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domingo, 28 de septiembre de 2008

HABLEMOS DE ESPAÑA (V) La sinrazón del independentismo

(Foto: S.Trancón)



¿Es posible construir hoy una idea positiva de España, que compartan la mayoría de los españoles?

Para que esto ocurra, primero hay que formular con palabras nuevas, sin complejos, esa idea de España. Es una tarea colectiva, y no se puede establecer por decreto, sino ser el resultado de la labor de escritores e intelectuales, medios de difusión, políticos, creadores.

Cualquier idea positiva e integradora de España ha de partir de la realidad actual, ser coherente con el mundo en que vivimos y con una perspectiva de futuro. Una idea que no niegue los hechos del pasado, pero que no busque ningún fundamento ontológico ni jurídico en los “derechos históricos”. El pasado es pasado, y sólo nos interesa en la medida en que continúa siendo parte del presente. Sin duda, el pasado vive ante todo en nuestra cabeza. Necesitamos hacernos una idea, dar un sentido al pasado para entender mejor nuestro presente.

No hace falta ser un erudito para hacernos una idea global de lo que ha sido nuestro pasado. Podemos interesarnos por la historia, conocer e interpretar minuciosamente los hechos más relevantes de nuestro pasado, pero al final lo que más importa es esa especie de síntesis o simplificación mental, suficiente para estructurar nuestro pensamiento. Cada uno la hará a su modo. Yo lo resumo así:

-España nace primero como término, para designar cierta unidad geográfica (un amplio territorio montañoso, rodeado por el mar, con una gran meseta central, rico en vegetación, fauna y minerales).

-En ese territorio, como en la mayoría del planeta, han vivido multitud de pueblos y etnias desde la más remota antigüedad, mezclándose biológica, cultural y lingüísticamente (no existe, por tanto, ni raza, ni pueblo, ni lengua pura, por más aislado que haya vivido).

-Entre esos pueblos podemos señalar los más destacados: celtas, iberos, fenicios, romanos, visigodos, árabes y judíos. Actualmente, todos los del mundo, desde los africanos a los chinos, pasando por todos los hispanoamericanos.

-España se constituye como nación a partir del siglo XV. Nación que progresivamente se va convirtiendo en Estado unificado. Esta unificación nunca destruyó el sustrato medieval de Cataluña, Navarra, Galicia y Portugal, donde pervivieron lenguas y algunas instituciones políticas diferenciadas. Salvo Portugal, ninguno de los antiguos reinos o condados medievales tuvieron suficiente necesidad, interés o posibilidades de constituirse en naciones independientes. Así que han mantenido su integración política, social, económica y cultural con el resto de España durante los últimos cinco siglos. Las diferencias nunca han sido tan importantes como para impedir su integración positiva y duradera en España. Estos son hechos, no “historias”.

-La integración política de España no ha sido fruto de la imposición por la fuerza. El ejemplo más claro es Portugal. Si de verdad hubiera habido una voluntad de independencia sólida y fundamentada, Galicia, País Vasco y Cataluña hubieran seguido el mismo camino. No digo que no haya habido momentos históricos ni intentos de independizarse, sino que esos intentos no tuvieron suficiente apoyo y determinación como para llevarse a cabo. ¿Por qué? Eso ya es discutible. Lo que yo digo es que hubiera sido imposible mantener la integración sólo mediante la fuerza de las armas, mediante una imposición externa (“los ocupantes”). Sin la colaboración, el consentimiento y el interés de la gran mayoría de los habitantes de esas zonas, clases dirigentes incluidas, no hubiera sido posible mantener hasta hoy esa unidad política, jurídica y social que llamamos España.

-El pasado, en resumen, no da ningún argumento serio para que hoy se esgrima ningún derecho histórico para justificar la independencia. Otra cosa es que hoy se quiera esa independencia por razones de interés político y económico, y para ello se acuda a la historia, interpretándola de manera arbitraria y sesgada hasta convertirla en mito (los nuevos nacionalismos necesitan asentarse en el mito, transformar imágenes, banderas, himnos, hechos históricos, diferencias culturales, modos de comportamiento, etc. en verdaderas fantasías colectivas actuantes, porque su obsesión es “marcar la diferencia”, en este caso, negar todo lo que objetivamente les une a España).

-Las diferencias entre catalanes, vascos, gallegos y el resto de españoles son tan superficiales e imaginarias, que no sostienen el más mínimo análisis. Aparte de la lengua (en el caso de los que, siendo catalanes, vascos o gallegos, se expresan sobre todo en catalán, vasco o gallego, no para los que tienen como lengua materna el español, al menos la mitad de la población), el resto de diferencias no tiene ninguna significación política, jurídica, económica o cultural. Podrían encontrarse más diferencias (externas, de costumbres, de “modo de ser”) entre un leonés y un sevillano, que entre un leonés y un catalán, por poner un ejemplo.

-Las diferencias, por tanto, no son reales o importantes, salvo en un aspecto: el sentimiento de pertenencia. Aquí sí encontramos diferencias, desde la identificación emocional, mítica y religiosa de un catalanista o un galleguista con su “nación”, hasta la despreocupación e indiferencia de un madrileño por su territorio.

Todo esto nos lleva a la conclusión que el problema del independentismo nacionalista es en gran parte un problema ideológico, emocional, inducido, alimentado y sostenido por la voluntad y determinación de una minoría que espera sacar beneficios de todo tipo con esta estrategia de tensión, presión, imposición, amenaza, ruptura. Beneficios indudables de los que ya disfruta, pero que creen pueden ampliar en el futuro. ¿Por qué caer todos en la red mental, política, ideológica y lingüística que ha ido tijiendo esa minoría durante los últimos treinta años?

jueves, 25 de septiembre de 2008

ASÍ ENTIENDO YO LA CRISIS

(Foto: PortfolioNatural)
Trabajamos. La mayoría. En esto y aquello. Formamos la gran clase media. Media baja, media media, media alta. En el campo. En la construcción. En las fábricas. En la administración. En la educación. En la sanidad. En la banca. En el comercio. En el transporte. En el ejército. En casa. Etc. Trabajamos para producir, pero también para que se pueda trabajar, producir y consumir. Todo es necesario. Todo está conectado y es interdependiente. Esta es la economía real.

Trabajamos y nos pagan por ello. Con dinero. Aquí empieza el lío. Se supone que el valor del dinero equivale al valor de nuestro trabajo medido por las cosas que podemos comprar y vender con él. Pero ¿cómo medir el valor real del trabajo? ¿Cómo medir el valor real de las cosas? Ley de la oferta y la demanda, nos dicen. Todos sabemos que no es así, que hay miles de factores que intervienen entre lo uno y lo otro: mediadores, podríamos decir, imaginarios. Empezando por el dinero mismo, porque su valor no depende sólo de su equivalente real (lo que se puede comprar con él), sino de lo que se pueda pagar por él. Entramos ya en la economía virtual, la del dinero. La de los bancos.

En teoría, el dinero circulante es el equivalente, más o menos, de lo que un país produce. Si hay más dinero de la cuenta, pues se genera inflación, suben los precios. Si no hay dinero, pues se produce recesión, se deja de producir porque no se vende. Pero el dinero y el mercado sobrepasan hoy las fronteras y no hay manera de saber su equivalente real. ¿Por qué?

Aquí entran los explotadores de la economía real y los especuladores de la economía virtual. Unos y otros hacen que eso de la oferta y la demanda se vuelva todavía más relativo. Los llamados “bancos de inversión” han descubierto, por ejemplo, no ya que el dinero produce dinero, sino que puede producir toneladas de dinero en un segundo. El dinero se ha convertido en el mayor negocio. Especular: comprar y vender dinero por toneladas. Toneladas multinacionales. Especulativo viene de speculum, espejo, pero también puede ser truco, engaño, espejismo. Como esta economía virtual sólo puede funcionar si uno se fía en que el dinero que se compra y vende tiene un valor real, pues puede resultar que todo sea un timo, un timo compartido, en el que nadie se atreve a comprobar si esas toneladas de papel, de dinero nominal, son efectivamente dinero real. Así hasta que el círculo vicioso se rompe por el punto más débil: los que no pueden devolver el dinero prestado, los que no pueden especular.

Ahora ocurren dos cosas claras: una economía virtual que se viene a pique (por avaricia, usura o codicia, dicen algunos; por simple engaño y latrocinio, deberíamos aclarar) por un lado; por otro, una economía real dedicada a producir sin orden ni concierto y a destruir (burbuja inmobiliaria, consumo enloquecido, guerra de Irak). Con una economía real insensata y de rapiña, y con el monstruo de una economía virtual hidrópica, viene el choque. O sea, donde estamos.

Así hasta que la economía virtual se ajuste, más o menos, a la real. ¿El precio? Que nuestro trabajo, nuestro dinero y lo único que poseemos la mayoría (algún piso, ahorrillos, planes de pensiones), o sea, las bases de la economía real, dejen de valer, no ya lo que virtualmente valían, sino lo que realmente cuestan, o sea, lo que nos cuesta y nos ha costado realmente conseguirlo. Los ladrones especuladores, encantados: el estado, no sólo no les lleva a la cárcel, sino que se hace cargo de los agujeros negros que han ido creando. Así que seguirán igual, sin dudarlo. Les va la vida en ello.

Frente al neoliberalismo y el neocapitalismo explotador, especulativo y consumista, la regulación y el control democrático del trabajo, el dinero y la producción sería lo más racional y sensato. Pero no será. Al menos hasta que todo se venga abajo. Que bien puede ser.

lunes, 22 de septiembre de 2008

HABLEMOS DE ESPAÑA (IV) El concepto de nación

(Foto: PortfolioNatural)



La historia, el territorio y la lengua son los fundamentos en que se basa la idea de nación. Poco a poco el concepto ha ido arrinconando las connotaciones de “raza”, “etnia, “carácter” o cualquier otra diferencia de naturaleza biológica o genética -aunque todavía se mantengan en su sustrato semántico-, para acentuar el significado de “realidad política, geográfica y cultural diferenciada”. Desde el punto de vista político, nación es sinónimo de independencia territorial y soberanía política. Una nación sin estado independiente es una anomalía.

Si se acepta el término nación, por tanto, para definir a la Cataluña de hoy, el simple uso de la palabra lleva implícita la denuncia de una anomalía: la falta de independencia política. Van contra el sentido común y el propio contenido semántico de la palabra los que piensan que carece de importancia el llamar o no llamar a Cataluña, el País Vasco o Galicia, nación. Las palabras, lo he repetido ya varias veces, no son nunca inocentes, inocuas o de quita y pon. Condicionan la percepción, la valoración y la relación con la realidad. Si aceptamos sin más que dentro de la nación española hay, al menos, otras tres naciones, estamos aceptando también que esto es una anomalía semántica, jurídica y de hecho. Una situación que, dentro de la pura lógica del lenguaje y los hechos, debería resolverse con la constitución de esas naciones en estados independientes. Esta es la lógica de los nacionalistas.

Porque si son naciones sin estado, esto significa que hay un poder que les impide por la fuerza el constituirse en estados. Al llamar naciones a Cataluña, el País Vasco y Galicia, ya estamos dando por supuesto lo que precisamente deberíamos discutir y aclarar previamente: en qué se basa ese supuesto derecho a ser políticamente independientes. Los nacionalistas vascos y catalanes siempre han ido un paso por delante en la guerra semántica, ese arte de imponer palabras suficientemente ambiguas como para ir derrotando y haciendo imposible la discusión. Pongo ejemplos: lengua propia, nación, autodeterminación, derecho a decidir, bilateralidad, soberanía compartida independencia. Cada vez que una de estas palabras o expresiones se introduce y generaliza, es para ellos una batalla ganada, territorio mental conquistado, del que se derivarán beneficios políticos inmediatos. Es llamativo lo bien que utilizan el español, la lengua de la que reniegan, para imponer sus ideas.

Yo no digo que Cataluña y etc. no puedan llegar a ser naciones: lo que digo es que ahora no lo son, pues si lo fueran eso significaría aceptar, aunque sea de un modo ambiguo, que el estado español les está impidiendo ser independientes, a lo que tienen derecho. Y esto es precisamente lo que hay que aclarar y discutir, no darlo por sentado… o por impuesto. La política catalana y vasca ha jugado siempre a dar por hecho que son una nación con derecho a decidir si son o no independientes. Lo del derecho a decidir es la penúltima trampa para disfrazar su imposición antidemocrática.

Porque veamos. De lo que se trata no es de decidir si se quiere o no ser independiente, ya que se parte de que se tiene el irrenunciable derecho a serlo, sino simplemente de que ese derecho sea reconocido por una mayoría previamente separada, diferenciada, sistemáticamente adoctrinada, chantajeada o intimidada. En ese juego, calculan, acabarán inclinando la balanza a su favor. Ellos ponen las condiciones y la premisa, y si una mayoría escasa decidiera que no quiere ser independiente, eso no cerraría el problema, pues el derecho a ser independientes seguiría existiendo con la misma legitimidad. Así que detrás de todo hay una trampa evidente, ya que sólo cabe una salida: alcanzar la independencia.

Ser nacionalista es ser independentista: por principio, por lógica, por pura necesidad. Si uno acepta la premisa que los nacionalistas imponen, ya no hay forma de aclarar ni discutir nada. Igualmente resulta inútil tratar de que un nacionalista razone, cuestione su premisa, ponga en duda el supuesto de que son una nación (esto no lo tolera la idea que se han hecho de sí mismos, de su historia y su territorio).

Así que no nos queda más remedio que encarar la situación desde otra perspectiva: por qué España tiene que dejar de ser lo que ahora es, una nación, un estado independiente, con un territorio definido, una constitución democrática y una lengua común. Por qué el conjunto de los españoles tiene que renunciar a su historia, su lengua, sus fronteras territoriales, su constitución, sus derechos y deberes, su legitimidad democrática. Por qué tenemos que desmoronar todo lo que democráticamente ahora nos une, empezando por la constitución, para iniciar un período de enfrentamientos y separaciones cuyo resultado es impredecible. No por ninguna razón democrática o de derecho, sino simplemente ¿por imposición, por presión, por incomodidad, por miedo a mayores conflictos, por cansancio, por un hostigamiento larvado y permanente?

viernes, 19 de septiembre de 2008

LA NOCHE DEL TIMO

(Foto: S.Trancón)

La Noche en Blanco. Macroevento madrileño. Más de 170 actos culturales, dicen, propagan, propalan, publicitan, inundan y guarrean la ciudad con cartelones, pasquines, toneladas de programas de mano con letra pequeñita y cientos de nombres comerciales. Los periódicos, la radio, las televisiones, todos y todas, hacen eco, agrandan, inflan el batracio propagandístico hasta la asfixia. No hay más remedio que salir, que echarse a la calle para ver tan imponente manifestación cultural. No se lo puede uno perder. El acontecimiento cultural del año. Cultural, cultural, cultural, repiten, me repiten, machacan.

Así que salí. Quise comprobar in situ, pateando y pataleando, lo más publicitado, el cogollo, el meollo de la cuestión: desde Plaza de España hasta la Puerta de Alcalá.

NO HE VISTO MAYOR TIMO EN MI VIDA, MAYOR ESTUPIDEZ, MAYOR DESFACHATEZ, MAYOR MEMEZ, MAYOR ABUSO, MAYOR ENGAÑO, MAYOR NI MÁS MASIVA TONTERÍA. NUNCA EN NOMBRE DE LA CULTURA, TANTA BASURA ESTÉTICA Y MENTAL.

Los de El País (¡oh periódico, sacro-imperio mediático!) se esforzaron, y dicen que enviaron a un montón de redactores para cubrir el evento. Y lo describen con ditirambos y cursilería insoportable. Y nada dicen del timo. Todo ad maiorem gloriam Gallardonis.

¿Pero cómo se puede ser tan memo, o tan corrupto, o tan ciego como para no denunciar la impostura, la tomadura masiva de pelo? ¿Cómo se puede bendecir semejante insulsez? ¿Cómo un ayuntamiento endeudado hasta el cuello, el pescuezo o el gaznate (Gallardón se parece cada día más a un ave de rapiña) puede tirar más de 1. 300.000 euros al estercolero público, a la calle? ¿Por qué no dar ese dinero directamente a los amigos y evitarnos el trago de ser engañados como patos?

Patos de plástico de todo a cien tirados en la charca de Cibeles: esta era una de las más originales propuestas (Hanging out). Mientras, en la fachada del bello edificio de Correos se proyectaban unas desvaídas manchas rosadas acompañadas de diz que besos, que sonaban y resonaban a pedorretas. Eso, unido a los embutidos que colgaban de la fachada de Telefónica, la foto de una luna sobre un colgajo de tela (Luna Gong), o el asadero de pollos en otra plaza (Perpetual Tropical Sunshine…) Y todo así. Haz lo que quieras, ponle un nombre inglés, coge la pasta y no corras, no hace falta, aquí nadie va a ir detrás de ti. Al contrario, un coro de ocas alabará tu ingenio y ya podrás poner en tu currículo que actuaste nada menos que en la Noche en Blanco de Madrid.
“La coraza de la rutina puede -y debe- ser perforada por la imaginación”, concluía uno de esos esforzados reporteros. Vamos, que ni con cañones se perfora la coraza de semejante estupidez.

Lo cuento para los que no pudieron asistir a tan magno timo. No se han perdido nada. Cualquier feria de pueblo es mucho más imaginativa e interesante. Los más papanatas, creedme, están hoy en las concejalías de cultura de las grandes ciudades. Cuanto más grandes, más zoquetes. O más jetas. Una Noche en Blanco así se puede programar con cuarto y medio de neurona…

martes, 16 de septiembre de 2008

HABLEMOS DE ESPAÑA (III) Derechos históricos

(Foto: PortfolioNatural)

Distingamos entre historia y pasado. La historia cuenta a su modo el pasado, interpretándolo. El pasado es lo sucedido, los hechos tal y como ocurrieron. Entre los hechos y la historia hay un buen trecho. Un trecho muy ancho o muy estrecho (según se mire), o sea, difícil de cruzar. Por eso, la mayoría opta por el salto. Se lanza al vacío en lugar de recorrer la complicada senda de la objetividad (la busca de objetividad como objetivo, nunca como algo alcanzable; en este caso, además, imposible, porque esa objetividad -los hechos- ha desaparecido, son el pasado).

Digo que la mayoría se lanza al vacío, y como el vacío aterra, pues se agarra a lo primero que le viene a la cabeza. Así se acaba construyendo un puente imaginario entre la historia y los hechos, y se pasa de lo uno a lo otro sin problema alguno. La historia (los hechos contados e interpretados) pasa a ocupar el lugar del pasado, lo ocurrido. Convertida la historia en verdad por ser la descripción del pasado, es fácil llegar a donde se quiera, incluso a esa aberración semántica y jurídica: la proclamación de derechos históricos.

Digo que es un sinsentido semántico y legal, porque los derechos, o son de hoy, o se tienen y obtienen hoy, o no son más que fantasías. Así que no puede haber derechos históricos, precisamente porque si no son derechos actuales es porque, o nunca han existido, o porque han dejado de serlo. Es como decir que los muertos tienen derechos. Pues no, los tendrán sus herederos, los que están vivos. Se me objetará que los vivos los tienen porque los tuvieron los muertos. Bien, pero entonces estaríamos hablando del origen de esos derechos, no de los derechos mismos.

No es un trabalenguas ni una discusión de las llamadas bizantinas. No, porque la trampa está en reclamar hoy derechos que no se tienen pero que se supone que los tenían nuestros antepasados. Es decir, se introduce ya la premisa de que esos derechos existían en otro tiempo (no se discute ni cuándo ni cómo se adquirieron y ejercieron esos supuestos derechos, es mejor remitirlos a un tiempo difuso, o sea, mitificarlos) y que fueron arrebatados por alguien o algún poder ajeno (un poder que, se supone, sólo por el hecho de habérselos arrebatado a sus legítimos dueños, ya es digno de odio y rechazo y, por supuesto, no está legitimado para no reconocerlos).

Yo digo que el pasado no da derecho alguno a nada, sino el presente. Es el presente el único que legitima derechos, ya provengan del pasado o sean enteramente nuevos. ¿Por qué? Porque fundamentar un derecho en el pasado es introducir una fuente de legitimidad totalmente imaginaria. Basta con preguntarnos ¿qué pasado?, para darnos cuenta del engaño. ¿A dónde nos retrotraemos para legitimar ese derecho, a qué siglo, a qué hecho? Porque si ese derecho ha desaparecido hoy, y supuestamente sí existió en el pasado, ¿no podemos también tomar como legítimo el hecho que lo hizo desaparecer? Se cae en una petición de principio: sólo es legítimo lo que yo digo que es legítimo. Pues a eso vamos, esta es la verdad y toda la verdad sobre esos fantásticos derechos históricos: lo son porque yo lo digo.
Me he ido un poco por las ramas, pero es que estas ramas no nos dejan ver ni el árbol.
Resumo: todo el discurso sobre los mal llamados derechos históricos es una trampa semántica, histórica y jurídica, porque convierte a la historia (un relato inventado, una interpretación del pasado) en fuente de derechos nuevos. Y son nuevos no sólo porque hoy no existen, sino porque en nada tienen que ver los derechos de hoy con los del pasado: ni en su contenido, ni en su forma de aplicación, ni en el territorio ni los sujetos que lo detentan o ejercen.

Así que los derechos que hoy son reconocidos por las autonomías, ni son históricos, ni son heredados, ni se fundamentan o legitiman en historia alguna. Ni la Constitución es un derecho histórico, ni los fueros, ni la Monarquía, ni nada. Todos son derechos de hoy y valen para hoy, hasta el momento en que dejen de serlo. Son el presente, los hechos, no la historia, quienes los cambien o los mantienen. Y los hechos colectivos son el resultado de la voluntad de las personas. En democracia, de la libre voluntad de todos los ciudadanos reconocidos como sujetos de esos derechos. Ciudadanos, no territorios..., por muy "históricos" que imaginariamente sean.

sábado, 13 de septiembre de 2008

HABLEMOS DE ESPAÑA (II) Reflexión etimológica

(Foto: PortfolioNatural)





No sabemos bien de dónde proviene el término España. Directamente, de Hispania, como llamaron los romanos a la Península Ibérica ( para los griegos Iberia, porque oían mucho a los primitivos pobladores usar el término “iber”; antes la llamaron Ophioússa, “tierra de serpientes”). Pero Hispania proviene seguramente del fenicio (Ispanya o Hish-phanim; los fenicios llegaron aquí hacia el 1.100 antes de Cristo y fundaron Gadir –Cádiz- la ciudad más antigua de Europa, al parecer). Pero puede que provenga del griego (Hesperia), del hebreo (Saphan), del ibero (Hispalis) o incluso del vasco (Ezpaina o Izpania). Quizás significó “tierra abundante en conejos”, o “tierra oculta”, pero también “tierra del norte”, o “isla donde se forjan los metales”, o incluso “labio”. Tanto da. Lo que importa es que ya desde la más lejana antigüedad se intentó dar nombre a un espacio geográficamente bien definido.

El gentilicio “español” es mucho más reciente (los romanos nos llamaron “hispanos”). Seguramente el sufijo “ol” es de origen provenzal, y lo usarían los primeros peregrinos que llegaron a Santiago de Compostela. Estamos en el siglo IX.

Bien, pues he aquí dos hechos lingüísticos fundamentales: uno de origen geográfico, y otro de origen social. El geográfico es el primero, al que se une indisolublemente el gentilicio, que acaba convertido en adjetivo genérico del sustantivo España.

Antigüedad, podría ser la primera conclusión de esta excursión etimológica. España, hispano y español con términos muy antiguos, llevan muchos siglos usándose.

Una segunda reflexión vendría dada por el hecho de que el nombre le fue dado por los que venían de fuera, no por los propios habitantes (iberos, en general). La conciencia de unidad geográfica, la necesidad de nombrar lo vasto, nuevo y desconocido, llevó al uso del nombre.

Es la mirada del otro la que con frecuencia nos nombra y define, antes que la propia conciencia. Pero una vez inventados, los nombres empiezan a circular y a configurar la realidad, que necesita acomodarse a lo que el nombre intenta designar. Se produce así una constante interacción e interdependencia.

Las palabras siempre son importantes, especialmente los sustantivos. No es algo que podamos quitar y poner sin que nada ocurra. Determinan nuestra idea de la realidad que nos rodea. En este caso, inicialmente, de una realidad geográfica, pero también social.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

LA DEVASTACIÓN CONTINÚA

(Foto:S.Trancón)

Hablé hace poco de la visibilidad de la devastación, la progresiva destrucción de nuestra naturaleza y entorno. Es tan evidente el desastre que uno tiende a pensar que hoy ya no es posible que se continúen cometiendo impunemente los mismos atropellos. Pues no, esto suma y sigue. Pondré un ejemplo del que acabo de enterarme.

En la sierra de la Cepeda (León) existe una pequeña colonia de urogallos (la más meridional de Europa) que este año no ha podido reproducirse. La causa, porque han destruido su hábitat. ¿Quién? Una empresa constructora de un parque eólico. El censo de urogallos ha descendido un 50% desde los años ochenta. Así que no hace falta que Fraga se vaya de caza para exterminar esta ave bellísima y solitaria.

Esta estupidez de colocar “molinos” de viento sin ton ni son hay que aclararla. No se trata sólo del efecto estético aberrante en la mayoría de los casos (se plantan aerogeneradores en las cumbres de los montes y sierras, o sea, allí donde el paisaje define su contorno y se une al cielo), sino todo lo que supone: talar árboles y arrancar matorrales, trazar caminos para maquinaria pesada (excavadoras, taladradoras, niveladoras), extender cables, recalificar terrenos, romper hábitats, crear barreras, provocar la muerte de aves (muchas de ellas migratorias), alejar el turismo, hacer menos atractiva la vida rural (artesanía, agricultura ecológica, turismo rural, repoblación de los pueblos…), etc.

Para colmo, el efecto global de esta energía sobre el conjunto de la producción de energía es mínimo: ni sustituye a otras energías contaminantes (se siguen consumiendo más cada vez), ni es una verdadera alternativa. ¿Por qué proliferan estas industrias del aire y amenazan con no dejar una sierra tranquila? Porque es un buen negocio para las empresas instaladoras. El beneficio que reciben los ayuntamientos es el señuelo en el que caen los más incautos (y los más avispados): migajas para hoy y hambre para mañana.

Esta energía en nuestro país sólo tiene sentido si estos armatostes se colocan en lugares bien pensados, en pequeña cantidad y para el consumo de los lugares donde se instalan. Lo demás es especulación pura, dura y devastadora. Y lo peor: con el consentimiento de los gobiernos y partidos de todo signo y harapo.

domingo, 7 de septiembre de 2008

HABLEMOS DE ESPAÑA (I)

(Foto: S.Trancón)


Hay temas tabú, sobre los que yo aconsejo no hablar nunca con los amigos (y menos con los enemigos): la situación de la enseñanza en nuestro país, los nuevos nacionalismos y los toros. Siempre se corre el riesgo de perder amigos, de no explicarse bien, de ser catalogado, clasificado, anatematizado. Una sutil barrera se acaba interponiendo, aún en los casos de mayor confianza.

A esos tres temas, voy a añadir un cuarto: España. Como yo no trato con estos escritos (o tecleados) de complacer, ni que me den la razón, ni buscar adeptos ni conservar amigos, pues aquí me lanzo, a pantalla descubierta y sin otro propósito que el de seguir un impulso, una necesidad intelectual y física que me ha ido creciendo en el pecho (hacia la boca del estómago) estos últimos días. Me explico.

Yo escribo por necesidad (seguramente también por necedad). Cuando digo necesidad me refiero a algo físico, corporal, una inquietud o desasosiego que casi siempre se localiza en torno al diafragma, que es ese músculo fundamental que separa el pecho del estómago, lo que aspiramos (el aire, lo etéreo) de lo que deglutimos (lo sólido y líquido).

Yo diría que escribo para aquietar “el músculo de mi inspiración”. Por eso afirmo que escribir es una actividad corporal, una lucha interior, invisible, pero muscular, nerviosa, respiratoria, circulatoria, neuronal y electromagnética. Mediante la escritura yo trato de sosegarme, de permitir que las palabras impongan su ritmo, su melodía, desplieguen una onda energética y vibratoria que me envuelva y transforme en escribano, más que escritor. Porque yo siempre creo que es otro el que escribe, aunque ese otro también sea, en parte, yo.

Bueno, pues partamos de la inquietud que “me acibara”, como diría don Mendo. ¿Por qué no podemos hablar hoy en nuestro país con naturalidad, libertad, ausencia de prejuicios, afán de objetividad y deseos de entendimiento, del tema de España, de su nombre y sentido? ¿Por qué hasta pronunciar este nombre, España, produce en muchos cierta duda, desconcierto, desazón, culpa e incluso miedo?

Hace unos días tuve la oportunidad de conocer y hablar con el escritor judío, iraquí y canadiense, Naïm Kattam, con el Presidente de los Escritores Marroquíes, Abdelhamid Akkar, con Jerónimo Páez, Presidente de la Fundación “El Legado Andalusí”, con Fernando Almasa, consejero de la Casa Real, con el pintor holandés Alwin van der Linde, con la poetisa sefardí Margarit Matitiau y con Waleed Saleh, un exiliado iraquí, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, entre otros. Todos ellos son hombres abiertos, moderados, con un pasado personal, democrático y progresista intachable. Les pregunté sobre su idea de España, de la España actual. Su admiración por nuestro país, por nuestra historia pasada y reciente, por nuestro patrimonio lingüístico y cultural, surgió de modo tan espontáneo, sincero y fundamentado, que me obligó a revisar mis propias ideas y sentimientos sobre este tema.

Así que aquí me tienes, dispuesto a lidiar esta fiera, este Minotauro, este Cíclope, este “monte de miembros eminente” en que, no sé por qué, parece convertirse el tema de España en cuanto tratamos de hablar de él. Es el público de la plaza, sin duda, el que enseguida está dispuesto a gritar, quien dramatiza la discusión llevándola a terrenos donde no es posible dar ni un pase de pecho. Trataré de no dejarme impresionar por el revuelo de las gradas.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

VISIBILIDAD DE LA DEVASTACIÓN

(Foto: Ángela Galisteo)
La destrucción acelerada de la naturaleza, el paisaje y el entorno natural e histórico, a causa de la acción humana, no es un hecho hipotético, sino visible, palpable, cuantificable, medible, bebible y hasta “olible”. Sin ánimo de ser exhaustivo, he aquí los cambios más visibles que se han producido en los últimos cincuenta años en nuestro país, y que cualquiera puede comprobar:


-Eliminación de humedales del interior (lagunas, charcas, arroyos y regueros naturales) y de la costa (marismas, salinas).
-Pantanos, trasvases y desvíos innecesarios de cauces de ríos y arroyos.
-Destrucción de la vegetación y flora silvestre de los márgenes de ríos y arroyos.
-Desaparición de lineros y pasillos de flora y vegetación silvestre entre tierras de cultivo.
-Desaparición de la fauna natural de los ríos, arroyos y lagunas (cangrejos, culebras, barbos, truchas, ranas, sapos, salamandras, etc.)
-Disminución de insectos hasta hace poco abundantes en los campos y montes (saltamontes, escarabajos, arañas, libélulas, avispas, abejas, mariposas, etc.).
-Extensión de los monocultivos de regadío (maíz y girasol, sobre todo) en zonas de secano; destrucción de trigales, viñedos y huertas, uniformización del paisaje cultivado, desaparición de la diversidad agrícola autóctona.
-Uso masivo de pesticidas y herbicidas que han destruido la diversidad de la flora y la fauna (flores y plantas silvestres, pájaros, reptiles, etc.)
-Destrucción de gran parte del paisaje costero, de la flora y fauna de los ecosistemas litorales, marítimos y terrestres (construcciones, vertidos, mantenimiento artificial de playas, etc.)
-Destrucción del bosque tradicional de robles, encinas, alcornoques, sabinas, olmos, chopos, hayas, etc. y explotación forestal intensiva con la plantación de especies importadas que empobrecen el terreno y destruyen el paisaje.
-Construcción de carreteras, autopistas y vías de ferrocarril que no respetan ni el paisaje ni las áreas naturales, incluso protegidas, y paralela destrucción de caminos y senderos tradicionales.
-Utilización masiva del agua potable para el riego, no sólo agrícola, sino de zonas de recreo y jardinería (campos del golf, urbanizaciones, parques, etc.)
-Contaminación general del aire, el agua y el suelo: incontrolada, tolerada y permitida.
-Vertidos, basureros y deshechos domésticos e industriales en los rincones y lugares más inusitados(ríos,montes,cunetas,riberas,bosques...)
-Industrialización y urbanización salvaje, invasión de generadores eólicos y plantas solares sin tener en cuenta para nada criterios de sostenibilidad, impacto ambiental, contaminación o efectos sociales y culturales.



El 40% de la superficie de nuestro país está en proceso de desertización acelerada, fruto de todos los cambios que hemos señalado. No hace falta recurrir al cambio climático para explicar esta absurda devastación.


Cambiar el paisaje, el entorno, la naturaleza, no es sólo un asunto ecológico, sino económico, social y cultural. El entorno, la naturaleza, el paisaje, con sus efectos energéticos y estéticos, influye en la idea que nos hacemos de nosotros mismos y de los otros, en la forma de imaginar y soñar, hablar y percibir, de gozar y disfrutar de la vida. El empobrecimiento cultural, humano, colectivo, de la experiencia y el lenguaje, es paralelo a la extensión de esta devastación. ¿Existe algún partido que de verdad se ocupe de estas cosas? ¿Cuánto tiempo y energía pierden en discutir verdaderas memeces, en lugar de afrontar lo que de verdad determina nuestro sentido de la vida, nuestra experiencia del mundo y nuestro bienestar?