Follow by Email

PINCHA SOBRE ESTA IMAGEN PARA VER VÍDEO (Booktralier)

PINCHA SOBRE ESTA IMAGEN PARA VER VÍDEO (Booktralier)
Puedes adquirir el libro enviando un mensaje a huellasjudias@gmail.com

jueves, 26 de febrero de 2009

TEORÍA Y ELOGIO DEL OPTIMISMO (II)

(Foto: S. Trancón)

Digo que prefiero el optimismo al pesimismo.
Digo que, dado que optimismo y pesimismo no son más que productos de la mente, elijo el optimismo.
Digo que el pesimismo es un pensamiento y una actitud orgánica y emocional negativa, que no me hace bien, por lo que prefiero sostener un pensamiento positivo que haga posible una actitud serena, alegre y confiada ante cualquier hecho o amenaza que se presente ante mí.
Esta es mi posición intelectual y vital, mi inquebrantable convicción.

No es falta de realismo.
No es autosugestión.
No es voluntarismo.
No es evasión ni huida o fantasía.
Es, por el contrario, una forma práctica de afrontamiento.
Tengo mis razones.

Por ejemplo, escucho a mi cuerpo, y él me dice que la vida es el resultado de un optimismo molecular, celular y orgánico.
Miro hacia el universo, y veo que todo es el resultado de un intento cósmico creativo inflexible, que actúa con una fuerza y una fantasía ilimitadas.
Miro a mi alrededor y veo que las creaciones humanas más deslumbrantes y magníficas son el resultado de un propósito imaginativo, de un poder oculto que está al alcance de la mano del hombre.
Examino mi vida y veo que mis peores momentos han sido aquellos en los que he sucumbido al pesimismo, al miedo, a la desconfianza en mí mismo y en los demás.

Llego a la conclusión de que me conviene sostener en mi mente ideas optimistas contrarias a las que oigo constantemente tratando de desanimarme, diseminando un virus la desconfianza y el miedo a mi alrededor.

Por ejemplo, trato de no usar, en cualquier juicio valorativo, el adverbio “no” o la conjunción “pero”. Pensar, eso que hacemos constantemente, sin usar una sola frase negativa ni adversativa. Y a la hora de hablar, lo mismo: que no salga de mi boca una enunciación negativa o adversativa. No es tan difícil. Al cuerpo y a la mente le gusta este ejercicio, se sienten liberados.

Tampoco me gusta usar el verbo “ser” para referirme a mi mismo ni a nadie. Prefiero el “estar” o el ser predicativo, o sea, el “existir”. Es muy distinto decir “soy muy nervioso” que “ahora estoy inquieto”. Cada enunciado actúa de modo distinto en nuestro cerebro, genera diferentes circuitos. La orden que el cerebro da a nuestro cuerpo es muy diferente. Una frase genera pesimismo, la otra abre la puerta al optimismo. Una es determinista, la otra permite cambiar. Si tu cerebro recibe la frase “puedo estar tranquilo, estoy tranquilo”, acabará mandando una orden al cuerpo para que se serene. Del “soy nervioso” al “estoy nervioso”, del “estoy nervioso” al “quiero estar tranquilo”, del “quiero estar tranquilo” al “estoy tranquilo; y del “estoy tranquilo” al “estoy bien”, “todo está bien” y “todo va bien”... Así actúa el optimismo. Por eso siempre será mejor que el pesimismo. Tú eliges.

El pensamiento arrastra el sentir.
El pensamiento genera una frecuencia vibratoria que se extiende por el cuerpo y sintoniza con ella.
La energía vibratoria del cuerpo atrae a la energía exterior y conecta con ella.
Se genera así un campo de atracción que tiene su origen en el pensamiento. Esto explica un hecho probado: que el pensamiento optimista acaba atrayendo acontecimientos positivos a nuestra vida (encuentros, trabajos, proyectos…) y el pensamiento negativo todo lo contrario.

lunes, 23 de febrero de 2009

TEORÍA Y ELOGIO DEL OPTIMISMO (I)

(Foto: O.Fernández)

Tiene mala prensa el optimismo, y más en los tiempos que corren. Ya Voltaire hizo crítica sutil e inteligente del optimista en su Cándido. Pero yo, después de mucho darle vueltas, he llegado a la conclusión de que el optimismo me hace bien, mucho bien, así que he tomado la firme resolución de volverme un optimista insobornable, inflexible, a prueba de bombas. Tengo tantas razones que quizás necesite varias entradas para convencer a los escépticos. Veamos.

Todo a mi alrededor, desde que nací, ha estado impregnado de pesimismo humano, social y ontológico. Hasta la fe cristiana de mi madre estaba cargada de resignación. Me ha costado muchos años quitarme de encima semejante peso. Porque el pesimismo es un peso corporal. Su manifestación permanente es una falta de oxígeno, de expansión orgánica, de miedo y enfado celular. El pesimismo oprime y ogobia al cuerpo.

Sin embargo, el cuerpo ha nacido para desarrollarse, actuar, expandir su energía y crear. El empuje de la vida está presente en todo lo que hace. Es la mente la que, saturada de pensamientos negativos, oscuros, tristes, instala en nuestro cerebro el pesimismo como actitud básica. En cuanto algo intenta salir de su control, ahí está un pensamiento pesimista para frenarlo.

Pero el pesimismo no es natural. Lo natural es la vitalidad, la salud, la confianza orgánica. Sin la intervención bloqueadora y temerosa de la mente, el cuerpo vive, respira, se mueve, actúa con fuerza y eficacia. Porque el cuerpo no entiende para nada de lo que la mente cataloga como bueno o malo, optimista o pesimista: pasa de todas estas categorías y busca en todo momento la salud, la vitalidad, la acción y el disfrute.

Todo lucha hoy contra el optimismo: los pensamientos instalados en nuestro ADN social, la información diaria, la educación, el entorno. Y la realidad. Basta abrir los ojos para ser golpeados por el horror, la muerte, la barbarie, la violencia, la amenaza, el mercado, los bancos, la política, el trabajo, las preocupaciones familiares. Y sin embargo... nada de esto invalida mi defensa inflexible del optimismo.

Viene la razón con toda su argamasa de argumentos pétreos a contradecirme y tacharme de ingenuo, iluso, poco realista y hasta falto del más elemental sentido racional y crítico. Sólo los tontos o cándidos pueden ser optimistas en un mundo que va derecho hacia la catástrofe, que tolera el sufrimiento y la injusticia en cantidades asfixiantes. Pero...

Sí, todo eso es verdad, y mi optimismo no lo niega ni minimiza ni infravalora. Pero me digo: ¿Me sirve de algo ese pesimismo? ¿Me ayuda a ser mejor, a mejorar algo el mundo? ¿Me siento mejor, con mayor capacidad para actuar y crear y ayudar a los demás, al dejarme caer en el pozo negro del pesimismo? Porque el pesimismo es siempre negro, hunde, abate, por más argumentos realistas en los que se base.

Optimismo vital, sí. Un pensamiento orientado permanentemente hacia lo positivo. Una forma inteligente de no sucumbir al miedo, la amenaza o la depresión. Trataré de demostrarlo. Porque el universo, la naturaleza, tiene una ley que es tan constante y universal como la gravedad: sólo entiende el lenguaje de los hechos positivos, creativos. La naturaleza no entiende el no, no lo usa. Ni siquiera la muerte es la no vida; es, sencillamente, la muerte, un hecho biológico. Sólo la mente humana usa el no. (Seguiré)

jueves, 19 de febrero de 2009

METÁFORA TELEVISIVA

(Foto: K.Badillo)










Hay metáforas eficaces para explicar el funcionamiento de nuestra mente. Una de ellas es la del ordenador. Yo prefiero, sin embargo, la metáfora televisiva. Es muy productiva, porque genera una constelación de explicaciones o descripciones fáciles de comprender.

Lo que podemos ver ininterrumpidamente en nuestras pantallas cada día, las 24 horas del día, son ondas que circulan por todo el espacio planetario, en todas las direcciones, a gran velocidad. Cada emisión de ondas tiene su vibración y frecuencia, viaja por su carril y no choca con las otras. No tengo idea de cómo esto es posible ni cuál es la naturaleza última de estas ondas invisibles.

Cada aparato de televisión recoge esas ondas y las transforma en partículas y puntos que se reúnen en la pantalla y traducen en imágenes. Tampoco tengo idea de cómo se produce este milagro. La ciencia lo explica, sí, pero su explicación no es más que descriptiva, describe más o menos qué y cómo funciona, pero su naturaleza es esencialmente incomprensible.

Nuestro cuerpo es ese aparato que capta la energía del entorno y la trasforma en imágenes en nuestro cerebro. Tampoco sé exactamente cómo lo hace, ni cuál es la naturaleza última de la energía que captura.

El mando a distancia enciende el aparato y nos permite cambiar de canal. Cada canal tiene su propia programación y va emitiendo imágenes más o menos caóticas u ordenadas. Esa secuencia de imágenes es un sustituto del mundo, de la realidad a la que no tenemos acceso directo.

Si el cerebro es nuestra pantalla, el mando a distancia es nuestra atención. La atención es lo que nos sintoniza con la frecuencia de las ondas circulantes.

Estamos conectados al mundo a través de nuestra atención, pero podemos cambiar esa atención y focalizarla en lo que queramos. Hay infinitas ondas, millones de frecuencias y partículas al alcance de nuestra atención que circulan a nuestro alrededor y pasan ignoradas.

El universo es una red ilimitada de canales y campos de energía, con distintas vibraciones y frecuencias. Entrar en contacto con ellos, sintonizar, sincronizar la frecuencia de nuestras vibraciones interiores, de nuestros campos de energía, con la inabarcable ebullición y flujo de la energía del exterior, es nuestra mayor hazaña.

Pero hay más: no sólo somos receptores, sino generadores y acumuladores de energía. Emitimos ondas al exterior, pero sobre todo hacia nuestro cerebro. Somos un circuito cerrado de televisión. Cuanto más absortos estamos en nosotros mismos, mayor es la compulsión interna generadora de imágenes. Lo malo es que son siempre las mismas imágenes, recurrentes, repetitivas. Sólo quien es capaz de salir de sí mismo y conectar con la energía del universo, puede tener una vida rica en visiones y descubrimientos.

Prosigue tú, lector inquieto, la vibración de esta metáfora televisiva, que me llama la atención otra onda, otra frecuencia iluminativa.

sábado, 14 de febrero de 2009

SER ALGUIEN

(Foto: K.Badillo)

Un niño de siete años. Le llevan a un psiquiatra para tratarlo de un posible trastorno de hiperactividad. Tienen una entrevista. La madre está muy preocupada por las malas notas, su falta de atención, su rebeldía... En la conversación surge la frase: "...para que el día de mañana seas alguien". El niño replica al psiquiatra: "Yo ya soy alguien". Lo dice sorprendido de que alguien dude de que él es alguien. No me invento esta anécdota. Me la ha contado alguien que estuvo presente.

Casi al mismo tiempo me envía mi amigo Rafael Gordon un vídeo. Se explica en él cómo nuestra educación se basa en una aberración: la de querer convertirnos a todos en profesores universitarios. Ser profesor universitario es ser alguien en la vida...

La escuela es hoy un lugar de domesticación y anulación de la personalidad. Se dirige sólo a la cabeza y desprecia al cuerpo. Ignora la singularidad y destruye la creatividad. Pero esta anulación se inicia en la familia y cuando el niño no se doblega fácilmente, ahí llegan los psiquiatras.

Siento una enorme pena por los niños de hoy: están condenados a la infelicidad. Yo tuve una escuela parecida, pero viví en un pueblo y allí pude correr, saltar, gritar, explorar el mundo, recorrer kilómetros alrededor de monte, pisar campos, bosques, arroyos y charcas. Pude ser alguien antes de que nadie me lo pusiera en duda.

Pero mucho mejor que yo lo explica este vídeo:
http://video.google.es/videoplay?docid=-9133846744370459335
No te lo pierdas, de verdad.

martes, 10 de febrero de 2009

CONCIENCIA DE SER


(Foto: I. Díez)










Pregunta: ¿Qué es lo que distingue a un cuerpo vivo de otro muerto?
Respuesta: La conciencia de ser.

Pregunta: ¿Qué es la conciencia de ser?
Respuesta: El darse cuenta de que uno existe y está vivo.

Pregunta: ¿Un embrión tiene conciencia de ser?
Respuesta: Un embrión tiene el embrión de la conciencia de ser, la posibilidad de llegar a tener conciencia de ser. La semilla.

Pregunta: ¿Un ser en estado de coma irreversible tiene conciencia de ser?
Respuesta: Tiene una mínima conciencia de ser en estado irreversible de desaparición.

Pregunta: ¿Cuándo podemos establecer el paso de un estado a otro?
Respuesta: Hay una zona, un punto, un momento en el que la conciencia de ser puede ir hacia su disolución o hacia su desarrollo, inclinarse hacia la vida o hacia la muerte.

Pregunta: ¿Cómo sabemos cuándo llega ese momento?
Respuesta: Observando el cuerpo, atendiendo a su estado y sus señales, casi siempre inequívocas.

Pregunta: ¿Tiene alguna justificación prolongar artificialmente un estado vegetativo de mínima conciencia?
Respuesta: Salvo que quien lo padece, en plena conciencia, decida que se le prolongue artificialmente ese estado de mínima conciencia, no tiene justificación alguna. Si el paciente ha establecido voluntariamente lo contrario, prolongar ese estado es un acto de crueldad e impiedad inadmisible.

Pregunta: ¿Es uno dueño de su vida?
Respuesta: Absolutamente. La vida ha de ser siempre fruto de una decisión individual libre y soberana. La conciencia de ser lleva en sí misma la posibilidad de dejar de ser. Es algo inseparable.

Pregunta: ¿Para qué hemos venido a este mundo?
Respuesta: Para vivir plenamente.

Pregunta: ¿Qué significa vivir plenamente?
Respuesta: Incrementar día a día la conciencia de ser. Acrecentar e intensificar la conciencia de ser.

Pregunta: ¿En qué se diferencia nuestra vida de la de otros seres de esta Tierra?
Respuesta: En que partimos de un grado de conciencia de ser que podemos incrementar e intensificar a través de nuestra experiencia.

Pregunta: ¿Se disuelve la conciencia de ser al morir?
Respuesta: La conciencia de ser individual, sí.

Pregunta: ¿Totalmente?
Respuesta: No. La conciencia de ser es una forma incomprensible de energía, fruto del alineamiento o contacto de nuestra energía con la energía del universo. Un contacto o fusión que produce el resplandor de la conciencia de ser, que es lo único que detiene a la muerte. Cuando se rompe la unidad energética que somos, esa energía inexplicable vuelve al cosmos.

Pregunta: ¿Cuál es el sentido de la vida, entonces?
Respuesta: Incrementar la conciencia de ser del universo.

Pregunta: ¿Existe alguna posibilidad de supervivencia individual después de la muerte?
Respuesta: Como no sabemos exactamente qué es la conciencia de ser, no podemos afirmarlo ni negarlo.
En principio, no debería de ser algo imposible, salvo que creamos que la conciencia de ser es inseparable del cuerpo, de la organización anatómica y orgánica de nuestras células vivas. Pero esto, hoy por hoy, no es más que una creencia, lo mismo que lo contrario.

P.D. No sabemos qué es la conciencia de ser, pero sí experimentarla, sentirla, tomar conciencia de su existencia, comprender que es la esencia de nuestro ser. A mayor conciencia de ser, mayor goce, mayor deleite, mayor serenidad, más intenso y profundo nuestro conocimiento del misterio de la existencia de nosotros mismos y de todo cuanto nos rodea. Quien lo experimenta sabe que ésta es una verdad indiscutible. Quizás, la única certeza.

viernes, 6 de febrero de 2009

PROBABLEMENTE DIOS

(Foto: A.Real)
Ya he escrito (ver la entrada ACERCA DE DIOS) sobre el tema de Dios. La polémica de los llamados autobuses ateos/cristianos me hace volver a él.

Me llaman la atención los dos anuncios:
Probablemente Dios no existe. Despreocúpate y disfruta de la vida.
Dios existe. Disfruta la vida en Cristo.

Vayamos con la primera.
Es chocante este adverbio de posibilidad y duda: “probablemente”. Si se es ateo convencido, no viene a cuento. ¿Cómo que “probable” o “posiblemente”? Hay aquí una especie de argumento estadístico: hay un tanto por ciento muy elevado de que Dios no exista. ¿Pero qué hacemos con ese otro tanto por ciento de duda?

En principio, parecería que estos agnósticos o ateos dejan una puerta abierta a la posibilidad de que Dios exista. No quieren ser dogmáticos, sino prácticos. Pero yo me pregunto por qué no se atreven a afirmar claramente que Dios no existe. ¿Humildad, prevención, duda o miedo a posibles reacciones de los convencidos de lo contrario?

Lo de “despreocúpate” es también enigmático. ¿Qué significa? ¿Despreocúpate del más allá, de la muerte, del infierno, del paraíso? ¿De las normas, de la moral?
La conclusión, “disfruta de la vida”, no veo qué relación tiene con todo lo anterior. ¿Por qué creer o no creer en Dios te va a impedir disfrutar de la vida?

Vayamos con la reacción de los cristianos.
Primero, este anuncio está pésimamente redactado. No es español. Se disfruta “de”, porque disfrutar es un verbo que rige preposición y no admite complemento directo. Lo de “en Cristo” es ya barbarismo repelente, por más que lo repitan los curas a troche y moche. ¿Qué significa aquí “en”? ¿Dentro de Cristo? ¿Cómo se puede disfrutar de la vida dentro de Cristo? ¿Qué es Cristo, un gran corazón, un estadio de fútbol o unos grandes almacenes?

Dios se ha convertido en una palabra sobrecargada de sentidos, semánticamente pervertida, contaminada, inútil para pensar y discutir sobre la realidad misteriosa e incomprensible del mundo y de todo cuanto nos rodea. Decir “Dios existe” es tan indemostrable y carente de sentido como lo contrario, porque se trata de una discusión nominalista. Ni siquiera es un asunto de creencias. Llevar esta discusión a la carrocería de los autobuses es eso, un asunto de predicadores, de apóstoles, tanto da del signo que sean.

lunes, 2 de febrero de 2009

COPOS DE NIEVE QUE UN PAJARILLO PICOTEA

(Foto: K.Badillo)

Me levanto. Subo la persiana: caen grandes copos de nieve. El viento los zarandea, formando cortinas que se entrelazan. Puntos de luz condensada que hacen un corto viaje, caen a tierra y se disuelven lentamente.

Algo, la fuerza de la vida, atrae la energía que atraviesa en todas direcciones el universo, forma un conglomerado de átomos y ahí queda atrapado ese pequeño haz de conciencia que somos.
Un breve viaje, antes de desaparecer en la nada, en el mar de la conciencia cósmica, sea lo que sea, nos permite vislumbrar el todo, disfrutar de abismales y deslumbrantes visiones. Cuando digo visiones me refiero a todo lo que el cuerpo, como totalidad unificada, puede percibir y sentir, más que a imágenes visuales.

El joven Spinoza se propuso “investigar si existía algo que, hallado y poseído, me hiciera gozar eternamente de una alegría continua y suprema”. Creyó encontrarlo en “el conocimiento de Dios”, o sea, “el conocimiento de la unión que la mente tiene con toda la naturaleza”. Deus sive natura.

Hace frío. Recuerdo los inviernos de mi infancia. Me veo detrás de unos cristales: la nieve se acumula en la barandilla de hierro de mi balcón. Los pardales, ateridos, se refugian debajo de las tejas. Una lavandera revolotea delante de mi ventana. La abro de par en par y el pajarillo se cuela dentro. Se posa encima de un aparador y agita su larga cola de arriba abajo. Esparzo unas migas de pan y cierro la puerta, despacio. Miro por la rendija de la cerradura y veo a la pajarita, después de un breve titubeo, picotear encima de la mesa camilla. Camina, adelantando una pata cada vez; no da saltitos, como los gorriones.

Mi mente es el copo de nieve que va por el aire y la pajarita que picotea la miga, ese otro copo que mi mano infantil esparció sobre la mesa.