos retroprogres de salón, oportunistas del patriotismo anticonstitucional, defensores de la teoría plurinacional del huevocastaña. ¿Todavía queda alguien que se crea que serán los Errejones, los Turriones, los Icetas y los Castejones, los que nos salvarán del independentismo sedicioso y secesionista?

Viendo tanta confusión y descaro se hace cada día más imprescindible una izquierda distinta que sustituya a esta morralla política e ideológica, que tenga claro qué es un Estado democrático, qué ha sido y qué es hoy España, y que sea radical y beligerante en la defensa del bien común frente a los intereses y ambiciones de las minorías nacionalistas, hoy defendidas por una izquierda descarriada, antinacional y, por lo mismo, antisocial.



martes, 11 de julio de 2017

LA HORA DE LOS NECIOS

(Foto: A. Galisteo)

No hace mucho escribí un artículo titulado “La hora de los cabestros”. Vuelvo ahora con la hora de los necios para ajustarla al huso horario del verano y no perder el hilo con que me devano los sesos tratando de comprender qué sucede a mi alrededor. Y a mi alrededor sucede que se suceden muchos necios, necios de profesión y en procesión, pasando delante de mis ojos, que para eso se inventó la pantalla doméstica, para domesticarnos y acostumbrarnos a la necedad como lo más propio de la especie humana, en especial la especie política, una variedad acendrada de la especie humana en extinción.

Necedad y falta de coraje

Defino y me defino, para que se me entienda mejor. Digo necio, a lo cervantino, por ser palabra “sonora y significativa”, un precipitado semántico que nace del desnate de ignorante, incapaz, terco y obtuso. Me ahorro así el insulto crudo, que queda mal en estos tiempos de pura impostura, de compostura televisiva y mediática, de ten mucho cuidado con meter la pata o decir una palabra más alta que otra. Entro así en la cara oculta de los necios, a la que ellos llaman prudencia, y que no es otra que la faz de la cobardía, una pusilanimidad que maquilla su turbia palidez con  astucia, moderación y cautela. Quiero decir que entre las muchas clases de necios, me refiero aquí a los que lo son, sobre todo, por falta de coraje.  Ya dijo Félix de Azúa que “el pensamiento, como el arte, no es asunto que dependa de la inteligencia, sino del coraje”.

Así que hablo de los necios de la política, o mejor, de los políticos necios, los que son incapaces de pensar por falta de coraje. Se piensa para buscar la verdad, y la verdad exige, en primer lugar, coraje, porque rara vez la verdad es precavida, acomodaticia, timorata o cautelosa. La verdad, la pura verdad, es casi siempre atrevida, y por eso tiene tan pocos seguidores. Es la verdad la que vuelve más cobardes a los cobardes, que no hay mejor modo de desenmascarar a los taimados que ponerles ante el espejo de la verdad. ¿Y cuál es hoy, aquí y ahora, la verdad que ciega y atonta a los necios, esa legión adormecida y adormecedora que vive acomodada y protegida tras la burbuja de la política?


El orden constitucional ha desaparecido hoy en Cataluña

La cruda verdad es que el orden constitucional ha desaparecido hoy en Cataluña, un hecho que pone de manifiesto la incapacidad del Estado, como poder último regulador de las relaciones sociales, de defender la integridad territorial, política y jurídica de la España democrática, espacio del bien común y garantía de la igualdad de todos los españoles. Y todo esto se ha perpetrado mediante un golpe de Estado prolongado y consentido que anuncia públicamente el día en que establecerá una ley marcial, un bando con el que empujará a media Cataluña a votar un referéndum que legitime el establecimiento de un nuevo orden. Una legitimación de la tiranía que sólo los necios dudan en calificar como lo que es: la deriva natural del nacional-fascismo catalanista.

Está claro que el actual club de necios que hoy manda en nuestro país (de políticos a jueces, de periodistas a empresarios), jamás luchó contra el franquismo ni entendió qué fue y cómo actuó, pues de lo contrario no dudaría hoy en calificar al separatismo como un movimiento de profunda raíz antidemocrática y totalitaria, contra el que sólo cabe la lucha abierta y con determinación, pues no hay más que una salida: o triunfa la sedición o ganamos los demócratas imponiendo de nuevo el orden constitucional en Cataluña.


PP, PSOE y C’s, responsables de anestesiar a los ciudadanos

Llamo necios especialmente a quienes debieran tener las cosas claras: PP, PSOE y C’s, hoy titubeantes, responsables de anestesiar a los ciudadanos con su política de apaciguamiento, componendas, traición y prevaricación. Incapaces de defender los derechos y libertades de todos los españoles, y especialmente de los catalanes. Mientras los independentistas ya hablan sin tapujos, olvidando la ambigüedad calculada, o sea, el cinismo, y, sobre todo, cuando actúan pasándose por la ingle las resoluciones y mandatos del Tribunal Constitucional (¿cuántas resoluciones lleva dictadas que se disuelven en el aire como humo?), hete aquí que los pusilánimes reculan ante su obligacio﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽plir y hacer cumplir la ley m sin tapujos, he aquntras defiende al movimiento LGTBIQ catalanes. ometidos hoy a avance ón de cumplir y hacer cumplir la ley. Dice Puigdemont: “Nos tienen miedo y más les daremos”. Lo ha dicho públicamente, retando a los poderes del Estado, y esta amenaza no provoca ni una sola reacción. ¡Y siguen defendiendo que su movimiento es pacífico y democrático y que no hay que provocarlos! ¡Pacíficos de cuidado! ¡Cuidado con la fiera, no vaya a enfadarse! Sánchez ha dicho que aplicar el 155 crearía más independentistas. La Constitución crea independentistas, ¡suprimámosla! Y España. ¡Acabemos con España, que es una fábrica de independentistas!

Voy a señalar, por último, hasta qué punto nuestros políticos y opinadores y politontólogos y hasta jueces respetados, han perdido el rumbo, y cómo nos marean con la aguja de marear la perdiz. Dicen que la Ley del referéndum y de Transitoriedad es “un bodrio y un disparate jurídico” (Felipe González), y que “si vulneran la Constitución habrá que dar una respuesta”(Aznar: reparen en el condicional). La opinión de Rajoy y su corte ya la conocemos, “no habrá referéndum”, “mientras yo”... También hay juristas que se afanan en detallarnos todos los “fallos jurídicos” de la norma, su falta de claridad y precisión en tal o cual artículo, etc.


Estado de excepción: el toque de queda de la democracia

Pero vamos a ver: no hace falta ser jurisprudente, ni mini o plenipotenciario, ni ex presidente, ni jefe de opinión, sino necio, para no darse cuenta de que eso que llaman Ley no es otra cosa que la declaración de un estado de excepción, la suspensión de cualquier garantía constitucional, una orden manu militari que establece el toque de queda de la democracia y obliga a su cumplimiento mediante la amenaza y la coacción; que no es más que un burdo artilugio para declarar el asalto definitivo al poder con la esperanza de que su mera proclamación acojone y paralice al enemigo; que no merece un segundo de análisis o  consideración jurídica, porque el mero hecho de hacerlo ya le otorga un valor y un reconocimiento inadmisibles.

La incapacidad para salirse del marco mental impuesto directa o indirectamente por los independentistas (nación, plurinacionalidad, referéndum, derecho a decidir, voluntad del pueblo catalán, legitimidad, federalismo, reforma de la Constitución, blindaje de competencias, etc.); no entender que se pierde la batalla desde el mismo momento en que se acepta ese marco y ese lenguaje…, a eso llamo yo necedad supina, indefensión y rendición anunciada.   

Tranquilos, que “España no se va a suicidar”, ha sentenciado engoladamente González, como si no estuvieran ya los ciudadanos aceptando la cicuta diaria que le ofrecen los políticos y los medios de comunicación. Y Zapatero, partidario también de meterse ahora en el pantano de la reforma constitucional, declarándose “permanentemente reformista”, como si la Constitución fuera una ordenanza municipal sobre el tráfico de camellos.


Dos postdatas: Rivera y el secesionismo en Alemania e Italia

P.D.1. Me olvidaba de Rivera, el aspirante más cualificado para llevarse el premio al mayor necio del reino. Dice que él “trabaja para que no haya que aplicar el 155” porque eso será “darle un titular fantástico a los nacionalistas”. Como si la celebración del referéndum y su resultado (mayoría aplastante) no fuera el más fantástico titular al que aspiran los independentistas. ¡Mayoría aplastante a pesar de todos los obstáculos y amenazas del Estado opresor! ¡Toma titular, Riverilla! Y sigue el pitoniso de la Barceloneta: “Hasta Puigdemont sabe que no habrá referéndum”. Pues yo te digo lo que habrá: un avance casi irreversible hacia una independencia de hecho. ¡Pero si no dejan de decirte que esto es un proceso! Darán un paso adelante, pase lo que pase, y de lo que pase sabe mucho Rajoy, o sea, nada de nada. En su delirio, Rivera ya ve a Arrimadas como presidenta de la Generalidad. Lo dicho, el primer premio, y por mayoría aplastante.

P.D. 2. Miren cómo acabó el intento de referéndum secesionista del Estado Libre de Baviera (lo fue hasta 1949). Resolvió el Tribunal Federal de Alemania: “En la República Federal de Alemania, que es un Estado-nacin﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ral de Alemania, que es un Estado-nacieral de Alemania "ralidad. Lo dicho, premio por mayorón basado en el poder constituyente del pueblo alemán, los Estados no son dueños de la Constitución. Por lo tanto, no hay espacio bajo la Constitución para que los estados individuales intenten separarse. Esto viola el orden constitucional”. Sentenció y se acabó la discusión. ¿Se imaginan que Baviera hubiera tirado la sentencia a la papelera y estuviera a las puertas de realizar un referéndum?
Segundo ejemplo: La Corte Constitucional de Italia, sobre el intento de secesión del Véneto, estableció en 2015 “la inconstitucionalidad del referéndum sobre la independencia de una hipotética república veneciana por ser contrario con el principio de unidad e indivisibilidad de la República”. Resultado: el pueblo soberano de Venecia está a punto de proclamar unilateralmente la independencia de la República Veneciana… Alemania e Italia, ya se sabe, son Estados opresores, como bien demuestra el hecho de que Hitler y Mussolini siguen vivos.


viernes, 30 de junio de 2017

JUSTICIA Y CARIDAD




Meto pluma en este espinoso tema de las relaciones entre caridad y justicia a raíz de las donaciones millonarias que Amancio Ortega ha querido hacer a la sanidad pública a través de las Autonomías, con el sorprendente resultado de que algunas de ellas han denunciado esta importante ayuda, incluso escandalizadas. Una Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública habla de que no hemos de   "recurrir, aceptar, ni agradecer la generosidad, altruismo o caridad de ninguna persona o entidad".  Hasta descubren en el gesto, destinado a dotar de aparatos médicos de última generación a los hospitales públicos, una ¡"penetración de la ideología neoliberal en la utilización de la tecnología médica"!

Justicia, digamos, contra caridad, vieja polémica. La pregunta más elemental, que a cualquiera, incluidos los millones de beneficiados que podrán tener mejores medios de detección y cura del cáncer gracias a esas donaciones, es la siguiente: ¿tiene algo que ver el culo con las témporas? ¿Hemos de desterrar del mundo el sentimiento altruista, la caridad, la benevolencia, la compasión o incluso la solidaridad voluntaria, así, por decreto, por considerar que todos esos sentimientos no son más que una tapadera para ocultar la injusticia, la evasión, el incumplimiento de las obligaciones contributivas? ¿Qué detrás de cualquier donación no hay más que sentimiento de superioridad, humillación del necesitado, búsqueda de beneficios fiscales, inversión en una mejora de la imagen, etc.? ¿Y que por el hecho de hacer una importante donación, ya se relajan todas las leyes y se les permite a los donantes su incumplimiento?

(Foto: Ángela T. Galisteo)

El tema pone de relieve algo mucho más importante: la confusión entre justicia y revancha, entre defender la equidad y alimentar el rencor, entre reciprocidad y envidia. O sea, creer que el rencor, el resentimiento o la envidia, son fuentes legítimas de derecho. Sólo entendiendo así el derecho se puede pensar que alguien pueda sentirse humillado porque alguien done un aparato de diagnóstico a un hospital, o contribuya con su dinero al sostenimiento de Cáritas, por ejemplo. Insisto: no veo que la equidad, la justicia y la reciprocidad puedan ser incompatibles con el altruismo. 

Si vamos un poco más allá nos encontramos con otro problema de fondo: cómo evitar una política basada en  el resentimiento de los pobres contra los ricos, pero también, cómo acabar con otra política nacida del sentimiento de superioridad y el desprecio de los ricos hacia los pobres. Porque lo que aquí detectamos en una mala explicación de los mecanismos de redistribución equitativa en que se basa la democracia. Por un lado, los pobres están convencidos de que toda riqueza es injusta y que basa  en la explotación de los trabajadores, así, sin poner por medio ningún otro elemento explicativo. Los ricos (o quizás sólo la mayoría) se creen que cuanto poseen es gracias a su mérito y esfuerzo. Pero ni lo uno ni otro es cierto.

Llevado al campo de la fiscalidad, yo defiendo que los impuestos nada tienen que ver con la generosidad o el altruismo, pero tampoco con el rencor, sino con el principio básico de que “quien más recibe más debe dar”. Es necesario insistir, desde esta perspectiva, que un empresario recibe más del Estado que un asalariado, porque para que un empresario monte y sostenga su negocio necesita que el Estado asegure, entre otras cosas: una educación general, una sanidad pública, unos servicios sociales mínimos, unas ayudas sociales que aseguren la convivencia, unas pensiones sin las que todo el sistema se derrumbaría, una legislación en todos los órdenes (propiedad, relaciones laborales, mercado, etc.) que le dé seguridad jurídica; un sistema de seguridad y defensa (orden público, delincuencia, narcotráfico, terrorismo, fronteras…), un sistema político democrático que permita funcionar al poder legislativo, ejecutivo y judicial; el control y la conservación de los recursos naturales comunes (agua, suelo, costas, bosques, naturaleza, contaminación…), la creación y el mantenimiento de infraestructuras y comunicaciones (de las carreteras, puertos y aeropuertos a la red de internet y telefonía o los satélites), la limpieza y la higiene general, la lucha contra amenazas sanitarias, la creación de una cultura común que establezca vínculos simbólicos y permita un mínimo de cohesión social, etc.

Todos estos bienes y servicios, y en la proporción que le corresponda, los recibe el empresario de un modo, en principio, gratuito, y de ahí que le podamos exigir que contribuya del modo más proporcional y equitativo a su mantenimiento. Cómo calcular este “retorno social” ya es discutible, y aquí entran los equilibrios presupuestarios y económicos que hay que tener en cuenta para asegurar la sostenibilidad general del sistema.


jueves, 22 de junio de 2017

INDIVIDUO CONTRA GRUPO, Y VICEVERSA

(FOTO: S.TRANCÓN)

En cuanto uno se pone a pensar sobre lo que sea, se topa enseguida con esa contradicción básica: individuo contra grupo, grupo contra individuo. Como es ineludible, uno concluye que el problema no es la incompatibilidad de esos dos polos, sino su necesaria armonización y equilibrio. Un individuo sin el grupo, perece; un grupo sin individuos, acaba desapareciendo igualmente. El individuo puede matar al grupo, del mismo modo que el grupo al individuo. Así que nada más importante que desarrollar la propia individualidad al mismo tiempo que uno aprender a integrarse en la sociedad y en alguno de los muchos grupos que la componen (desde la familia y el trabajo, a los amigos o el partido político con el que se identifica).

La sociedad moderna ha ampliado el espacio de la individualidad, permitiendo al sujeto tomar una mayor conciencia de sus posibilidades personales, invitándole a desarrollarlas por encima de presiones sociales o de grupo. Históricamente, esta ampliación de los ámbitos de libertad individual ha producido, sin embargo, un efecto de retracción, de miedo y repliegue en la protección del grupo, como estamos viendo en el resurgir de los nacionalismos. La contradicción básica se agudiza y entonces descubrimos que quizás el motor de la historia no sea, como dijo Marx, la lucha de clases, sino el conflicto entre individuo y grupo. Intentaré explicarme.

Todos necesitamos la protección del grupo, pero cuanto más homogéneo sea, cuanto menos permita la discrepancia y la diversidad individual, mayor dificultad tendrá para mantenerse unido. Llegado a un punto crítico, la fuerza disgregadora provocará una reacción defensiva, y es entonces cuando surge la figura del caudillo o de una camarilla que impone la unidad por la fuerza, casi siempre con el apoyo de una mayoría asustada. El grupo, paradójicamente, se somete a la voluntad de un individuo o individuos para asegurar su permanencia.

Todo esto choca con el funcionamiento de la sociedad democrática que se basa en la defensa del individuo como un sujeto libre y responsable, capaz de integrarse en la sociedad sin renunciar por ello a su plena individualidad. Desarrollo individual y responsabilidad social son, en una sociedad democrática moderna, inseparables. Esto significa que la sociedad debe ofrecer al individuo, en condiciones de igualdad, las mayores posibilidades para el desarrollo de su personalidad, al mismo tiempo que el individuo debe devolver a la sociedad aquello que necesita para el mantenimiento de su seguridad y la igualdad efectiva de derechos de todos los ciudadanos.

Llevado al terreno de la economía esto significa que el individuo tiene que poder desarrollar su iniciativa individual en condiciones de igualdad de oportunidades. Dado que la obtención del beneficio es uno de los estímulos más potentes que mueve al individuo a desarrollar sus capacidades e iniciativas, la sociedad debe no sólo aceptarlo, sino estimularlo. Este principio, coherente con la defensa del pleno desarrollo individual, choca, sin embargo, con la realidad política y económica de nuestra sociedad que, en contra de su fundamento, permite que se recompense más, no el esfuerzo, el trabajo, la iniciativa y la creatividad, sino la corrupción, el robo, la evasión fiscal, el fraude, el pelotazo financiero, las tramas de amiguismo, el corporativismo, el clientelismo partidista, el tráfico de influencias y favores, etc., o sea, todo cuanto un pequeño grupo o una minoría organizada puede llevar a cabo para mantener su poder y sus privilegios, utilizando para ello todos los resortes del Estado. Esta perversión y degeneración de la democracia tiene muy poco que ver con la defensa del estímulo competitivo,  la libertad de empresa, de mercado o de iniciativa emprendedora.

En definitiva, y retomando el tema de mi anterior artículo, nada más importante para un individuo que quiera desarrollar sus capacidades emprendedoras en igualdad de condiciones y oportunidades, que diferenciarse de esa minoría corrupta y parásita acostumbrada a utilizar las leyes, el dinero público y el poder del Estado para su propio beneficio. Los verdaderos empresarios emprendedores, deberían ser los primeros en denunciar a esa minoría arrogante, poderosa y depredadora que teme por igual a la iniciativa y creatividad individual, que a la exigencia de responsabilidad social, que no es otra cosa que una forma de compensación equitativa por todo lo que reciben de la mayoría, o sea, del grupo.


jueves, 15 de junio de 2017

EMPRESARIOS TRABAJADORES

(A. Galisteo)

El paradigma marxista de la lucha de clases sustituyó al enfrentamiento entre pobres y ricos, un fenómeno tan antiguo como la aparición del sedentarismo y la agricultura. Hoy vuelve esa vieja distinción entre ricos y pobres, aunque adquiere nuevos nombres: casta/gente, élites/pueblo, los de arriba/los de abajo. Por su evidencia y utilidad, resulta muy difícil ignorarla, adopte el nombre que adopte. Cosa muy distinta es definir la línea de separación, establecer un criterio objetivo que no nos lleve a groseras simplificaciones.

La izquierda, que organiza todo su discurso a partir de esa distinción, se encuentra en la práctica con muchas dificultades para ser coherente y transmitir un mensaje claro. A mi modo de ver, esta es una de las causas del desmoronamiento y desprestigio de la socialdemocracia y el progresismo (no van a salvarse por más que se les insufle el, también agotado, término “liberal” -socioliberal, progresismo liberal...-). Lo que la izquierda necesita es un nuevo paradigma, un marco o esquema mental distinto que asuma e integre la tradicional división entre pobres y ricos, sin negarla, pero transformándola en una idea más objetiva y positiva.

Para ello, lo primero que debemos superar es la equívoca distinción entre trabajadores y empresarios. Cuando el trabajo era fundamentalmente físico y manual, el trabajador se distinguía claramente del empresario porque empleaba su fuerza física como base de su trabajo. Esto desapareció en la medida en que la producción fue relegando la fuerza física a un papel secundario frente a otros tipos de fuerza o capacidad de trabajo (habilidades, conocimientos, preparación, experiencia, creatividad, gestión, etc.). Desde entonces han ido surgiendo otros términos que tratan de definir mejor el tipo de trabajo que se realiza: empleado, asalariado, profesional, funcionario, técnico, administrativo, gestor, directivo…

A medida en que la sociedad industrial evoluciona, la clase obrera deja de ser homogénea y debe acoger en su seno a trabajadores cuya situación económica y social se parece muy poco a la del obrero industrial tradicional. De hecho, el concepto de clase obrera tuvo que enfrentarse desde sus inicios al problema del campesinado, entonces muy numeroso, un sector de la población que no encajaba, o encajaba muy mal, en la definición marxista de obrero o trabajador. Se inventó entonces eso de la pequeña burguesía, un apaño bastante burdo. Sin embargo, desde hace más de dos siglos seguimos atrapados y condicionados por esta terminología, cada día más inservible para definir y describir lo fundamental: cuáles son las contradicciones, conflictos y problemas básicos o estructurales que determinan el orden social, el funcionamiento de la economía y la cohesión social.

La primera conclusión es que no existe hoy un único elemento que condicione todo lo demás, tal y como definió Marx a la “infraestructura económica”. La economía sigue siendo el elemento que más determina el funcionamiento de una sociedad, pero separar hoy la actividad económica de todo lo demás es imposible. La economía no es una actividad autónoma o aislada, depende a su vez de un entramado de factores, actividades y relaciones sin las cuales no podría existir.

La descripción o determinación del nivel económico sirve para distinguir o clasificar a los individuos en grupos sociales, pero dado que se trata de un continuo sin cortes bruscos, determina los extremos, pero no marca fronteras claras dentro de ese conglomerado en el que hoy se ha convertido la antigua clase obrera. Asentar un programa político exclusivamente en el nivel de renta económica conduce inevitablemente al fracaso. Es imprescindible tener en cuenta un conjunto de factores interrelacionados que determinan el malestar o el bienestar de una sociedad en su conjunto, de un grupo concreto o, como hoy es más adecuado, de una mayoría social (esa que nos permite hablar del bien común).


Es desde esta perspectiva desde la que resulta importante que la izquierda integre en su discurso el trabajo de los empresarios, considerando que realizan una labor imprescindible para el mantenimiento de una sociedad. Puede que los empresarios no acepten ser considerados trabajadores, pero creo que harían bien en cambiar de opinión. Eso les exigiría, claro, establecer dentro de ese, también conglomerado, al que llamamos empresariado, una clara distinción entre quienes trabajan y viven de su trabajo empresarial, y aquellos otros, también considerados empresarios, que sólo viven de sus privilegios. Poner énfasis en la condición de empresario trabajador, superando prejuicios aristocratizantes, legitimaría el derecho al beneficio, eso que la izquierda sigue sin atreverse a defender, como si fuera algo en sí mismo rechazable o injusto.