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jueves, 12 de abril de 2018

LA CHAPUZA ALEMANA... Y ALGO MÁS


Hablemos claro: Alemania, ni es lo que creemos que es, ni lo parece. Hagamos una generalización abusiva, pero necesaria. No toda Alemania ni todos los alemanes. Digamos, la Alemania oficial, por un lado, y la Alemania oculta, por otro, que, en este caso, coinciden, así que me ahorro más atenuaciones retóricas. La chapuza jurídica que ha dejado en libertad a Puigdemont es esa evidencia que necesitábamos los germanoescépticos para poder soltar la lengua sin ser tildados de lo que sea. Digo chapuza, estropicio, bodrio, castaña, emplasto. Saltarán unos: no siendo jurista, ¿cómo te atreves? Pues atrévome porque soy ciudadano, y con sentido común, con elemental capacidad para razonar y no tragarme piedras de molino, por más tudescas que sean. Y porque otros, más expertos, como Sosa Wagner, vienen a decir lo mismo.

Basta leer el dictamen. Después de afirmar que no hay "alta traición" (¡vaya concepto jurídico!) porque no se cumple el requisito de "fuerza" o "violencia", aclara que sí la hubo, pero no la suficiente como para "doblegar la voluntad" del órgano constitucional contra el que se ejercía esa violencia. Hubo, pero no hubo (muerto, pero sólo un poquito): a esto se llama claridad, coherencia y seguridad jurídica. Y por si hay duda, insiste: “Es cierto que el señor Puigdemont, como iniciador y defensor de la implementación del referéndum, debe ser considerado responsable de los actos de violencia cometidos el día del referéndum. Sin embargo, esos actos de violencia, por su naturaleza, alcance y efecto, no fueron los adecuados para presionar lo suficiente al Gobierno como para que este se hubiera visto forzado a rendirse a las demandas de los perpetradores de la violencia”.

Es difícil encontrar mayor absurdo y descaro. O sea, que sólo hay rebelión o traición si el golpe triunfa, si se hace efectivo o irreversible. Hay que esperar a que triunfe para poder perseguirlo. Ahora se entiende por qué Hitler llegó a donde llegó. Pero el colmo es que va la ministra de Justicia, socialdemócrata, y remacha el clavo con este martillazo: "la sentencia es absolutamente correcta y la esperada", contradiciendo a su propio fiscal. Se atreve, además, a exigirle a España que el otro delito, el de "malversación", tiene que "aclararlo bien" para que se conceda la extradicción (y no "va a ser fácil"), porque si no, "se levantará la orden de detención y Puigdemont será un hombre libre en un país libre, la República Federal Alemana" (sic). Y para más escarnio, amenaza: "habrá que hablar también de los componentes políticos de este caso".

Después de repetir mil veces, a lo Pilatos, que el caso de Cataluña "es un asunto interno de España", y que la justicia actuaría con total independencia, va el gobierno alemán y se mete de hoz y coz y se pone a patear y pisotear y chapotear en el asunto y a sentenciar y contradecir, no a un juez regional como ese del impronunciable Schleswig-Holstein, sino a las más altas instancias judiciales de nuestro país, y a toda la labor policial y de escrupulosa acumulación de pruebas (más de 300) que muestran con todo detalle la violencia de los golpistas antes, durante y después del referéndum (y ahora mismo). No sólo no hacen caso a estas pruebas, es que ese tribunal de tercera ni se ha molestado en mirarlas, ni tampoco esa ministra impresentable (suficiente para declararla persona "non grata" e impedirle pisar suelo español, y menos de Mallorca).

No sólo se meten a sentenciar (sin juicio) lo que no es competencia suya, la validez de las pruebas presentadas por el juez Llarena, sino que ni se dignan conocerlas, lo que no les impide asegurar que "por su naturaleza, alcance y efecto" no son suficientes para constituir el delito reclamado. Imagine a un mecánico que, sin siquiera ver el coche, va y firma que debe ir al desguace, y con el conductor dentro, a ser posible. ¿Por qué lo hace?

Llegamos aquí al meollo del asunto. Sigamos con la metáfora cacharrera. El mecánico chapuzas actúa así porque se lo consienten y porque sabe que su sentencia coincide con lo que piensan sus jefes. ¿Y por qué actúan todos con tanto desprecio y arrogancia? Porque se creen y se sienten superiores. ¿Y de dónde les viene tan mostrenca altanería? Del fondo de la historia, del relato sostenido desde el siglo XVI en que media Europa se alimentó del rencor, la envidia, el resentimiento contra lo que fue el imperio español y hoy es España. Un imperio que nació cuando el Sacro Imperio Romano dejó de ser Germánico y pasó a ser Hispánico, ¡y con Carlos V! ¡Intolerable!, que esos piojosos españoles, descendientes de judíos, hayan logrado semejante hazaña y alcanzado tamaño poder... Y que hoy pretendan ser una nación democrática que se defiende de su propia destrucción... No, eso nunca, por Lutero.

¿Y el Gobierno? ¿Qué Gobierno, dónde, cuándo...? Ni está ni se le espera. Sí, dejemos a los tudescos con su togas y miserias y digamos con Quevedo "que ya los brindis del Tajo / no le deben nada al Rhin". Vayamos a lo importante: qué hemos hecho los españoles de hoy, herederos de los de antaño, para tener un Gobierno tan cobarde, mentecato, pusilánime y acomplejado como para no levantar la mirada del pesebre y decir que no es tolerable que una ministra de un país "amigo", que pertenece al mismo espacio democrático común, diga lo que ha dicho, que es de una hostilidad manifiesta y humillante; y que un juez regional decida lo que compete y afecta a la propia existencia de otra nación, España, poniendo la interpretación absurda de una norma interna por encima de la propia Constitución española.

Porque si es un asunto interno de España a qué viene esa ministra metepatas a meter la suya donde no debe; que si Europa es una espacio político y de derecho común, del que hemos eliminado las fronteras, a qué vienen estas fronteras jurídicas para proteger a forajidos antidemócratas, aliados de los neofascistas de Europa, alemanes, flamencos e italianos; que si no existe cooperación policial, jurídica y política, para qué carajo nos interesa Europa, etc.

La ceguera de Alemania es la ceguera de Europa, que no ha escarmentado de dos terribles guerras mundiales. Ceguera egoísta e hipócrita, porque nada de lo que defienden para los golpistas catalanes consentirían en su país, ni sabotajes, ni ataques violentos contra la policía, ni insultos y amenazas a los jueces, ni mucho menos la ruptura de su unidad territorial. Estamos volviendo a los años 30, pero peor, porque hoy los medios de aniquilación de la paz y la democracia son más profundos, invisibles y potencialmente destructivos. Y España parece que volverá a ser el laboratorio de ese infausto destino. El desmoronamiento interno y la pérdida de la unidad y la confianza no parecen sólo obra de nuestros errores. Nos llaman ignorantes y brutos porque les conviene, porque de ese modo se creen a salvo de su propia cretinez. Hablo de la Alemania oculta, la más peligrosa, pero también de un mundo cada día más convulso y menos predecible.

Lo peor de todo es que, en medio de la confusión, despreciemos las señales de alarma y caigamos en la tentación autodestructiva. Siempre habrá quien, entre nosotros, elevándose por encima de la "chusma" (en ella me incluyo), nos vendrá a dar lecciones de democracia. Ahí tenemos a dos ínclitos defensores del independentismo, disfrazado uno de magistrado y otro de catedrático de derecho, sentenciando: “Por encima de la ley está el principio de racionalidad jurídica. Es un valor superior del ordenamiento jurídico”. ¡Toma ya jurisprudencia! Lo ha dicho Martín Pallín, antiguo magistrado del Supremo.

Y el otro, por Pérez Royo conocido: este proceso “es nulo de pleno derecho", está “viciado” desde el principio porque la instrucción se ha hecho en base a un “delito imaginario”. “No hay rebelión”, insiste. “Es una barbaridad”, porque “se han vulnerado derechos fundamentales de personas que no deberían haber pisado la cárcel”. Bueno, puestos a pensar en sujetos peligrosos, quizás debiera existir una pena específica para evitar que personajes así predicaran sin consecuencia alguna tales memeces. Supongo que los separatistas se lo recompensarán, no será puro altruismo y amor a la verdad. Pienso lo mismo de algunos abducidos como el asturiano Luis Enrique, que ha descubierto que los catalanes "son la hostia", no como sus paisanos y el resto de españoles, más atrasados que un "caganer", digo yo, por buscar una comparación adecuada.

El nacionalseparatismo catalán es por naturaleza violento, usa todas las formas imaginables de violencia, desde la que se ejerce sobre los niños en la guardería para inculcarles el odio y el rechazo a España y a todo lo español, hasta el asalto a coches policiales, sabotajes en carreteras y vías del tren, agresiones, amenazas y coacciones a todos los disidentes. Que todo esto, la violencia visible e invisible de cada día en todos los espacios públicos, pero también privados; que todo se disfrace de democracia es el mayor escarnio y prueba del grado de imposición y control totalitario de una ideología a la que hemos de calificar sin reparos de neonazi y neofascista.

Nota final
He aquí lo que dice el artículo 81 de la Constitución alemana sobre la "alta traición":

“Quien intente con violencia o por medio de amenaza con violencia, 1) perjudicar la existencia de la República Federal de Alemania; 2) cambiar el orden constitucional que se basa en la Constitución de la República Federal de Alemania, será castigado con pena privativa de la libertad de por vida o con pena privativa de la libertad no inferior a 10 años”.

Hace poco, sentenció el TC sobre la pretensión de hacer un referéndum de independencia en el Estado de Baviera: "En la República Federal de Alemania, como estado nacional cuyo poder constituyente reside en el pueblo alemán, los estados federados no son dueños de la Constitución. No hay por lo tanto espacio para aspiraciones secesionistas de un estado federado en el marco de la Constitución. Violan el orden constitucional".

Pues eso.



martes, 10 de abril de 2018

LA NEGACIÓN DE LOS HECHOS


No es posible construir una sociedad sin un acuerdo básico: existe la realidad. Sin este supuesto nadie podría andar seguro por el mundo ni establecer relación alguna con los demás. La evidencia de los hechos, la contundencia de los hechos, la consistencia de los hechos. ¿Es posible prescindir de este fundamento, organizar una sociedad negando el principio de realidad? Este es el mayor reto histórico imaginable al que parece abocada nuestra sociedad.

Dejemos de lado la pregunta científica sobre el fundamento último de la realidad, algo que se diluye cuando tratamos de atravesar la última frontera, la de las partículas elementales y eso tan inasible a lo que llamamos energía. Aparquemos también la duda filosófica que la fenomenología y la física cuántica han introducido al tratar de separar realidad objetiva y mente. Centrémonos en lo que hoy ha entrado en crisis: la construcción social de la realidad.

De modo natural, y guiados por la necesidad de supervivencia, los seres humanos construimos, a partir de los sentidos, un mundo real y objetivo que todos compartimos. Realidad y verdad son inseparables. La verdad es, ante todo, la constatación de la realidad de los hechos. Cuando la verdad se separa de los hechos, cuando se establece una separación radical entre el mundo subjetivo y el objetivo, todo se desmorona. Es lo que ha hecho el relativismo posmoderno, abriendo la puerta a la mayor crisis epistemológica y cognitiva de las sociedades modernas.

Cuando nos preguntamos perplejos cómo es posible que un personaje como Trump haya llegado y se mantenga en el poder, la pregunta importante es cómo ha podido construir su "verdad" sobre la negación de la realidad. Cómo ha podido inventar una realidad mental autónoma que ocupe el espacio de la verdad. Por un lado, esto revela que toda realidad social es una construcción cognitiva, una interpretación que se superpone a la realidad y acaba sustituyéndola; por otro, que hoy se puede crear cualquier interpretación de los hechos de modo rápido y masivo gracias a los poderosos medios de influencia mental, control de las imágenes y lanzamiento simultáneo de billones de mensajes ciberdirigidos capaces de manipular la opinión pública en la dirección que se quiera. 

Pero el ejemplo más cercano, conocido y sorprendente es la creación del relato y la interpretación independentista de la realidad catalana y española por parte del ultranacionalismo fascista catalán, eso que muy apropiadamente alguien ha llamado "fascismo inverso": logran negar la realidad de los hechos mientras se construye una realidad inversa capaz de ocupar el lugar de la verdad, inmune a cualquier evidencia contraria. Es como echar sobre un vaso de agua un chorro de aceite: el aceite flota, mantiene su cohesión y aislamiento como un mundo autocontenido y autosuficiente.

Así, el Estado democrático español pasa a ser fascista, autoritario y represor, como si se tratara de una cruel dictadura. Poco importa que, en un índice de valoración democrática, España aparezca muy por encima de Bélgica, Suiza o Alemania; para los nacionalseparatistas seguirá siendo un Estado sanguinario del que hay que separarse como sea. Muchos belgas, suizos y alemanes también se lo creerán, lo que les hará sentirse, naturalmente, superiores.

Que se corten impunemente carreteras y autopistas, se amenace de muerte con pintadas y gritos a jueces, partidos y asociaciones no nacionalistas, se rompan cajeros y mobiliario urbano, se quemen banderas españolas y retratos de autoridades y políticos. Que se agreda con sillas, palos y piedras a la policía, se les acose, rodee y rompa sus coches y furgonetas; que se apalee y ataque a jóvenes que defienden el derecho a ver a la selección española; que se aísle, insulte y amenace a cualquier padre que pida el 25% de clases en español; que se persiga a cualquier profesor que se niegue a inculcar el odio a España y a propagar mentiras en sus clases; que se practique el apartheid a periodistas y profesionales...

La lista de actos violentos (más de 300 ha contabilizado y documentado la policía en la semana de 1-O) es interminable, sin olvidar el historial de Terra Lliure, que hoy intenta volver a organizarse, o los ataques y la violencia verbal constante de TV3. Que todo este cúmulo de hechos siga ignorándose, banalizándose, negándose, no sólo por parte de los catalanofascistas que los llevan a cabo y apoyan, sino por parte del periodismo "progre" (veo a Escobar en la Sexta repetir "¡eso no es violencia!", "el independentismo es un movimiento pacífico, democrático y tolerante"...), eso sí que nos produce estupor, pero quizás no sea más que un ejemplo de lo que venimos analizando: hoy ya es posible construir una realidad paralela o flotante mediante el simple procedimiento de negar la realidad de los hechos.





martes, 3 de abril de 2018

COMENTARIOS PERTINENTES

(Foto: F. Redondo)

No hay que confundir pertinencia con pertenencia. Son sustantivos que tienen el mismo origen etimológico, pero significados ligeramente distintos. Uno da lugar a dos adjetivos antónimos, "pertinente" e "impertinente", y el otro sólo a uno, "perteneciente". Una lengua es rica por estos matices; dominarla es saber distinguirlos y aplicarlos. Soy de los que piensan que es necesario conocer bien una lengua para pensar bien, para analizar bien, desarrollar la mente y dotarnos de un instrumento imprescindible para dominar nuestras emociones y reacciones. Ya dijo Cervantes aquello de que "lo que se sabe sentir, se sabe decir", estableciendo una relación estrecha entre el decir y el sentir. Decir bien para bien sentir, y al revés, sentirse bien porque existe armonía entre lo que uno dice y lo que siente.

Sirva el preámbulo para defender la necesidad de aprender a hacer comentarios "pertinentes". Debiera ser máxima sagrada de tertulianos y comentaristas, una "profesión" hoy sobrevalorada ante la ausencia de lectura, pensamiento crítico, vacío y aturdimiento mental. Todo comentario debiera ajustarse al objeto de discusión y análisis, encajar o ajustarse al tema, venir a cuento y a propósito. Lo contrario es ser impertinente, hablar por hablar, confundir, someter a la mente a una especie de parálisis y aturdimiento que impide a los oyentes o receptores construir un mínimo de orden y sentido con los mensajes que reciben. Comentar debiera ser poner de relieve lo relevante, lo apropiado y congruente con aquello de lo que se habla o trata. Esto requiere aprendizaje y voluntad de claridad, pero también respeto a los demás, a aquellos que ven y escuchan los mensajes.

Reflexiono sobre el fenómeno tertuliano (o tertulianesco), porque recientemente he sido invitado a participar dos veces en un programa de Intereconomía TV, La Redacción Abierta, dirigido por Rafael Núñez, un presentador nada engolado ni retórico, que practica un periodismo abierto, no sectario, a años luz de lo que vemos en la Sexta u otros programas de agitación y propaganda. En el primer programa pude hablar ajustándome a la máxima que aquí defiendo, intentando que mis comentarios fueran pertinentes con las preguntas e intervenciones del entrevistador, todas ellas a su vez muy pertinentes.

Todo lo contrario me sucedió en el siguiente programa, donde, planteado a modo de debate, tuve que ajustarme a las intervenciones y preguntas, no del moderador, sino del otro tertuliano o contrincante. Imposible poner orden en el marco conceptual y el conglomerado de ideas incongruentes (impertinentes) de mi oponente (y perdón por la aliteración). Falta de experiencia en tales lides y cierto hábito profesoral que confía demasiado en la "pedagogía de la razón", en lugar de centrar la atención en lo relevante, lo pertinente, aquello que de verdad interesa a los espectadores, me llevó a veces por cerros llenos de niebla, y no logré decir bien lo que pensaba.

Pero voy a lo que quiero ir. La impertinencia es hoy lo más común, la característica más destacada del tertuliano, pero sobre todo del político. Para no quedar atrapados por la "logotropía" del discurso (descentrado, merodeante, digresivo, elusivo y hasta logorreico) uno debe mantener la cabeza fría y el cuerpo sereno, y preguntarse siempre "de qué está hablando este tío", "qué me quiere decir", "qué rollo está soltando". Si no sabes responder con claridad, no te eches la culpa ni te creas tonto; piensa que ese charlatán impertinente te está haciendo perder el tiempo. No pretendas entenderlo ni meterte en su cabeza: acabará contagiándote.

Es lo peor que nos puede suceder. Ejemplo: si tratas de ser comprensivo con un nacionalista o un separatista, tal y como predica Iceta y repite Sánchez y toda su cohorte, acabarás hilvanando un discurso tan incoherente (e impertinente) como el que mi compañero tertuliano esbozó en el debate referido. Lo difícil es superar la perplejidad y la ofuscación mental que este tipo de intervenciones produce. Y lo malo, y hasta peor, es que, sometidos a un constante bombardeo de este tipo de mensajes, es muy difícil sustraerse a su tóxica influencia. No es el arte de la política, como se suele decir, sino la miseria de la política. Porque el primer deber de un político es ser responsable de sus palabras, de lo que dice y cómo lo dice. O sea, no ser impertinente.
(El vídeo del debate: https://www.youtube.com/watch?v=KjEjFuelQEM&feature=player_embedded)

martes, 20 de marzo de 2018

CONSUMISMO: UN DIOS CANIBAL


Si hay algo que nos une hoy a todos los seres humanos, por encima de cualquier diferencia, es nuestra condición de consumidores. Ser individuo hoy es ser un sujeto que consume. En esto, hombres y mujeres, igualitos: consumistas. Todos consumiendo -y aspirando a consumir- lo mismo. ¿Consumistas y anticapitalistas? ¡Imposible! Lo increíble, lo insoslayable, lo impepinable, es que ser consumista no es ya una opción, es una necesidad. Sujetos consumistas: sujetados a la imperiosa necesidad de consumir para sobrevivir. 

Consumir no es lo mismo que satisfacer una necesidad cualquiera, sino, sobre todo, satisfacer la necesidad de consumir. ¿Por qué? Porque todos los objetos que la industria capitalista nos ofrece están concebidos y producidos, ante todo, para inducir a ser consumidos. Y consumidos cuanto antes. Consumidos significa que, después de un uso efímero, se tiren enseguida a la basura y sean reemplazados por otros. Una cadena infernal: un monstruo, un dios caníbal insaciable. Las necesidades biológicas básicas (alimento, vestido, cobijo, compañía) quedan al fondo (el fondo de reserva de los impulsos), y sirven de coartada, hasta el punto de que ya no sabemos distinguir entre necesidad y capricho, entre lo que el cuerpo necesita y lo que el mercado nos impone.

Ya es imposible ignorarlo: esta forma de producir y consumir es insostenible; pero, drogados y adictos, no podemos parar el monstruo, la máquina de producción de toneladas de millones de objetos de consumo, que ya actúa sola, auto-reproduciéndose de modo casi automático en cualquier rincón del mundo. El capitalismo ha muerto (morirá, moriremos) de puro éxito, de exceso, triturando a sus propios consumidores, convertidos ellos mismos en objetos de consumo y, por lo mismo, en residuos. Porque todo objeto de consumo genera un residuo, basura, heces, desechos. Es más difícil ya destruir los residuos que fabricar nuevos objetos.

¿Es posible parar esta aberración, este monstruo de infinitos ojos, brazos, bocas y esfínteres, a cuyo servicio estamos, sin posibilidad alguna de liberarnos de su obsesiva compulsión? Sí, claro, hay muchas fórmulas, desde crear mercados locales autosuficientes de productos sostenibles que satisfagan necesidades no inventadas, ni inducidas, ni "desnaturalizadas", a despertar el interés y la pasión por objetos y bienes inmateriales, como el conocimiento, el arte, la creatividad en todas sus infinitas formas. Debería ser un cambio drástico de gustos, necesidades, placeres, aunque se pudiera ir aplicando de manera progresiva, planificando una evolución de la humanidad hacia otro horizonte de expectativas, actividades, relaciones y descubrimientos.

La realidad, sin embargo, va por otro lado. Ahí está China, epítome de lo que digo. Así que lo más probable es que todo siga su curso, y nos iremos adaptando y resignando y apañándolas como podamos. En el camino irán cayendo muchas cosas, destruyéndose muchas seguridades y certezas que hoy damos por hechas, que nos protegen y libran del mal, pero que desaparecerán irreversiblemente. Y los primeros en caer serán quienes peor viven o vivan a la intemperie, porque incluso ellos están obligados a ser consumistas, aunque sólo sea de sobras y residuos.

El suelo ha dejado de ser firme y los seres humanos cada día nos parecemos más a autómatas tambaleantes que necesitamos creer en alguien que nos asegure que, mientras vivamos, podremos seguir consumiendo ansiosa y compulsivamente. Porque la clave está en eso: en generar ansiedad, inquietud, miedo, y ofrecer luego objetos con que calmar la angustia despertada. Objetos que, apenas consumidos, generen de nuevo la necesidad, la compulsión, la insatisfacción.

Lamento el tono apocalíptico al que me han llevado estas precipitadas reflexiones, pero es que, en mi corta vida, he visto cómo he ido pasando de ser un ser bastante humano, incluso "fieramente humano", a ser un sujeto consumidor, y todo sin apenas darme cuenta, y sin mi permiso, y por obligación, y sin escapatoria. Y a darme cuenta de que todo el tinglado que hemos montado se apoya en el mismo engaño, el mismo señuelo de felicidad compulsiva que ofrecen los objetos, su posesión y consumo, transformados en necesidad; el saber que estoy atrapado irremediablemente y que soy un pieza más de todo ese engranaje o máquina o monstruo que acabará destruyéndonos y que ha destruido ya lo más valioso: nuestra capacidad de pensar, de imaginar, de descubrir, de sentir y disfrutar de todo lo que no es puramente material, efímero, espejismo de felicidad. Solos y en compañía, no aislados y perdidos, como nos quiere y necesita el consumismo.






martes, 13 de marzo de 2018

RULL, TURUL, MONTULL y CUCURULL: sobre el sentido musical de las lenguas


Cada lengua tiene su musicalidad, una combinación de vocales y consonantes que crea un ritmo y un tono identificador, fácilmente reconocible. Aunque varía mucho de un hablante a otro, la articulación de sonidos y tonos de cada lengua sigue un patrón respiratorio, acústico, expresivo y rítmico, que tiene mucho que ver con el cuerpo: con la energía que exige la producción de esos sonidos, la relación de la voz con el espacio y con los otros (la voz "toca" al otro a través del aire), la impulsividad o fuerza emocional que el habla transmite, etc. Me refiero a la naturaleza física y fisiológica de la lengua como creación sonora.

El lenguaje no es sólo un acto mental, sino un hecho orgánico y neuronal. Hablamos con todo el cuerpo. El aprendizaje de una lengua es un aprendizaje corporal, de creación de hábitos orgánicos, respiratorios, rítmicos, gestuales. Supone aprender a controlar una compleja red muscular y nerviosa, desde el diafragma a las cuerdas vocales, la glotis o la musculatura facial. No es sólo un problema memorístico.

Las lenguas evolucionan mediante billones de ensayos en que los hablantes crean y seleccionan sonidos, fijan normas acústicas, morfológicas y sintácticas hasta alcanzar un grado óptimo de economía y eficacia comunicativa. Cada lengua es el resultado de un esfuerzo colectivo extraordinario, una verdadera obra de arte y, en este sentido, todas son admirables. 




Pero no todas las lenguas son iguales. Unas son mejores instrumentos que otras. Unas tienen mayor capacidad descriptiva y analítica de la realidad que otras; unas facilitan mejores lazos emotivos y comunicativos entre sus hablantes que otras; unas "suenan" (y resuenan) mejor que otras... Y todo esto influye en su evolución y difusión. El aumento de hablantes viene dado por muchos factores (políticos, económicos, sociales, educativos), pero hay un elemento sin el cual una lengua es muy difícil que se afiance y expanda. Lo diré con una expresión que me acabo de inventar y que el lector no encontrará en los manuales de lingüística: su "capacidad de seducción acústica".

El oído, sí, ese delicadísimo receptor de ondas sonoras. Por su propia naturaleza, al tímpano le gusta la armonía, la combinación eufónica de los sonidos. El oído tiende, además, a la sinestesia, como bien saben los ciegos, por lo que podríamos hablar de "belleza sonora", algo que podemos percibir cuando leemos un soneto de Shakespeare o de Garcilaso, por ejemplo. El español es una lengua que se caracteriza por la claridad de los sonidos (empezando por su sistema vocálico), la sencillez articulatoria (unión de vocales y consonantes formando casi siempre parejas y no grupos consonánticos largos), finales de palabra de fácil pronunciación, palabras formadas por un número reducido de sílabas, una construcción morfológica y sintáctica en la que es fácil identificar al sujeto, etc, todo lo cual facilita, entre otras cosas, el establecer pausas respiratorias naturales. El español ha ido suavizando su brusquedad inicial y facilitando la fluidez eufónica y la variedad tonal, sin perder por ello la naturalidad y la fuerza fonética expresiva y proyectiva.

Viene esto a cuento de la relación del español con otras lenguas de la Península (incluidas las neolenguas, como el aragonés o el asturiano), especialmente con el catalán, una lengua romance que, siendo etimológicamente muy cercana, mantiene diferencias acústico-orgánicas muy notables con el español. Una característica significativa es la terminación de palabras en consonante implosiva, como es el caso de los nombres que aparecen en el título de este artículo. Son cuatro apellidos de cuatro conocidos catalanes. Los dos primeros, Rull y Turull, exconsejeros golpistas de Puigdemont que han pasado unas semanas en la cárcel de Estremera. Montull es un corrupto, mano derecha de Millet, el del Palau, condenado a más de siete años de prisión. El cuarto es un vividor que se dedica, con el dinero público, a predicar cosas como que Cataluña nació en el año 700 a.C, que Roma no era nada hasta que llegaron a ella los catalanes o que el descubrimiento de América fue obra de valerosos catalanes.

Estos cuatro tipos tienen en común ese final consonántico que, como en el caso de muchas palabras del catalán, se han formado por la eliminación brusca de la última vocal. Este ejercicio de retención vocálica lo relacioné hace tiempo con la "pulsión anal" (he escrito artículos sobre ello), pero ahora solo quiero destacar el efecto chocante y cómico que, en este caso, esta peculiar onomástica sonora provoca. Que nos los tomemos tan en serio, y que ellos exhiban tan sin complejos sus propias vergüenzas, es algo que deberíamos "hacérnoslo oír". Porque no, no todas las lenguas suenan igual. No todas tienen la misma capacidad de seducción. Habrá que empezar a fiarse más del oído.

jueves, 1 de marzo de 2018

LA LUCHA DE CLASES


Marx ha pasado a la historia por ser el "inventor" de la lucha de clases. Puso así nombre a un hecho universal que expresa bien el dicho de que "siempre ha habido pobres y ricos". Donde aparecían pobres, Marx colocó proletarios, y donde ricos, burgueses. Elevó el listón intelectual y le dio categoría racional a la miseria. No fue difícil ajustar la teoría a la realidad: los pobres de su época se concentraban en barrios insalubres y entraban y salían de las fábricas como rebaños harapientos. La burguesía, dueña de "los medios de producción" (las fábricas), acumuló suficiente dinero como para construirse palacios e imitar a la nobleza, que tanto les había despreciado. Se hizo así muy visible la diferencia entre esos dos mundos.

La teoría tenía un fundamento demográfico, pues los proletarios fueron pronto la mayoría, desplazando en número a los campesinos, tradicionalmente los más pobres de la pirámide. Marx concibió el enfrentamiento entre los dos grupos como irreconciliable: uno debía destruir al otro para sobrevivir. La "lucha de clases" no sólo describía la realidad, sino que ofrecía "un horizonte de expectativas" a los más desfavorecidos para que tomaran el poder y acabaran con la división en clases.

Como las ideas y la conciencia (superestructura) surgían de la condición económica (estructura), Marx supuso que los obreros más explotados serían los primeros en rebelarse. No fue así, demostrando que no existe ninguna correlación directa entre pobreza y revolución. Fue entonces cuando propuso la necesidad de una vanguardia que guiara al proletariado hacia su liberación. La pequeña burguesía intelectual resultó ser la encargada de asumir esta tarea. Lenin lo puso en práctica. La rebelión de los obreros, paradójicamente, acabó en manos de pequeñoburgueses.

Pero no sólo esta contradicción, la evolución del capitalismo puso de manifiesto el reduccionismo de la lucha de clases. Con la aparición de una amplia clase media consumista, que se convirtió en el motor de la economía, todo el esquema se vino abajo. Hoy la sociedad se ha diversificado tanto (los obreros manuales son sólo ya una minoría), la pobreza y la riqueza han adoptado tantas formas, grados y niveles, haciendo imposible ligarlas a una profesión, un trabajo, un modo de vida, etc., que trazar una línea divisoria entre dos clases antagónicas resulta casi imposible.

Necesitamos aplicar otros criterios, como el de la pobreza y la riqueza "relativas", para describir la realidad. Dicho de modo simple: existen muchas "clases" de pobres, pero también muchos "tipos" de ricos. La línea divisoria hay que trazarla con criterios múltiples y sucesivamente inclusivos. Por ejemplo, eso de "trabajadores" no debiera excluir a muchos "empresarios", ya que algunos de ellos trabajan como "chinos". Y hay pobres que viven del privilegio y eso perjudica, sobre todo, a los que lo son de verdad. Profesiones con mucho prestigio cada día están más proletarizadas. Y no es lo mismo un empresario parásito, que otro productivo; uno que vive del Estado que otro de su talento y esfuerzo; un emprendedor arriesgado que otro corrupto; un defensor de la dignidad de sus empleados que otro explotador, etc.

En general, quien más poder y riqueza acumula es quien más posibilidades tiene de corromperse, explotar y despreciar a los demás. De ahí nuestra prevención. Hoy, además, son las grandes empresas y fortunas quienes más defraudan y evaden su dinero. Por otra parte, la clase media está hoy pasando a vivir en condiciones de pobreza encubierta cada día más degradantes. Hay empresas que mantienen una plantilla de trabajadores bien remunerados y al mismo tiempo explotan a miles de subcontratados con salarios de miseria. Y mientras se degradan las pensiones, una minoría de políticos y directivos obtienen pensiones astronómicas. Etc.

Quiero decir que hoy ya no nos sirve la simplificación de la lucha de clases (los de arriba y los de abajo, la casta y el pueblo) y hemos de sustituirla por la lucha por la igualdad, sin tener en cuenta la profesión, la clase o el estatus social, estableciendo normas que impidan el abuso y los privilegios, sean del tipo que sean. El viejo principio del bien común y la justicia social ha de prevalecer, asegurando que nadie carezca de lo necesario para vivir dignamente. No el rencor o la envidia del pobre hacia el rico, sino la equidad: porque quien más tiene, si bien se mide y valora, es quien más recibe (directa e indirectamente). Y que las diferencias nazcan sólo del esfuerzo y el talento, no del privilegio, el poder, el abuso y el sufrimiento de los demás.







martes, 27 de febrero de 2018

IDENTIDAD E IDENTIDADES


Cuando la izquierda, desconcertada ante la fuerza del capitalismo, que creó la clase media, no supo qué hacer con "la lucha de clases", se apuntó a la "lucha por la identidad", por cualquier tipo de identidad, pues surgieron identidades como Ítacas a las que cada colectivo, más o menos desamparado, debía llegar para encontrar su salvación. Sin ton ni son, sin entender ni definir qué sea la identidad, bastó que una causa se presentara como "revolucionaria", opuesta al poder dominante (patriarcal, global, estatal, de la casta o las élites corruptas), para convertirla en faro que guía al "pueblo" hacia su liberación. Un "totum revolutum" en el que han acabado conviviendo la ultraderecha y la izquierda radical, el puritanismo protestante con el catolicismo de sotana y sacristía, la progresía con la más rancia burguesía. 

En España, a la vanguardia de esta confusión se puso enseguida el nacionalismo catalán, el padre, la madre y el cordero del guisado retroprogresista con el que se han alimentado varias generaciones posfranquistas que han acabado desplazando a los pocos verdaderos antifranquistas que quedan, la mayoría tan noqueados que apenas se atreven a levantar la voz contra tanto "desaguisado". Vivimos en los estertores de esta izquierda descarriada, desnortada, desbrujulada, aunque pueda todavía pasar una década hasta que definitivamente desaparezca o se redefina, se redima, se quite de encima la carcundia esencialista de las identidades.

Aclaremos las cosas. Aceptemos que existe una identidad personal en la medida en que cada uno tiene conciencia de sí mismo como alguien único y diferente. No indaguemos mucho sobre si esa conciencia individual se basa en una diferencia genética o adquirida, sustancial o fenoménica. Aceptémonos como individuos (in-divisibles), aunque nuestra individualidad sea mera metafísica si no se convierte en libertad y autonomía real. Olvidémonos de que en esta sociedad, ante todo y sobre todo, somos individuos en la medida en que somos consumidores, todos, y en esto, tan parecidos como gotas de agua. Pasemos a lo que hoy más y mejor se vende en el mercado de las falsificaciones: las identidades colectivas. La pregunta inicial es: ¿Pero existen esas identidades? Seré un poco arrogante: no, no existen las identidades colectivas. Y no añado "en mi opinión", que es lítotes de Perogrullo, que suele confundir opinión con idea, que es casi lo contrario.

Imposible definir, diferenciar, constatar la existencia de una realidad, hecho o esencia a la que atribuir con propiedad el término de "identidad colectiva", un rasgo único que distinga de modo inequívoco a un grupo humano de otro. Un rasgo esencial y diferenciador que caracterice a todos los individuos pertenecientes a un grupo o colectivo. No existe, y sin embargo...

Sin embargo, y aquí viene el verdadero problema, todos los grupos necesitan construir una identidad imaginaria con que identificarse. Lo primero que hay que entender es que se trata de una construcción basada en cualquier elemento, visible o invisible, sobre el que se proyecta esa identidad inventada. Cualquier cosa sirve, basta con erigirla en símbolo, manifestación o expresión de esa identidad. Bastan dos o tres "señas de identidad" y ya tenemos una identidad campante, rampante y sonante dispuesta a defender su derecho, no ya a existir, sino a ser reconocida y respetada por todos (y subvencionada por el Estado, claro).

Lo que importa, más que la identidad en sí, es el sentimiento de identificación. Soy aquello con lo que me identifico. Por eso, para la creación de cualquier nueva identidad se necesita un grupo impulsor que acabe teniendo suficiente poder como para propagar ese sentimiento de identificación. Es aquí donde las ideas de la izquierda encuentran su acomodo: "opresión/liberación", "víctima/revanchismo", "exclusión/discriminación compensatoria", etc. Es así como el discurso de las identidades acaba desplazando al discurso de la igualdad.

En nuestra sociedad, basada en leyes que aseguran derechos e imponen obligaciones, el discurso de las identidades (lingüísticas, culturales, étnicas, históricas, territoriales) nunca debiera invadir ni invalidar la única identidad social hoy posible: la identidad política, o sea, la que nace de la condición común de ciudadano y nos hace a todos iguales. Iguales, no idénticos. El Estado democrático, que tiene su fundamento en la nación política, no debiera meterse en ese laberinto de las identidades, sean individuales o colectivas, ni convertirlas en sujeto de ningún derecho contrario al de la igualdad. La igualdad, sí, sigue siendo una seña de identificación de la izquierda (que no de ninguna identidad). Eso de "ser" de izquierdas, y más exhibirlo como superioridad moral, es otra fantasía identitaria; cosa distinta es "tener" ideas de izquierdas, que éstas sí que siguen existiendo.

domingo, 18 de febrero de 2018

¿PORTAVOZA?


Irene Montero, la diputada de Podemos, se ha metido de voz y coz en la lucha contra el lenguaje "sexista". Es patético luchar contra algo que no existe. Y sentirse, además, moralmente superior por ello, de una arrogancia cutre. Por más que se diga y vocee y asperje, eso del "lenguaje sexista" es, en sí mismo, un disparate semántico. Al lenguaje no se le pueden atribuir cualidades sólo aplicables a la persona. Existe un uso sexista del lenguaje, pero eso no convierte al lenguaje en machista u opresor, sino a quienes lo usan con intención de despreciar o dominar a las mujeres. No es lo mismo. Es como si acusara usted al lenguaje de ser violador o maltratador.

Detrás de esta batalla lingüística no sólo hay una profunda ignorancia de lo que es el lenguaje, cómo se forma, funciona y evolucionada, sino un enorme desprecio hacia los hablantes, empezando por las mujeres. Esto de "portavoza", "miembra" o "jóvena", no son sólo ocurrencias que incitan a la burla y el cachondeo, sino algo más decisivo, porque nos afecta a todos, no sólo como hablantes, sino como ciudadanos. El lenguaje es seguramente el bien común más importante, un elemento de cohesión y convivencia imprescindible sin el cual no serían posibles las relaciones humanas y sociales. No es sólo el bien común más apreciable, sino el más democrático imaginable. El lenguaje es el resultado de la acción y aportación de todos los hablantes, con independencia de su condición social, no obra de unos pocos o de un grupo dominante.

No hay lengua sin normas sintácticas y gramaticales. Atacar estas normas, destruirlas, es, no sólo destruir un bien común, sino agredir a sus hablantes. Las lenguas evolucionan con la contribución democrática de sus hablantes de forma natural, adaptándose a los constantes cambios sociales y del entorno, pero estos cambios no se imponen nunca a la fuerza. Las lenguas no necesitan policías lingüísticos para imponer cambios en su uso, son los propios hablantes los que generan espontánea y lentamente esos cambios. Por eso son una aberración política todas esas leyes de "normalización lingüística" que se han establecido en Cataluña y por media España, antidemocráticas en sí mismas. Que ahora pretendan algunos hacer lo mismo con "los bables" (no hay uno solo, la primera imposición fascista es obligar a sus hablantes a unificarlos) es una prueba más de desvarío y totalitarismo, en el que coinciden, ¡oh paradoja!, los Álvarez Cascos con podemitas y socialistas.

Esta batalla lingüística muestra cómo la noble causa del feminismo puede derivar en feminismo radical o feminismo ultra, o sea, una ideología reaccionaria que perjudica, en primer lugar, a las mujeres. Llamar a una mujer "portavoza", por más que Lastra, Montero y Robles se sientan encantadas, es lingüísticamente despectivo, y así suena y resuena en nuestro cerebro, y tendremos que hacer un esfuerzo para luchar contra ese efecto inmediato, porque así está fijado en el sentido fonético y musical de la lengua. Basta ponerlo en un contexto como "oiga, portavoza, dígame..." Peor sería, para arreglarlo, decir, "oiga, señora portavoza", o "mi amiga la portavoza"... Bastan estos ejemplos para demostrar que el procedimiento de marcar con el morfema "a" a todo sustantivo o adjetivo viviente para "feminizarlo", conduce a creaciones lingüísticamente aberrantes. Porque ni la "a" es feminista, ni la "o" machista. Sobran ejemplos para mostrarlo.

Lo peor de todo esto es la arrogancia emancipadora con que el ultrafeminismo trata de salvarnos de la lacra machista que ha penetrado en nuestras mentes desde siglos. Erigirse en salvadoras, en comisarias lingüísticas, imponiéndonos usos que destrozan las normas sintácticas, morfológicas y fonéticas de la lengua, es de una soberbia intolerable. ¡Intolerable, sí! Porque agrede y desprecia a todos los hablantes tratando de imponernos un control ideológico, politizando el ámbito más privado e individual como es el de la mente y el modo de hablar y comunicarnos. Entre los derechos lingüísticos de los ciudadanos se encuentra el derecho a no ser presionados, culpabilizados, señalados y denigrados por usar el lenguaje como lo hace, y muy democráticamente, la mayoría.

Ser vocera de la causa feminista es legítimo; ser portavoza del ultrafeminismo, no. Porque eso, ni es progresista ni emancipador, sino cutre y reaccionario. De voz a coz sólo hay una consonante. Y las consonantes se llaman así porque buscan la eufonía. Consonancia significa "estar en armonía". Es lo que busca y logra el lenguaje común: estar en armonía con los otros. Lo mismito que persigue el celo talibán de estas emancipadoras.




jueves, 8 de febrero de 2018

ZOON POLITIKÓN

Lo dijo Aristóteles, que es mucho decir. El hombre es un "zoon politikón"; literalmente, un "animal político", entendido, no en el sentido con que algunos lo han aplicado, por ejemplo, a Martín Villa o a Felipe González, enfatizando su capacidad política en el caso de Felipe, o su habilidad para la supervivencia política, en el caso de Martín. No, sino en el sentido de que el hombre es un "animal social". Suele usarse la expresión para resaltar nuestra dependencia social, el hecho de que nadie puede sobrevivir sin la acogida de un grupo que, desde la cuna a la tumba, nos proporciona protección y ayuda. A mí me gusta la definición aristotélica (este esdrújulo es contundente) por algo que no se suele destacar: porque afirma que somos sociales, sí, pero también animales. Una usted como pueda eso de "animal" y "social" y eso somos, por más contradictorio que parezca.

Lo de "animal" lo interpreto aquí para referirme a lo biológico, lo instintivo, todo eso que está determinado por ese inconcebible entramado de células y neuronas movidas por impulsos electroquímicos, que da lugar a nuestro cuerpo. Es la parte más inconsciente y automática de nuestro ser, la que se mueve por "algo" que viene directamente de lo desconocido, o sea, el impulso de la vida (y también de la muerte, como afirmó Freud). Lo de "social" alude a todo eso que modula, añade, se superpone o entremezcla con lo biológico. Para simplificar: lo innato (animal) interacciona con lo aprendido (social) formando un todo difícil de distinguir. Lo uno no existe sin lo otro, y esto vale tanto para el individuo como para la especie.


Como lo que nos interesa, al final, es entender un poco mejor qué somos y cómo y por qué actuamos como actuamos, saquemos una conclusión elemental: cualquier juicio sobre nosotros mismos o sobre los demás, debe aprender a unir esa doble perspectiva, lo animal y lo social, lo innato y lo aprendido, lo que viene de la impulsividad biológica y lo que proviene de la influencia social. Hay un espacio en el que esta doble corriente (lo que viene de dentro y lo que proviene de fuera) se encuentra y en el que se resuelve la contradicción: el cerebro. El cerebro, no sólo el que se aloja en nuestro cráneo, sino la red de neuronas que se extiende por todo el cuerpo, de la médula al intestino, es el encargado de recoger los impulsos biológicos y los estímulos perceptivos para convertirlos en el mundo en el que vivimos. El cerebro, por tanto, es el resultado de esa doble acción, pero es, a su vez, el que va a decidir qué hacemos en cada momento.

Si todo esto se tuviera en cuenta, y aquí aterrizo, no deberíamos nunca borrar lo instintivo y biológico de nuestra vida, por muy socializados que estemos, ya que, queramos o no, la biología es nuestro primer destino y ahí está, siempre presente; y si no está, malo, algo muy perverso y retorcido y estrafalario acabará apoderándose de nuestra vida. El control de los impulsos lo impone la vida en común, la sociedad, pero siempre debe existir un límite a partir del cual el cuerpo reclama sus derechos. Pretender que "todo es social", incluido el impulso sexual, es una aberración de consecuencias catastróficas. Del mismo modo, creer que la mayoría de los seres humanos es incapaz de controlar sus impulsos, nos llevaría a otro tipo de aberraciones. Apliquen esto a eso de "la cadena perpetua revisable".

Un enfoque de este tipo nos ayudaría a entender un poco mejor eso de "la violencia de género", así mal llamada en la medida en que no integra el elemento biológico al diagnóstico, quedándose solo con lo social. Pero no, el cerebro está tan socializado como sexualizado. Porque el cerebro mantiene un diálogo constante con el cuerpo, con todas las señales biológicas del cuerpo antes de tomar una decisión. Y muchas de esas señales no llegan a la mente consciente, se analizan y valoran de modo inconsciente, de acuerdo con los circuitos que se han forjado a lo largo de la vida a partir de nuestro nacimiento.

La cosa es bastante compleja, ¿verdad? ¿Nos incomoda todo esto, verdad? ¿Nos gustaría que todo fuera más sencillo para resolverlo de un plumazo, con una norma, con una ley, con más centros penitenciarios, verdad? Nos gustaría no ser animales, ser sólo seres sociales, sólo seres moldeables, seres impecables, seres cien por cien políticamente correctos, incólumes, impolutos, vírgenes de todo mal. Nos gustaría vivir en un mundo sin machismo, sin micro ni macromachismo, sin la incertidumbre que nos impone la biología y ese rodar de la Tierra por la inmensidad del cosmos, enganchada a un astro que todo él es fuego, fuego incandescente.






jueves, 1 de febrero de 2018

SOY LO QUE PIENSO

(Foto: Vicente García)


Descartes, después de mucho pensar, dijo aquello de "pienso, luego existo". Aseguran los filósofos racionalistas que eso fue el "fiat lux" de la modernidad, que colocó a la razón como el fundamento de la ciencia y el pensamiento moderno. A mí, lo siento, siempre me pareció una perogrullada, basada, como casi todas las idem, en una petición de principio. Si dudas de todo, ¿por qué no dudar también de que estás pensando-dudando? El axioma cartesiano viene a decir, "pienso, luego pienso", o "existo, luego existo". El problema no está en relacionar el existir y el pensar, sino en el "ergo", el luego, en la relación de causalidad o consecuencia lógica. Yo creo que es mucho más persuasiva, incluso lógicamente, la proposición "siento, luego existo", por poner una de las muchas que se me ocurren en sustitución de la descartiana.

Me da pie y estribo esta piedra filosofal para hacer alpinismo platónico, intentando escalar esa montaña siempre cubierta de nubes que es el misterio del yo, que no es otro que el de la conciencia. Echo mano de la metáfora montañera porque, sí, es muy fácil despeñarse por la pendiente del "qué soy yo" o "quién soy yo", que lo uno lleva a lo otro. Si Yavé dijo algo así como "Yo soy el que soy" o "Yo soy el que existo", difícilmente nosotros seremos capaces de dar una respuesta más clara y categórica. Descartes debería haberse conformado con el silencio que sigue a esta inquietante sentencia divina.

Pero soy inquieto, así que prosigo. De las muchas respuestas que pudiéramos dar a la pregunta que trata de saber qué somos, he aquí ésta que seguramente ya han enunciado muchos, pero que yo hago mía porque es la que se me ha ocurrido para ponerle título a esta bicolumna: soy lo que pienso. Expresada en términos de manual de autoayuda: "eres lo que piensas". Repárese en que no digo "soy el que pienso", lo que sería muy cartesiano, sino que soy eso (esto o aquello) que pienso. Por explicarme un pelín. Somos una fabulosa máquina neuronal: "En el cerebro de un recién nacido, cada segundo se forman hasta dos millones de nuevas conexiones, o sinapsis. A los dos años, un niño cuenta con cien billones de sinapsis, el doble que un adulto". La cita es de David Eagleman. La paradoja es que, para madurar, necesitamos podar las ramas de esa jungla y quedarnos con la mitad de sinapsis. Para construir el mundo necesitamos limitar nuestras posibilidades perceptivas.

El mundo, la realidad, es una creación cerebral construida con billones de estímulos indiferenciados. Si no fuera así no sobreviviríamos ni sabríamos qué hacer rodeados por un mundo incomprensible de infinitos impactos electromagnéticos. Pero voy a lo del título. Si todo se cocina en ese bullicioso y descomunal trasiego de impulsos invisibles, incontables, que van a velocidades astronómicas, ¿qué hacemos nosotros, qué papel juega en todo eso, el pensamiento? Pongamos que el 95% de nuestra actividad es inconsciente. Esto significa que la complejísima maraña neuronal ha creado circuitos fijos por los que circula la actividad electromagnética de forma automática. ¡Y menos mal! Si nuestra vida dependiera de nuestras decisiones conscientes tardaríamos un cuarto de hora en dar dos pasos seguidos.

Sirva tanto preámbulo para llegar a una pequeña cumbre desde la que otear el horizonte de nuestra vida. Me refiero a ese 5% que hemos reservado para la actividad consciente. A esa me refiero con el título. Soy lo que pienso conscientemente. ¿Por qué? Porque es lo único que puedo de verdad controlar de mí mismo. Es ahí donde radica mi albedrío, mi libertad, mi responsabilidad. Así que, conclusión lógica, piense en lo que piensa. Piense que no es lo mismo pensar una cosa que otra. Piense que puede intentar ser dueño, al menos, de un 5% de ese 5% de sus pensamientos no automáticos.

Quiero decir que no desprecie usted ese 5%, porque, gracias a él, puede usted vivir una vida apasionante. Sólo podemos gozar de verdad de aquello de lo que somos intensamente conscientes. Una conciencia alerta es imprescindible para ampliar nuestro mundo, nuestra experiencia del mundo. Una mente abierta es la que está dispuesta a recibir pensamientos inesperados, ideas nuevas, todo aquello que rompa los automatismos mentales anquilosados. En realidad, ese 95% del que hablé depende de ese pequeño 5% del que hablo. Por eso es tan importante.

Y digo más. La política, como la vida, sólo puede renovarse si da importancia a ese 5%. Si da importancia a las ideas. Si confía en la fuerza de las ideas conscientes. Si confía en la coherencia, la consistencia, la capacidad constructiva y unificadora de las ideas y los proyectos lúcidos. Conciencia y honestidad. Pues eso.










jueves, 25 de enero de 2018

EL AURA MICROBIANA


Andaba yo esta mañana en busca de mi identidad cuando me topé con uno de esos artículos de divulgación científica que de vez en cuando me gusta leer. Lo hago con una mezcla de curiosidad indagadora y atracción poética, porque hoy la ciencia avanza no sólo gracias al afán investigador, sino a la imaginación poética. Mediante un elemental experimento se ha podido comprobar que nuestro cuerpo emite no solo calor, ondas sonoras, partículas olorosas, lumínicas y quizás radiactivas, sino también una nube bacteriana, microbiana, que constituye una verdadera aura. Y que ese halo se puede detectar y analizar, y comprobar que es diferente en cada ser humano e incluso en cada familia.

Unamos a ésta, otra investigación que ha descubierto que también heredamos los componentes de nuestro sistema inmunológico básico y que, al parecer, juega un papel bastante influyente en eso de la atracción sexual y la llamada reproductiva de la especie. Buscamos no sólo la belleza, la simetría y la salud biológica, sino la "histocompatibilidad", o sea, un "antígeno leucocitario" complementario que refuerce el sistema inmunológico con una buena dosis de anticuerpos capaces de detectar y combatir virus y bacterias peligrosas. Andaría todo esto mezclado con eso de los olores, que bien sabemos puede dar al traste en un milisegundo con todo nuestro potencial erótico, sea masculino o femenino. No se han descubierto todavía las feromonas, pero está claro que nuestro cerebro reptiliano tiene muchas veces la última palabra.

Se está desarrollando ya una ciencia complementaria de la endocrinología, la exocrinología. Creo que traerá indudables beneficios, no ya a la humanidad, sino a la política. Hoy, en que el consumo está trastocando el orden y hasta la función de los instintos, introduciendo confusión, incertidumbre y angustia en los cuerpos y las almas a través de todo "lo invisible" (desde el reclamo de los olores a las armas biológicas, de internet a los alimentos, de planes multinacionales a revueltas nacionalistas), hoy, digo, nos vendrá bien esta ciencia de la presencia de lo microbacteriano en nuestras vidas -dentro de nuestros cuerpos, pero también fuera, en el aire-, para recuperar el sentido humano del cuerpo, la última barrera contra la manipulación política y la propagación de los virus ideológicos. El cuerpo sabe, el cuerpo siente, el cuerpo habla, así que escúchalo y hazle caso. Es una consigna revolucionaria.

Depurar este sentido corporal global, inmediato, instantáneo; limpiarlo de todas las adherencias mentales, publicitarias, ideológicas, contaminantes; airear, sanear los mecanismos biológicos instintivos o básicos; no dejarnos manipular por el constante acoso de los estímulos consumistas... Si así fuera, la mal llamada "ideología de género", por ejemplo, no habría degenerado en psicopatología de género, que con el tiempo se verá que es un género más de psicopatología, movido, eso sí, y en la mayoría de los casos, por un urgente y justificado afán de justicia igualitaria. Pero saltar de los derechos políticos y sociales, a la esfera de los instintos y el aura microbiana es desatino biológico, no sólo político. Es confundir la lucha contra la dominación y humillación "patriarcal", con la lucha contra la testosterona.

Así que buscando mi identidad matinal me topé con una seña de identidad microbiana inesperada, lo que me ha hecho reflexionar sobre todo ese territorio todavía no conquistado por la política, por la norma social, por el afán totalitario de controlar mi aura invisible. Así que, os digo, les digo, me digo, déjenme con mi aura microbiana identitaria, no me impongan otra identidad que la que me dicta y susurra mi cuerpo, no pretendan dar órdenes a mi fogosidad bacteriana, no me hagan encuadrar a ese ejército bullicioso de partículas y seres invisibles (microbiótica endógena y exógena), a ese anárquico batallón bioquímico no le pongan el uniforme LGTBi, por así decir, y espero que me entiendan sin tomar la metáfora al pie de las siglas.

Dicho de otro modo: no me impongan una identidad "racista", externa, déjenme con mi biología y que yo me las apañe con lo que me ha entregado la vida, el cosmos, el aire que respiro. Porque cuando la política pretende controlar mi aura microbiana (aunque sea para protegerme de una potencial amenaza) está invadiendo mi cuerpo, que es mi propia y única identidad individual. Mi otra identidad, la identidad social, esa pertenece a otra esfera, a la de mis derechos y obligaciones sociales que, curiosamente, también pretende imponérseme, usurpándome esos mismos derechos. Pero este es otro tema.

viernes, 19 de enero de 2018

UNA TEORÍA DEL CONFLICTO


El universo no tiene centro, todo depende del lugar en que momentáneamente se coloque el observador. Si no tiene centro, tampoco podemos saber si tiene límites, ésta parece una conclusión de lógica geométrica. Si no podemos situar sus límites, ¿cómo podremos asegurar que los tiene? El universo que vemos, paradójicamente, nos lleva hacia un universo que tiene que ser radicalmente distinto al que vemos. Tiene que ser "otra cosa", esencialmente inconcebible e inimaginable.

En una noche estrellada, desde la cumbre del Teleno, por ejemplo, podremos ver hasta unas 2.500 estrellas. Estamos en la Tierra, en un lugar apartado de uno de los brazos exteriores de la espiral de nuestra galaxia, que tiene entre 100 y 400 mil millones de estrellas. Nuestra galaxia, a su vez, es una de los 100 a 400 mil millones de galaxias que puede haber en el universo "conocido". Calculando por lo bajo, a ojo de buen cubero científico, pueden existir en ese espacio unos 100 millones de billones de planetas parecidos a la Tierra, lo que significaría que podría haber unos 10.000 billones de civilizaciones inteligentes en el universo observable. Sólo en nuestra galaxia habría unas 100 mil civilizaciones "inteligentes".

Qué pequeño e insignificante resulta todo desde esta perspectiva. Conviene pararse de vez en cuando para observar el mundo, y a nosotros mismos, desde el diminuto punto que ocupamos en ese espacio inconmensurable. Recuerdo una comparación que de pequeño nos hacían los jesuitas en aquellos "ejercicios espirituales" de Semana Santa, para que imagináramos qué significaba "la eternidad": un pajarillo, cada millón de años, se lleva en el pico un granito de arena de toda la que se extiende por las playas del mundo. Pues cuando acabara de transportarla toda, no habría transcurrido ni un segundo dentro de la eternidad...

La conclusión, para quien no sea demasiado obtuso, es que somos una insignificancia, que darnos importancia es tan ridículo como patético. Quedar encerrados en la burbuja de nuestro ego, de la importancia personal, absortos en el autorreflejo, en la imagen cóncava, distorsionada y engrandecida que refleja esa burbuja en que estamos confinados, es nuestra mayor desgracia, la mayor limitación que podemos imponer a nuestro desarrollo, a nuestra capacidad de crear y de disfrutar. Si esa esfera en la que todos vivimos atrapados, que señala los límites de nuestra energía, es una condición de nuestra existencia como seres humanos, lo que ya no es irremediable es que convirtamos esa burbuja en cárcel; que, en lugar de volver sus límites cada día más transparentes para poder observar el misterio del mundo, la hagamos cada vez más opaca, más espesa, más dura.

He comprobado, en mi corta y alargada vida, que casi todos los conflictos humanos, por más que tengan causas objetivas, acaban sin resolverse porque chocan con esa estructura egocentrada y autoabsorbente de nuestra mente, incapaz de separar la imagen de sí mismo de la objetividad de los hechos. Pasando del terreno de la vida y los conflictos cotidianos al, un poco más amplio, de la política o la cultura, la influencia de este mecanismo psicobiológico de identificación con la imagen autoproyectada de nosotros mismos, es tan influyente, que muchos proyectos generosos y lúcidos acaban desmoronándose al ser incapaces sus protagonistas de encarar los conflictos naturales que genera. Cuando se supera esta trampa, en cambio, las posibilidades de expansión y potenciación de las energías individuales reunidas pueden ser extraordinarias.

El yo es necesario para mantener la estabilidad de nuestro ser, ese conglomerado heterogéneo de campos y fibras energéticas, pero no podemos convertirnos en sus esclavos; el ego debe estar a nuestras órdenes, y no al revés. Todo cuanto hacemos en la vida acaba en fracaso vital si no somos capaces de entender y llevar a la práctica esta verdad. Dichoso el que confía en sí mismo y, en cambio, no se fía de su ego, no queda atrapado por la importancia personal, por la búsqueda ansiosa de reconocimiento y estima, por cualquier sentimiento de superioridad.

Cuanto más confianza tengamos en lo que somos, hacemos, pensamos y sentimos, menos arrogantes, intransigentes y engreídos nos mostraremos. Cuanto más carencias y frustraciones, mayor necesidad de proyectarlas sobre los demás. Si este mecanismo de compensación cae en manos de ambiciosos manipuladores, hábiles embaucadores y predicadores del rencor, que señalan a los otros como los causantes de la propia debilidad, la tendencia obsesivo-compulsiva del ego se pondrá al servicio de esos dominadores, a los que entregará su energía. La masa (que algunos confunden con el pueblo), entonces, funciona como un gran ego que genera su propio autorreflejo. También puede servirnos esta teoría para entender alguno de los fenómenos que hoy más nos inquietan.

domingo, 7 de enero de 2018

2018 OPORTUNIDADES

(Foto: S. Trancón)

Enfoquemos esto del 2018 por ahí: el nuevo tiempo solar nos presentará media decena de oportunidades cada día, así, a ojo de pájaro. Oportunidades de vida. Una vuelta alrededor del astro que nos guía y sostiene, y 365 vueltas en redondo para que ningún ser viviente deje de recibir sus rayos salutíferos. Porque la vida es decidir y aprovechar lo que el mundo nos ofrece. Todo pasa rápidamente, y en este tiempo acelerado, mucho más fugazmente. Oportunidades a pares, como se dice, igual que este pareado.

Quiero decir que vivir es tomar decisiones, inevitable, inexorablemente. Toda decisión condiciona la siguiente e incluso, muchas veces, la determina. Esto crea una tensión vital, una urgencia, porque no decidir es ya decidir. Aprender a tomar decisiones de modo consciente, con serenidad, sin pausas ni prisas, y aceptar luego todas sus consecuencias es, quizás, el mayor aprendizaje de la vida. Ni impulsivos ni pusilánimes: esto vale para todo, pero en lo que se refiere a la política, mucho más. El peor político es el que no sabe decidir, y cuando ya no tiene más remedio, lo hace atolondradamente, sin ton ni son ni música celestial. ¿Les pongo un ejemplo? Sí, ese mismo en el que están pensando.

Los españoles tendremos este año la oportunidad de despertar definitivamente del letargo político en que hemos vivido bastante plácidamente hasta hoy, posponiendo problemas, reformas, cambios y decisiones ya urgentes. El síntoma de la urgencia es Cataluña, pero la necesidad de encararla afecta a toda España. La cosa empezó a cambiar con la gran manifestación en Barcelona del 8 de octubre, que inundó las calles de banderas españolas. Esa imagen tiene un efecto simbólico contundente, marca un cambio de actitud, de conciencia colectiva. Los partidos políticos no lo han provocado, sino que se ha producido a pesar de ellos. Como ocurrió con el 15-M. El 8-O es el 15-M nacional, y la mayor desgracia sería que acabara desmoronándose como le ha pasado al 15-M.

Así que mi deseo para el 2018 es que el pueblo español (recuperemos la palabra, secuestrada para aplicarla al conjunto de españoles, pero no para hablar de todos los pueblos habidos y por haber en España); que el pueblo español despierte, le dé la espalda lo antes posible a ese partido dirigido por incapaces (por decirlo con suavidad) que ni gobierna ni sabe gobernar; que ocupe su espacio el nuevo partido de la derecha, de momento más presentable; que igualmente los españoles, hasta ahora confiados, abandonen toda esperanza en el PSOE, que va a la deriva rumbo a las 17 neo-naciones que quiere inventar para encajar así a Cataluña (¡dios, qué ocurrencia!); que los todavía atrapados por las argucias oportunistas del populismo podemita, suelten lastre y se atrevan a reconocer que, de donde no hay, nada se puede sacar. A los independentistas bastará con dejarles solos, y que no acaparen los titulares mediáticos y las entradas del telediario.

Estas son oportunidades colectivas que deberíamos aprovechar durante este viaje elíptico por el espacio sideral, que dejará una huella invisible en esos cielos cada vez más contaminados. Pero si la ruina de la izquierda oficial debería ser un proceso imparable, marcado por la entrada en un nuevo ciclo, el del despertar de la conciencia española, mi deseo deberá completarse con la esperanza de que surja una izquierda renovada, que abandone todo el lastre ideológico, dogmático y sectario que se le ha ido pegando a los pies, "monstruo en su laberinto".

Una izquierda que reúna a la inteligencia más inquieta de nuestro país, el empeño más decidido de los más osados, la confianza más lúcida de los mejor preparados, la determinación más inflexible de los más generosos. Y sí, ¿por qué no? Soñar así con una verdadera revolución ciudadana que crea de nuevo en España como el mejor proyecto común capaz de luchar por la igualdad, la unidad, el progreso vital y humano (no sólo el económico), la defensa de los más desfavorecidos, la confianza en nuestra creatividad y capacidad para superar todas las dificultades.

Este proyecto nacional deberá abordar, como condición, si no suficiente, sí necesaria, una profunda transformación de la estructura y el funcionamiento del Estado, hoy sometido a fuerzas disgregadores, inoperantes, suicidas. Eso es lo que está latiendo en el fondo del corazón de esas masas que han empezado a respirar por su cuenta, a salir a la calle, a decir que así no podemos continuar. Por eso es tan necesario que se afiance ese nuevo partido que saque a la izquierda de su desvarío, que le dé la confianza en que es posible salir del pozo en el que ya apenas penetra la luz. Esa será una de las grandes oportunidades del 2018.




miércoles, 3 de enero de 2018

NACIÓN Y ESTADO

(Foto: A. T. Galisteo)
Nación y Estado son conceptos distintos, pero inseparables. A los conceptos hay que pedirles precisión, sobre todo a los conceptos políticos. Precisión significa que podemos atribuirles rasgos semánticos con que diferenciarlos de otros conceptos afines. Toda discusión debe empezar por precisar los conceptos. Si no se comparte el significado de las palabras es imposible confrontar enunciados o juicios. Conceptos precisos para expresar ideas claras: exíjaselo usted a los políticos, tertulianos y periodistas. Es la prueba del algodón: verá enseguida quién no sabe de lo que habla, quién engaña y quién, aun sabiendo que engaña, sigue engañando. Ejemplo: pregunte a Pedro Sánchez, a Iceta o a Iglesias por la "plurinacionalidad". O más sencillo: ¿qué es para usted una nación?

Hablamos de nación política, que hoy es el único sentido que nos interesa. Dejemos de lado, para no confundir, la noción romántica de "nación cultural", "étnica" o "lingüística". Digo que nación es una forma de agrupación social. Los hombres somos seres sociales, no vivimos aislados, sino formando grupos. El primer grupo es la familia, basada en la consanguinidad y el parentesco. Luego hay otros, unos inclusivos y otros excluyentes, como el clan, la tribu, la etnia o cualquiera de las muchas agrupaciones que hoy existen, desde una Iglesia a un club deportivo.

Avanzo. Nación política es una forma de organización social en la que todos los individuos que pertenecen a ella, poseen una condición básica: son sujetos políticos. El vínculo común no es ni la sangre, ni la lengua, ni la etnia, ni el lugar de nacimiento, ni la condición sexual, ni el estatus económico, ni cualquier otra característica, sino el hecho de ser reconocido como un sujeto de derechos y deberes sociales. Es aquí donde el concepto de Nación se hace inseparable del concepto de Estado.

El Estado es la forma institucional que adopta una Nación. El Estado transforma el vínculo y el acuerdo social en leyes e instituciones que organizan y regulan las relaciones entre los individuos. La Nación política nace con la Revolución Francesa y se consolida con el Estado democrático moderno. Desaparecen los estamentos y las clases para proclamar un solo sujeto político: el ciudadano. Los Reinos o Imperios dejan de existir para convertirse en naciones políticas, y las naciones se organizan como Estados.

La diferencia entre Estado y Nación es importante. La nación es una agrupación de ciudadanos; el Estado, un conjunto de leyes e instituciones. La nación es el fundamento del Estado, no al revés. El Estado varía y puede adoptar distintas formas, pero la nación se mantiene mientras la mayoría de sus ciudadanos no rompan su vínculo de pertenencia y permanencia en ella. La nación es el resultado de muchos avatares históricos, pero no es una invención arbitraria, ni impuesta, ni mantenida por la fuerza o el interés de una minoría dominante.

La nación política moderna es una forma racional de agrupación humana que responde a hechos, necesidades y acuerdos sólidamente fundamentados. No es expresión de ninguna esencia (no existe ni el alma ni el ser nacional), sino fruto de la experiencia, la conveniencia, el interés general, la seguridad y la defensa mutua, el control del territorio, la creación de bienes y servicios comunes, etc. La nación asegura la vida en común, la supervivencia, la paz y el bienestar de la mayoría. Por eso -y para eso- existe. Dada la complejidad, la dificultad y el largo período que requiere la cristalización de los procesos que dan lugar a su constitución, toda nación tiende a permanecer.

Apliquemos esto a nuestra nación. El nombre de España se refiere a la nación, tal y como aquí la definimos; una nación que surgió de la unión de varios reinos que acabaron creando un Imperio que, a su vez -y una vez desaparecido como tal-, acabó convirtiéndose en una nación moderna a comienzos del siglo XIX, después de un período de transformación como lo fue el siglo XVIII. En la idea de nación española cristaliza una larga historia que va creando la conciencia de compartir un territorio común, unas necesidades y leyes comunes, etc.

Una primera conclusión, apresurada por falta de espacio, es que sin España no puede existir el Estado español. Que, para poder abordar cualquier reforma del Estado, necesitamos revitalizar y reforzar la conciencia y la consistencia de la nación española, o sea, los vínculos de pertenencia a una sociedad común, política, social y legalmente constituida. Que la nación española no es ningún capricho ni ningún proyecto fallido, sino una realidad poderosa, vigorosa y democráticamente construida. Que el resurgir del sentimiento nacional que el separatismo ha despertado, no es una reacción efímera que puedan manipular políticos oportunistas, sino la expresión de algo más profundo que nadie tiene derecho a desvirtuar con confusas promesas electoralistas.













martes, 12 de diciembre de 2017

SER ESPAÑOL HOY

(Foto: S.Trancón)

Dice Manuel Valls que los españoles necesitamos responder a la pregunta “qué es ser español hoy”; que España tiene que construir una identidad positiva de sí misma que supere su complejo de inferioridad; que del éxito o fracaso de esta tarea va a depender nuestro futuro. Es llamativo que necesitemos que alguien desde fuera nos recuerde algo tan evidente, a lo que nadie quiere atender. Ni atender, ni entender; ni aceptar, ni tomar en serio. Pero sí, es la “cuestión palpitante” (¿la que hace latir el corazón?), como dirían nuestros abuelos, por más que no figure en el programa de ningún partido.

Huímos de la pregunta por incómoda, porque nos sitúa en un terreno pantanoso: el del nacionalismo esencialista, el de la retórica populista, étnica y patriotera, cuyos ecos todavía resuenan y que hasta ayer mismo sirvieron para engañar, dominar y mantener un orden basado en la sumisión y el privilegio. Al apropiarse de ella una minoría, dejó inservible el concepto, la imagen y el sentimiento que la palabra español encierra. Es imprescindible una “reconstrucción semántica” de la palabra “España” y “español” para despojarlas del óxido que se les ha adherido y dotarlas de la fuerza y el sentido que contienen: “resignificarlas”.

Un primer paso es aclarar qué es “ser español”. De los muchos significados (superpuestos e interrelacionados) que podemos distinguir, empecemos por el más elemental: el significado legal. Yo soy español porque poseo la ciudadanía española, acreditada con un documento oficial: mi carnet de identidad. Frente a cualquier otra difinición más o menos metafísica, he aquí este hecho “burocrático” insoslayable: soy español porque así me lo reconoce legalmente el Estado democrático español. La mayoría de españoles hemos adquirido esta condición por el hecho azaroso de haber nacido en España. Empecemos reconociéndolo.

Yo nací en España y, al menos como hipótesis cosmológica, pude haber nacido en cualquier otro lugar de la Tierra o del Universo (dado que hay millones de planetas habitables sembrados por ahí, en los miles de galaxias que giran a velocidades inconcebibles por el espacio cósmico). Digo que el hecho de haber nacido en España me da derecho a la nacionalidad española, lo que por sí mismo me permite decir que soy español, legal y administrativamente hablando, algo aparentemente intrascendente, pero que es la base de todos mis derechos y deberes ciudadanos. Al hecho azaroso de mi nacimiento, se ha añadido este otro azar político que me hace sujeto de derechos y deberes reconocidos gracias a la existencia de un orden social previamente establecido. La nación política española me antecede, preexiste a mi nacimiento.

Ser español es, por tanto, un hecho reconocido e inherente a mi propia existencia legal, por lo que, para dejar de serlo, he de renunciar expresamente a ser ciudadano español. Puedo hacerlo, por supuesto, dado que ser español no es una condición biológica, sino social y política. Esto significa que a ningún adulto se le puede obligar a ser español, pero tampoco que se le pueda despojar de esa condición.

Quiero recalcar la condición legal, dejando de lado los otros rasgos culturales, emocionales, lingüísticos o históricos que pudieran añadirse a la definición de “lo español”, elementos no menos importantes pero que, al mezclarse, acaban borrando ese elemento esencial: ser español es ser un sujeto legalmente reconocido como tal. La conclusión es que, independientemente de que te sientas o no español, si lo eres legalmente no puedes dejar de serlo simplemente porque así lo pienses, lo quieras, lo desees o lo proclames. O sea, que no puedes ser español y no español a la vez. Que no puedes ser español para unas cosas y no español para otras.

Sirvan estas elementales consideraciones para aclararles a los independentistas que, mientras sean españoles, no pueden pretender ser y actuar legalmente a la vez como españoles y como no españoles. Y, sobre todo, que no pueden tener la osadía de despojar de la condición legal de españoles a más de la mitad de catalanes que no quieren dejar de serlo. Y al resto, a los independentistas, es preciso que les digamos claramente que no pueden ser españoles y no españoles a la vez. ¡Y menos reconocerles y tratarles legalmente como antiespañoles!, esa aberración antidemocrática a la que muchos quieren que nos acostumbremos, empezando por ese “nacionalsocialista” llamado Iceta, cuyo proyecto es el mayor triunfo del independentismo. ¿Y el PSOE? La mayoría prefiere mirar para otro lado.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

UN POCO DE NADA


(Foto: S. Trancón)

Tirar piedrecitas a un lago y ver cómo las ondas forman círculos que poco a poco mueren en el agua. Igual que un pez que pica el anzuelo y hunde un instante el corcho flotante. Pequeños fenómenos, efímeras perturbaciones sobre la superficie líquida que tiende a la quietud. Para contemplar el mundo, para no confundir las pequeñas olas con un tsunami, hemos de tomar nuestros actos como lo que son, apenas la piedrecita que un niño arroja sobre la superficie del mundo, que tiende a la inmovilidad. Cuanto más nos alejamos de lo inmediato, cuanto más nos elevamos sobre la rugosidad y aspereza de las cosas, más ridículas resultan nuestras hazañas cotidianas, la importancia que les damos y la importancia que nos damos a nosotros mismos. 

La comparación del lago no es hoy muy apropiada, porque a punto estamos de ver que los lagos de antes ya sólo son hoy charcas pestilentes. En los nidos de antaño, no hay pájaros hogaño. Con qué asombrosa rapidez cambia todo para mal. Es la paradoja de lo inmóvil, que se transforma a nuestra vista sin que lo podamos ver. Y es frente a eso, frente a lo imparable, ante lo que nuestros actos resultan tan insignificantes. ¿Consuelo de tontos? No, aceptación de sabios. 

Comenté el otro día, paseando con Antonio Colinas por la plaza Mayor de Salamanca, esa asombrosa laguna plateresca, cómo poco a poco había ido desapareciendo todo lo que dio consistencia a nuestra infancia. ¿Cuánto tiempo hace que no oímos croar a una rana en una laguna donde picotea una cigüeña?, le comenté. ¡Silencio, ranas, que está la cigüeña en el charco!, nos gritaba un profesor en el Instituto (al que acabamos llamándole el Rana). Para los niños de hoy, ¿qué sentido tendría esa amonestación, si nunca han visto ni oído croar una rana en un charco?

Nada tiene esto que ver con el paso natural del tiempo, sino con la ruina silenciosa de un mundo que dio consistencia a las palabras más entrañables, las visiones más asombrosas, las transformaciones más inesperadas. Toda la sabidurá que un niño puede adquirir tirando una piedra sobre un lago. No es lamento, ni añoranza, ni lucha vana contra una muerte anunciada, sino callada desesperación a la que sólo podemos vencer volviendo a aceptar la insignificacia de lo que somos, de lo que hacemos, de lo que podemos hacer frente a la descomunal perturbación que está sufriendo hoy la superficie del mundo, de la Tierra, de los cielos y los mares y los lagos y los bosques y las charcas cubiertas de espadañas.

Quiero alejarme hoy de tanto ruido, tanto aspaviento y tanta memez con que la actualidad política nos inunda y absorbe hasta el punto de creer que lo importante es toda esa efímera e insignificante agitación de aguas que en otro tiempo formaron lagos y hoy no son ya más que lodo, fango que se pega a la suela del zapato y apenas nos permite caminar. Cuánto engaño, cuánto aturdimiento, cuánta preocupación inútil, cuánta energía dilapidada, con qué obstinado empeño se afanan quienes, en un acto de suprema fatuidad, quieren cambiar la vida de los demás con un decreto, una declaración, una ley tramposa, un titular. 

Atrapados por la agitación del momento, por la vacuidad de la inmediatez, conviene de vez en cuando volver sobre sí mismo para dejarnos llevar por un poco de nada, de la nada que somos, por más que nos creamos el centro del mundo y que ese centro va allá hacia donde nosotros nos desplazamos. No, el centro del mundo no está ni en Barcelona ni en Bruselas, ni en Moscú ni en Berlín, ni en Madrid ni en Bilbao. Para mí al menos, y durante el tiempo que he dedicado a escribir estas líneas, el centro del mundo ha estado en esa laguna de mi infancia donde croa una rana a la que una zancuda no le ha dado todavía alcance.




viernes, 24 de noviembre de 2017

LA REFORMA ANTICONSTITUCIONAL



El independentismo, con su viscosa ideología nacionalista, ha impregnado los debates y decisiones políticas desde hace décadas, consumiendo un tiempo y unas energías que, aplicadas a mejorar nuestra nación, hubieran dado unos resultados espectaculares. Creo que tenemos una capacidad creativa, emprendedora y organizativa extraordinarias, que, por culpa de una minoría privilegiada, egoísta y corrupta, ha sido sistemáticamente despreciada y desaprovechada. El Estado, ni ha estimulado ni ha dado la suficiente seguridad (no sólo jurídica, sino institucional, política y colectiva) como para que ese impulso social se orientara hacia una mejora de la colaboración, el bienestar y el progreso.

En lugar de afianzar los vínculos económicos, sociales y culturales entre todos los españoles, avanzando hacia un equlibrio territorial y una mayor igualdad, el modelo autonómico ha introducido un elemento profundamente disgregador y reaccionario en el proceso de desarrollo de un Estado moderno, más justo y equitativo. Quienes atribuyen nuestros avances económicos y sociales a la existencia de las Autonomías, no sólo dejan de lado el despilfarro y las difunciones que ese modelo ha provocado, sino que no tienen en cuenta una pregunta que no podemos obviar: qué hubiera ocurrido si en lugar de las Autonomías hubiéramos impulsado un Estado distinto, descentralizado en la gestión, pero bien organizado y unificado, con normas y competencias claras que hubieran frenado toda tentación nacionalista.

Existe una gran incoherencia entre quienes defienden las bondades de nuestro sistema autonómico, al mismo tiempo que claman por reformarlo y transformarlo en otro muy distinto, al que llaman federal para no llamarlo confederal o plurinacional, que supondría la desmembración de España y del Estado democrático que la sostiene. Cualquier reforma de la Constitución sólo puede tener un sentido: mejorarla como instrumento de integración, no de disgregación. Lo que muchos pretenden, en realidad, es una reforma anticonstitucional, o sea, en contra de la Constitución.

Desgraciadamente, durante los próximos años seguiremos enredados en el debate territorial, que llenará de pringue cualquier discusión racional sobre nuestro modelo de Estado y las necesarias reformas de la Constitución que debieran cerrar la puerta a la actual intepretación de algunos de sus artículos, lo que ha permitido a los secesionistas llegar hasta donde han llegado. Lo peor sería que esta reforma se cerrara en falso, precipitadamente, para contentar a los independentistas, tentación que le ronda a Pedro Sánchez, tan ansioso por llegar a la Moncloa que parece dispuesto a utilizar este reclamo.



F. Sosa Wagner y M. Fuertes, en un excelente artículo titulado “¿Reformas territoriales?”, han alertado ya sobre el tema, señalando el camino a seguir para no cometer errores irremediables. Mucho me temo, sin embargo, que sus sabios consejos caigan como agua en un cesto. Nos dicen, muy acertadamente, que las propuestas de reforma no deben realizarse, ni sólo por juristas y menos por los diputados, sino sobre todo por expertos que atiendan a los problemas diagnosticados y que de verdad se quieran solucionar, lo que supone cuestionar la “eficacia” de la administración autonómica en el cumplimiento de las competencias que el Estado les ha cedido, como las de educación, sanidad, justicia o las ayudas a la dependencia.

Entraremos en un período peligroso en el que el virus nacionalista, con toda su toxicidad, se instalará en el lenguaje de los políticos y pretenderá extenderse a los ciudadanos con el propósito de que acepten como irremediable una claudicación camuflada de consenso, tolerancia y generosidad. Entonces se notará de modo dramático la ausencia de un partido de izquierdas que de verdad defienda a su país, despierte la autoestima y la confianza en nuestras capacidades y recupere el sentimiento nacional de pertenencia, eso que ha renacido estos meses ante los ataques y amenazas de los secesionistas, convertidos ya abiertamente en sediciosos.

Digo un partido de izquierdas que contrarrestre la tendencia autodestructiva de una izquierda antiespañola o filonacionalista, pero también que supla a una derecha que, ante la menor oportunidad, se olvida del interés y el bien común, o sea, del fundamento de la nación, para ponerse del lado de los corruptos, los disgregadores, los nacionalistas con los que está dispuesta a pactar, ya sea para mantener su poder y sus privilegios o para asegurar los negocios comunes.

Nación, Estado y Constitución son inseparables. Mientras la izquierda no lo tenga claro, seguiremos chapoteando en el fango de los nacionalistas, los que continuarán marcando la agenda política, ahora bajo el señuelo de una reforma de la Constitución… ¡anticonstitucional! ¿A qué les suena eso de “elevar el techo competencial”, “blindar competencias”, “bilateralidad”, “soberanía compartida”, o “profundizar en el autogobierno”? Una verdadera reforma constitucional, o sea, a favor de la Constitución, debiera ir en sentido contrario. ¿Y si nos diéramos la oportunidad de comprobar qué efectos produciría una reorganización del Estado en la que las Autonomías dejaran de ser lo que ahora son?