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jueves, 29 de enero de 2009

30.000 VISITAS

(Foto: A.Real)

HACE casi un año inicié este bloc. Sin saberlo, me ajusté al calendario chino, que comienza por estas fechas.
El tiempo podemos medirlo (y valorarlo) por el calendario, pero también por lo que hacemos.

Hago balance de lo que he escrito aquí, en este bloc, que no es más que una pantalla abierta al mundo: 140 entradas (artículos), 88 comentarios, 30.000 visitas, visitantes de 43 países. Todos estos datos los puede comprobar el lector pulsando el icono que aparece al final de esta página. No son más que datos, pero indican que, al menos, HAY ALGUIEN AHÍ.

Tengo poca idea de quién lee lo que escribo, pero quiero suponer que, quien lo hace, es porque encuentra algún placer o provecho en estas páginas. No aspiro a más. Algún amigo insiste: ¿Pero, por qué lo haces? ¿Qué sacas tú de todo esto? Le doy mis razones, que no acaban de convencerlo:

.Escribo, en primer lugar, para aclararme. Está en mi naturaleza: necesito entender, saber, conocer. Pensar es para mí como respirar, no un mero entretenimiento.
.Amo el lenguaje y la literatura, siento placer al escribir, al crear nuevos modos de decir, imaginar, construir las ideas y expresar los sentimientos.
.Tengo muchos escritos dispersos que de otro modo nunca revisaría ni pondría en limpio.
.Me sirve de disciplina mental y de ejercicio literario. A pensar y a escribir se aprende pensando y escribiendo. Las dos cosas a la vez.
.Quiero ser útil a los demás. Pienso que la sociedad nos da más de lo que le damos. Yo ofrezco pensamientos, ideas, palabras, imágenes. De esto también se alimenta el mundo.
.Porque he comprobado que es bueno hacer cosas sin expectativas, que no buscan la utilidad inmediata, recompensas, aplausos o reconocimientos. Lo más que puedo esperar yo es que alguno de estos miles de visitantes anónimos se interese por alguno de mis libros.

Le aclaro al lector que no le dedico a este bloc más de dos horas a la semana. El mínimo necesario. Tampoco quiero que nadie pierda el tiempo: por eso ofrezco el texto desnudo, evitando enlaces, vínculos y reclamos de cualquier tipo. Es muy fácil perder el tiempo picoteando, zapeando de página en página. Hay demasiada información, así que prefiero que sea el navegante quien decida a dónde ir. Por esta razón no incluyo ninguna lista de blocs o webs amigas, aunque las tengo.

Como el curioso lector puede comprobar, no rehúyo ningún tema. Esta es una de las ventajas de los blocs: que uno puede escribir de lo que quiera. Sin embargo, huyo de la inmediatez, eso que llaman “rabiosa actualidad” (salvo cuando es muy rabiosa, para que no me muerda).

A los que han navegado por estas páginas durante este año finito, a quienes están detrás de esas 30.000 visitas, SALUD, FUERZA, CONCIENCIA Y HUMOR. Nada hay tan importante que nos impida reírnos de ello. Si es en compañía, mucho mejor.

lunes, 26 de enero de 2009

LOS PELIGROS DE LA OPINIÓN PÚBLICA

(Foto: Agustín Galisteo)


¿Qué es la opinión pública? Supuestamente, la opinión de la mayoría.
¿Cómo se forma? Mediante de la prensa, la radio y la televisión.
¿Cómo se mide? A través de encuestas, que luego interpretan y valoran los mismos medios que las encargan y publican.
¿Cómo se expresa? Mediante el voto y las intenciones de voto.
¿Qué efectos provoca? Decisiones políticas, leyes y, sobre todo, una presión social sobre todos los ciudadanos para que acepten y asuman esa opinión de la mayoría.

Este mecanismo, simple, encierra peligros que una democracia madura debería tener muy en cuenta. ¿Por qué? Porque se presta a todo tipo de manipulaciones, engaños y decisiones equivocadas. Porque no se basa en la racionalidad, sino en la apelación constante a impulsos irracionales como, por ejemplo, el miedo. La opinión pública hoy se crea casi siempre mediante la manipulación del miedo: miedo a casi todo.

Leo en El Mundo un artículo de Enrique Gimbernat que empieza así: “Actualmente, tenemos el Código Penal más represivo de la Europa occidental”. ¿Cómo?, me dije. Proseguí la lectura y comprendí tan rotunda y clarividente afirmación, basada en datos contundentes como que, teniendo el índice de criminalidad más bajo de Europa (2,5 frente a un 10,8 de Suecia, por ejemplo) tenemos el mayor número de presos de toda Europa (138 por cada 100.000 habitantes, frente a 68 de Suecia, p.ej.). Da el autor ejemplos de incrementos bárbaros de penas, inclusión constante de nuevos delitos y reformas penales cada vez más alejadas del derecho y el sentido de la pena, que no es sino la reeducación y rehabilitación social, según nuestra Constitución. En esta carrera por complacer a la opinión pública, movida por la simplista consigna de “ley y el orden” y atizada por el miedo, la derecha y la izquierda parecen querer llegar los primeros. Izquierdistas, ecologistas, feministas y todo tipo de plataformas, se dan a veces la mano con la derecha más extrema.

Esta opinión pública, que no admite matices, que explota la irracionalidad y el miedo, es absolutamente peligrosa, porque es imparable. Busch mandó sus tropas a Irak amparado en la opinión pública. Hitler, no lo olvidemos, llegó al poder a través de esta opinión pública, y todos los dictadores han gozado de muy buena opinión pública cuando ejercían su poder.

Así que la opinión pública, en una democracia, necesita adjetivarse: no estar basada en la irracionalidad, el miedo o la venganza, los intereses particulares o partidistas, sino en el sentido común, la dignidad, la tolerancia, la justicia, distinguiendo bien a los criminales y causantes de graves daños colectivos, de los pequeños delincuentes. El totum revolutum hoy de las cárceles y juzgados, provocados por este Código Penal que va detrás de la opinión pública, no es sino un despilfarro y una escuela de delincuencia mayor. Si fuera de otro modo, no se produciría esa aberración de ver a un corrupto como Roca, el de Marbella, condenado a siete años de cárcel (redimibles), al lado de unos padres que pueden ir a la cárcel por dar una bofetada a su hijo.

miércoles, 21 de enero de 2009

ANTISEMITISMO PRIMARIO

(Foto: Agustín Galisteo)
Los recientes acontecimientos de Gaza han provocado algunas reacciones inesperadas. Me refiero ahora al antisemitismo, un fenómeno que después del Holocausto (6 millones de judíos asesinados), parecía desterrado para siempre de nuestras sociedades. No es así, y se cumple la máxima de que cualquier barbarie humana siempre puede repetirse y aumentarse. ¿No han muerto ya en la guerra de el Congo 5 millones de personas?

Cambian los intereses y las justificaciones, las ideas y prejuicios que soportan y estimulan los crímenes, pero no las reacciones emocionales, los impulsos primarios que ponen en marcha. En esto no ha habido progreso alguno, basta que se produzcan las circunstancias adecuadas para que resurjan los viejos fantasmas con toda su monstruosa obstinación.

Toda guerra, todo asesinato, comienza en la mente, ahí se desarrolla, crece como un cáncer hasta llevar a los actos. Por eso son tan importantes las palabras y las acciones simbólicas en las que la guerra y el crimen van ganando previamente terreno. Siempre me llamó la atención la justificación del decreto de expulsión de los judíos de 1492: querían evitar, decían, “la comunicación de los judíos con los cristianos”. Había que impedir que los judíos llevaran a los cristianos “a su dañada creencia”.

Es curioso, porque el judaísmo prohibe el proselitismo, la predicación para aumentar el número de fieles o creyentes, todo lo contrario de lo que ha defendido el catolicismo, que no sólo promueve la conversión forzada, sino que justifica el uso de la espada al lado de la cruz para alejar a los paganos de sus erradas creencias. Pero el decreto ni siquiera hablaba de impedir el proselitismo judío, inexistente, sino simplemente de “evitar la comunicación”. El peligro estaba en la simple palabra, el contacto, la comunicación. ¡Qué frágil aquella fe católica, que no resistía ni el mero contacto con cualquier judío, aunque sólo fuera para encargar el arreglo de unos zapatos!

Recuerdo esto porque hace unos días acudí a Toledo a la presentación de un vídeo de Margalit Matitihau, una excelente poetisa sefardí, sobre el Toledo de Sefarad, un recorrido histórico y emocionado de la presencia judía en esta enigmática ciudad, todavía llena de misterios, entre los que se encuentra su propio origen. Dino del Monte me dice que proviene de la palabra hebrea Toledá, que significa Renacer. El Toletum romano sería posterior. También me cuenta Hilario Franco que el curso actual del río Tajo no es natural, sino artificial, y que para que rodeara la colina en que ahora se asienta la ciudad, hubo que remover toneladas de roca.

Bueno, pues la proyección de este vídeo fue prohibida a última hora por la consejería de Cultura de la Junta de Castilla-La Mancha, que fue quien lo financió. Con inusitado descaro se dio la excusa de “problemas de agenda de la consejera”. Un efecto colateral de la guerra de Gaza que sólo se puede calificar de antidemocrático y estúpido. ¿Por miedo a qué? ¿Qué tiene que ver este acto cultural con esa desgraciada guerra? Supongo que, con igual motivo, se cerrarán al público sine die las dos sinagogas de la ciudad. Cuidado con la “comunicación” y el conocimiento de la historia. La propaganda a favor de Hamás, en cambio, goza de todas las bendiciones apostólicas. Y lo digo, porque a lo mejor también anda detrás de esta absurda prohibición la Iglesia toledana, todavía trentina y hasta tridentina. De la consejera y su gesto, mejor ni hablar.

viernes, 16 de enero de 2009

LA GUERRA PALESTINO-ISRAELÍ

(Foto: S. Trancón)


Hay hechos sociales ante los que resulta imposible permanecer impasible.
Toda guerra es, seguramente, el fenómeno social y psicológico más complejo, más lleno de contradicciones y de más difícil comprensión intelectual. Cualquier simplificación, cualquier reduccionismo se muestra enseguida carente de sentido. Ante la dificultad de abarcar el fenómeno en toda su complejidad, la salida más fácil, a la que la mayoría se agarra para aplacar la angustia de lo incomprensible o incontrolable, es el dogmatismo, el fanatismo, el fundamentalismo que lleva a dividir todo en dos posiciones antagónicas, excluyentes, irreductibles.

Toda guerra real genera, casi automáticamente, una guerra mental y psicológica que se extiende alrededor y que constituye su prolongación. Hoy, como vivimos en un mundo interdependiente, esa otra guerra, que duplica y extiende simbólica y psicológicamente la guerra real, acaba implicándonos a todos, obligándonos a “tomar partido”. En este caso: pro-israelí/anti-israelí, pro-palestino/ anti-palestino. En medio de esta presión ambiental resulta muy difícil hilvanar un pensamiento mínimamente sensato, no guiado por esa obligada toma de partido. Pero ni ante este hecho ni esta presión el pensamiento racional debe claudicar, porque es el único medio que tenemos de controlar el vértigo de las pasiones, las emociones incontroladas y la pérdida de la razón a que nos conduce la brutalidad, la violencia, la muerte.

Distancia racional no tiene nada que ver con neutralidad, ni siquiera con un pacifismo angélico, santurrón o cínico. Tampoco con la politización absoluta que reduce la guerra a un mero asunto de legitimación de la propia posición, ignorando la dimensión humana, ideológica, religiosa y emocional, que pone de manifiesto el sufrimiento, la angustia, el terror, la muerte de cualquier ser humano, sea del partido que sea, de la religión que sea, del pueblo o nación que sea.

La complejidad de la guerra palestino-israelí, que dura ya más de sesenta años, no permite realizar un diagnóstico simplista y por tanto, tampoco una propuesta de solución milagrosa. Aún a costa de parecer vergonzosamente moderado, suscribo las palabras del judío Amos Oz que transcribo a continuación, pronunciadas en el 2001, pero que siguen plenamente vigentes:

“El conflicto entre israelíes y palestinos es un choque entre lo justo y lo justo, no entre lo justo y lo injusto”. “Toda batalla, toda guerra peleada por cualquier cosa que vaya más allá del derecho a la vida y la libertad es injusta”. “A los palestinos que luchan por la liberación de Palestina yo los respeto” “Con los palestinos que luchan por exterminar a Israel no puedo dialogar, de ellos voy a defenderme”. “La mayoría de la gente tanto en Israel como en Palestina sabe que el país va a ser dividido en dos estados”. “Hay cinco millones y medio de judíos en este país y no van a irse a ningún otro lado. Hay unos cuatro millones de árabes palestinos que tampoco van a hacerlo”. “Árabes y judíos no podemos vivir juntos como una familia feliz, porque no somos una sola familia sino dos, y no estamos felices juntos. Así que necesitamos trazar una línea y dividir el país en dos países. No va a ser fácil, va a doler como el infierno, pero será la solución”.

Esta es mi posición política. Otra cosa en mi opinión personal ante esta guerra concreta, absolutamente injustificada, desproporcionada, cruel y, además, profundamente estúpida. Porque no va a solucionar el problema
Porque lo va a prolongar
Porque ha provocado un dolor atroz y un sufrimiento ilimitado
Porque va a generar un antisemitismo primario
Porque lo confunde todo, el judaísmo con el integrismo religioso, el nacionalismo con el sionismo, la democracia con el terrorismo, el miedo con la libertad, la tolerancia con la debilidad, el respeto con el odio y el desprecio
Porque arrincona y no deja espacio para la acción de quienes deberían dirigir la solución del conflicto, los que piensan como Amos Oz
Porque admite la falacia de que para acabar con los cohetes de Hamás no había otra solución que esta ocupación destructiva, cuando se podían elaborar tantos planes alternativos como letras tiene el alfabeto, incluso desde la perspectiva militar
Porque encubre propósitos tan mezquinos como querer ganar unas elecciones, sostener la industria armamentística, mantener la tensión internacional de la que tanto beneficio sacan los más abyectos criminales.

Yo creo que el pueblo judío, tan perseguido y violentamente exterminado a lo largo de los siglos, no se merece una nación levantada sobre el miedo, el odio, la venganza, la humillación del otro, el fanatismo, la fascinación por el poder de las armas, la superioridad económica y la soberbia intelectual. Poco tiene esto que ver con el sueño de una nación libre, democrática, tolerante y pacífica que tantos judíos de buena voluntad quisieron hacer realidad al volver a Israel.
Arrastrados por la polarización a que esta larguísima guerra les obliga, comprendo que la mayoría se deje engañar por este delirio bélico, pero quiero pensar que un día triunfará lo más noble del judaísmo, su universalismo, su tolerancia, apertura mental e intelectual, su búsqueda espiritual, su creatividad artística.
Ojalá que, como la comunidad judía de Marruecos, los judíos disconformes de todo el mundo levantaran la voz para defender una solución pacífica, racional y equilibrada del conflicto, sin miedo a ser tildados de traidores, renegados o antisemitas. Sin miedo a que caiga sobre ellos ningún “jérem” político que los despoje de su identidad judía. Porque esta solución no es utópica, sino la única realista.

lunes, 12 de enero de 2009

QUÉ HACEN LAS PALABRAS

(Foto: S.Trancón)La palabra es una realidad física y mental a la vez. Su función tiene que ver con esta doble condición.
Por un lado, la palabra señala y sustituye al objeto; por otro, expresa y sustituye al sujeto.
La palabra va del sujeto al objeto, y del objeto al sujeto, pero no es lo uno ni lo otro.
La palabra se sitúa entre el objeto y el sujeto, los une y relaciona.

Como realidad física, la palabra es una articulación de sonidos, o sea, una serie de estímulos fugaces que el cerebro traduce e interpreta. Como realidad mental, es una serie de conexiones o circuitos neurológicos que producen imágenes interiores “abstractas”, o sea, desprovistas de la materialidad o concreción a la que se refieren.

El lenguaje se inicia con la articulación de un sonido que se asocia a un objeto separado del sujeto y sirve para señalarlo desde la distancia. Es un recurso funcional dirigido hacia los otros, una forma de indicar a otros la realidad de un objeto que uno no puede mostrar directamente.
La asociación sonido-objeto se guarda en la memoria y esto permite referirse a una realidad ausente, no visible, mediante la repetición del sonido: pasa a ser una imagen mental.

Sobre la base de la asociación y memorización de la relación sonido-objeto se construye todo el lenguaje, de ahí la tendencia natural a confundir la palabra y la cosa. El resultado es que acabamos identificando toda realidad como un “mundo de objetos”. Lo que es un instrumento útil para movernos por el mundo y relacionarnos con los demás acaba absorbiendo toda nuestra percepción y actividad mental: el lenguaje y las palabras sustituyen a la realidad, no sólo física, sino mental. Todo se convierte en objeto, incluidas las palabras mismas.

Pagamos un precio muy alto por este reduccionismo mental y físico, porque ni el mundo ni nosotros somos un “objeto”, una realidad física con límites precisos y aislados del resto de la realidad. El mundo y nosotros somos, antes que nada, una realidad y un hecho energético.

Podemos sacar muchas consecuencias de este modo de entender las palabras y la actividad mental.

Primero, evitar otorgar a las palabras un poder que no tienen: no son la realidad, ni la realidad del mundo exterior ni la realidad de nuestro mundo interior; son un sustituto de la realidad, y la realidad es siempre mucho más y algo distinto de aquello que las palabras dicen y hacen. Cuando las palabras no se acomodan a la realidad, es inútil y un error que nos aferremos a ellas.

Segundo, descubrir, reconocer y otorgar a las palabras el poder que tienen: construyen la realidad que percibimos, dan consistencia y continuidad al mundo exterior, nos permiten relacionarnos con los demás y nos ayudan a tomar conciencia de nosotros mismos.

Tercero, ser conscientes de lo que las palabras dicen y hacen, pero también:
de lo que no dicen ni hacen
de lo que no pueden decir ni hacer
de lo que nos impiden hacer y decir

La palabra es libertad y es cárcel.
Podemos percibir más que aquello que las palabras nos dicen que podemos percibir.
Podemos sentir más que aquello que las palabras nos dicen que sintamos.
Podemos pensar mucho más que aquello que las palabras nos limitan a pensar.
Podemos hacer mucho más que aquello que las palabras nos dicen que podemos hacer.
Podemos dejar de sentir, de pensar y de hacer aquello que las palabras nos inducen a sentir, hacer y pensar.

La palabra sostiene y da vida al mundo y a nosotros mismos, pero la realidad, el mundo y nosotros mismos, somos mucho más. En lugar de cosificar el mundo, a nosotros y a las palabras mismas, podemos transformar la palabra en fuente de vida, de misterio, de conciencia y conocimiento. Las palabras son un impulso para sentir, experimentar y conocer aquello que está más acá y más allá del lenguaje.

miércoles, 7 de enero de 2009

CAE LA HOJA

Foto: Agustín Galisteo


Estoy esperando a alguien en el coche. Ha salido el sol. El cielo resplandece con un azul intenso. Bajo la ventanilla del coche y respiro el aire tibio de la mañana. A mi lado se alza un plátano de hojas amarillas. Del tronco pálido se van desprendiendo trozos de corteza, como escamas. Se renueva. De pronto cae una hoja, penetra por la ventanilla y se queda a mis pies. Al posarse produce un leve ruido seco. Digo “ruido seco”; construyo una sinestesia para expresar ese sonido casi imperceptible. Como la hoja está seca, traslado la percepción visual a la sensación acústica. La hoja, que fue verde, suave y maleable, se ha vuelto marrón, frágil y quebradiza. Al romperse cruje y se desmorona. Trato así de describir lo indescriptible: el sonido. El sonido es lo más indescriptible que existe. Tienes que echar mano de otros sentidos para hablar de él. El sonido es esencialmente impermanente: el puro instante. En cuanto lo oyes, desaparece. Puedo dar cierta permanencia a lo que veo y a lo que toco, pero no a lo que oigo. Se va, vuela. Un sonido prolongado es una sucesión de sonidos. El sonido es una vibración del aire que llega a nuestro tímpano y ahí produce un estímulo que luego el cerebro transforma en sonido. Se produce al chocar una materia con otra, se desprende de ese choque y llega, como una sucesión de ondas, a nuestro nervio acústico. En realidad es una sensación táctil. Cómo convierte nuestro cerebro esa sensación física en sonido es algo inexplicable. ¿Y todos los matices, intensidades, tonos, alturas, timbres..., que podemos llegar a distinguir? ¿Todo basado en la simple vibración del aire bajo la forma de ondas? El sonido es totalmente invisible, impalpable y fugaz, sin embargo, ahí está. El sonido es el vacío puro, la nada más real. Cojo la hoja por el rabillo y la observo: tiene forma de corazón, por el envés está llena de venas, finísimos surcos que puedo palpar con la yema de mis dedos. Hay una línea más saliente que divide la hoja en dos partes simétricas. De ella parten muchas ramificaciones hacia los lados y bordes, que a su vez se van dividiendo en venas más finas hasta cubrir la hoja entera. Descubro que todos estos canalillos están interconectados: puedo empezar en cualquier punto y recorrer todos los surcos de la hoja entera. Una molécula, un electrón, podría recorrer toda la hoja siguiendo estos caminos. Todo está conectado con todo. Así nuestro cuerpo. La vida es ese flujo constante de energía que circula por todo nuestro ser recorriendo circuitos que van de lo más grande a lo más pequeño e invisible. Si se obstruye ese flujo en un punto, la energía se para, tiene que dar un rodeo, y allí donde no llega, esa zona acaba muriendo. La serenidad, la ausencia de tensión, es el secreto de la salud. La preocupación, la ansiedad, el miedo cierran el flujo de la energía, bloquean, obstaculizan el paso de la energía vital. Provocan una muerte no natural. La otra muerte es la de la hoja, la que se produce cuando se agota la fuente de la energía que la sostiene, la de la tierra, la del universo entero al que estamos conectados. Invisible, como el sonido, pero tan real e incomprensible como el leve crujido de la hoja que acaba de caer a mis pies.

sábado, 3 de enero de 2009

SUFRIR O NO SUFRIR



El dolor físico es inevitable e imprescindible para la supervivencia.
El dolor psíquico o sufrimiento cumple también una función de alerta y prevención.
Digamos que todo esto, dentro de ciertos límites, es natural.

Pero no es este dolor el que nos hace infelices, sino otro, mental, que empieza y acaba en nuestro cerebro, aunque se traslade inevitablemente al cuerpo. Me refiero a todo el sufrimiento que nos produce la preocupación, el miedo en sus infinitas manifestaciones: miedo a la desgracia, a la enfermedad, a un accidente, a una agresión, a la pobreza, la humillación, el desprecio, la separación, la vejez, la muerte, etc.

La preocupación es el temor al futuro, la angustia ante una amenaza imaginada, anticipada, prefigurada. Detrás de toda preocupación siempre está la preocupación por uno mismo, por la imagen de sí, por su yo. El yo se alimenta de la preocupación por uno mismo. El sufrimiento, la preocupación, sostiene al yo. Me preocupo, sufro con esa preocupación, y esto me da la sensación de que existo, de que tengo continuidad. Estoy ansioso, preocupado, sufro, luego existo.

Este sufrimiento es un engaño, porque no sirve para nada. No estamos mejor preparados ante lo inesperado, lo imprevisible, la amenaza, cuando nos preocupamos, nos angustiamos e imaginamos la desgracia anticipándola en nuestra mente. Es un mecanismo equivocado por ineficaz.

El presente es también otra fuente de sufrimiento mental. Todo lo que no nos gusta de nuestro presente nos produce malestar, angustia. Quisiéramos destruirlo violentamente para alejarlo de nosotros. La agresividad reprimida engendra sufrimiento. Pero ante el presente inevitable la actitud más racional es la aceptación consciente, no el impulso infantil de la rabia destructiva.

El pasado es también otro pozo del que extraemos sufrimiento mental, autocentrado, ensimismado. Todo lo que no hicimos o hicimos mal nos causa dolor, angustia. Y nos enredamos en ello constantemente.

Insisto: todo este sufrimiento por el futuro, el presente y el pasado, no es más que una construcción mental, algo que hemos aprendido y que ha acabado convirtiéndose en un hábito psicofisiológico, un estado de ser que se ha instalado en nuestro cuerpo produciendo agitación, angustia, preocupación y ansiedad permanentes.

Pero podemos modificar esta necia actitud, este despilfarro de energía y atención. Podíamos resumirlo en algunos principios generales:

-Aceptación total y consciente de todo.
-El enfado, la rabia, la violencia no son más que reacciones infantiles, una pérdida estúpida de energía, un mecanismo perverso y autodestructivo.
-No engancharse a la preocupación, sea del tipo que sea. La preocupación es adictiva, no te agarres a ella, déjala fluir, suéltala.
-Actúa. La acción exige la atención inmediata a lo que se está haciendo. Actúa constantemente. Pensar es también actuar. No te quedes parado, paralizado, absorto en el pasado o el futuro.
-No trates de controlar todo, y menos el futuro. La única forma de influir sobre el futuro es actuando sobre el presente.
-Dale la vuelta al sufrimiento: cuesta más alimentar el sufrimiento que colocar en su lugar la aceptación, la serenidad, la confianza y el disfrute de todo lo que te rodea, que es infinito.

Ser o no ser, sufrir o no sufrir. No te engañes. No por sufrir eres más, eres tú. Tu continuidad no necesita asentarse sobre el sufrimiento; también puede basarse en el disfrute, el goce silencioso de todo.