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viernes, 23 de octubre de 2009

¿QUIÉNES SON LOS PIRATAS?

(Foto: S. Trancón. Valdelugueros, León)
Vivimos ya en 1984, en Un mundo feliz, en Fahrenheit 451 (temperatura a la que arden los libros, tarea a la que se dedica perplejo Guy Montag, el protagonista de esta novela, y que recuerda tanto la quema de libros de la Inquisición, barbarie que ya parodió Cervantes); en Blade Runner, en Matrix..., porque George Orwell, Aldous Huxley, Ray Bradbury, Philip K. Dick y los hermanos Wachowski, más que vaticinar el futuro, han descrito la esclavización, la mentira, el absurdo y la crueldad del presente.

Pero lo más grave, no es ya lo que ocurre, sino el que no nos enteremos de nada de lo que de verdad ocurre en nuestro mundo. Se llenan la boca, y nos llenan los ojos y los oídos cada día (periódicos, televisiones, todos los medios) con la basura informativa más abominable y, en cambio, nada nos dicen ni informan sobre lo que de verdad está ocurriendo a nuestro alrededor.
Cuando uno descubre una ínfima parte de lo que se nos oculta se queda pasmado, no ya por lo que no sabe, sino por lo que no sabe que no sabe.

Me envía Paco Rodríguez un informe sobre Somalia que ha difundido el programa de radio La rosa de los vientos: es estremecedor. Lo resumo.

Somalia ha sido una colonia italiana y británica que se independizó en 1960 que vive hoy en la más absoluta pobreza. La esperanza de vida no pasa de los 45 años. La mortalidad infantil es de un 20%. No tiene sistema sanitario, ni educativo, ni productivo, ni nada. Subsistía gracias a la pesca de sus 4000 kilómetros de costa. Una pesca de pequeñas embarcaciones, pero a raíz del tsumani pasado que asoló sus costas, la situación ha empeorado. Llegaron a sus playas y acatilados, arrojados por el mar, miles de bidones llenos de residuos radiactivos que han empezado a provocar la muerte alrededor. La pesca costera ha casi desaparecido.

Para colmo, los barcos extranjeros han tomado por asalto la pesca de altura dentro de sus aguas territoriales. Como no tiene guardia costera, esta piratería internacional se realiza con total impunidad. Lo mismo le ocurre a los miles de barcos cargados de petróleo que utilizan y atraviesan sus aguas sin pagar un euro, claro. Las potencias europeas se han encargado de que el país continúe en la mayor desorganización y caos para favorecer así todo este tráfico, piratería y el uso de su suelo como basurero radiactivo.

Nos han convencido de que los piratas somalíes son terroristas. Ahora nos quieren hacer responsables a todos de la suerte que corren unos pobres pescadores secuestrados, víctimas a su vez de la voracidad depredadora de grandes compañías multinacionales.

Comprobar que a uno lo engañan cada día, sistemáticamente, y que cualquier información mínimamente crítica se oculta, es una experiencia desoladora. ¿Quién sabe, por ejemplo, que el régimen filofascista de Berlusconi ha expulsado en un año a más 130.000 gitanos? Italia es hoy un estado mafioso, no un estado democrático. La democracia deja de serlo cuando no tiene mecanismos para impedir que los antidemócratas se apoderen del Estado. ¡Qué poco hemos aprendido después de Hitler!

Pero no nos rasguemos las vestiduras ni arranquemos los cabellos por lo que ocurre afuera. Aquí, ahí, en la comunidad de Valencia, en la Comunidad de Madrid, en el gobierno de Castilla y León, en el de Murcia, en cientos de ayuntamientos... y hasta en los equipos de fútbol, ¿qué pasa? No es mal de muchos, sino de unos pocos, pero los de siempre, los más poderosos y descarados, pero como se amparan en la democracia, en los votos que reciben, el mal se extiende y otros acaban imitándolos. Pero, no, no somos todos iguales.
Nuestra pseudodemocracia... Pues eso.

P.D. No se trata de defender ni justificar la piratería somalí porque seguramente acabará convirtiéndose, si no se ha convertido ya, en otro negocio, otra mafia que se aprovechará de la miseria de los somalíes. Los negocios mafiosos siempre son redondos, acaban dando la vuelta para acabar en las mismas manos.

jueves, 15 de octubre de 2009

EL MANZANO PRODIGIOSO

(Foto: S. Trancón)


Me lo contó mi amigo Evelio Rivera. Es una historia maravillosa que le ocurrió a él, siendo niño. Cuando García Márquez nos describió el realismo mágico de Macondo, algunos quedaron muy sorprendidos y no entendieron sus afirmaciones de que las historias de Cien años de soledad no eran invenciones fantásticas, que estaban tomadas de la realidad.

La verdad es que la realidad está tan traspasada por lo insólito, lo mágico, lo inesperado, que muchas veces supera a la fantasía. Pero esto no sucede sólo en Hispanoamérica, donde la imponente geografía y una tradición mágica y milenaria han configurado un modo de ver el mundo en el que lo oculto se hace presente. También ocurría eso en nuestro país, antes de que la invasión urbana y moderna destruyera la tradición rural y su forma poética y dramática del ver el mundo. Cuento la historia, que es absolutamente verdadera.

Tenía yo unos cinco años. Me gustaba mucho ir con mi abuelo al campo, a poner trampas a los conejos, a podar los olivos, a regar los huertos. Como mi pueblo, Retamosa de la Jara, en Toledo, es bastante seco, había en él pocos frutales. Crecían mejor las higueras y los almendros que los manzanos. Pero un año más lluvioso, un manzano floreció y mi abuelo lo regó con esmero, porque sabía que a mí me gustaban mucho las manzanas. Logró que se cargara de manzanas. Cuando ya estuvieron maduras, mi abuelo me dijo: Mañana recogeremos las manzanas. Me hizo una ilusión enorme, no dormí aquella noche pensando en ir al día siguiente con mi abuelo a recogerlas. Pero cuando nos acercamos, mi abuelo comprobó desolado que todas las manzanas habían desaparecido del árbol. Nos las habían robado por la noche. Mi decepción fue total, mi abuelo se quedó abrumado.
Un día después, si embargo, mi abuelo me dijo: Vamos a ver el manzano, porque lo he estado regando y cuidando durante todo el día y a veces ocurre que vuelven a crecer las manzanas. Nos fuimos acercando y sí, perecía que se veía alguna manzana. Ya debajo del árbol pude comprobar que en efecto, habían brotado mágicamente de sus ramas un montón de manzanas, rojas, maduras, como las que tenía antes. Vamos a recogerlas antes de que nos las roben otra vez, me dijo mi abuelo. Volví con una cesta llena de manzanas, infinitamente feliz y lleno de admiración por mi abuelo, que había hecho posible el rebrote del manzano.
Muchos años después me enteré de cómo se había producido el milagro. Mi abuelo aquella misma tarde se dirigió andando a Talavera de la Reina, que está a bastantes quilómetros de mi pueblo, había comprado unos quilos de manzanas, y había vuelto andando, de noche. Luego, con paciencia y mucho arte, había ido cosiendo a las ramas las manzanas, una a una, con su rabito o peciolo, y disimulando el cosido con un hoja.
Un acto, un gesto así, es algo que uno no podrá llegar a agradecer suficientemente durante el resto de su vida.

miércoles, 7 de octubre de 2009

LA INQUISICIÓN

(Tríptico de Dan Kofler)

(Antes de leer esta entrada, te ruego hagas clic en la foto de arriba, amplíala y haz un recorrido por el cuadro. El motivo es que no logro subir la imagen del cuadro con la resolución que tiene la foto, y se pierde toda la nitidez y los detalles. Al ampliarla espero que puedas ver mejor el cuadro del que voy a hablar brevemente, titulado Inquisición).

Se trata de un cuadro de Dan Kofler, conocido también como músico con el nombre de Dino del Monte.

Lo que me ha llamado la atención de este cuadro es la visión nueva que nos da sobre la Inquisición. Ya Goya destacó el lado oscuro, de pesadilla, de la tortura, las hogueras y los ahorcamientos, mostrando el fanatismo político-religioso con que esta institución actuaba.

Lo nuevo de este cuadro es que abandona esa visión para incorporar otra: el aspecto de carnaval, de fiesta, de comedia del arte que también está presente en las escenas que se pintan y que revela cómo el horror se puede convertir en teatro, cómo se puede presentar con una apariencia que contradice la propia esencia de ese horror. Así es el comportamiento social humano, que necesita ritualizar, teatralizar, incluso lo más tétrico y repulsivo.

Este cuadro, debo aclararlo, lo pinta un judío de origen sefardí, y es así cómo él, superando el lado evidente de la Inquisición, nos descubre ese otro aspecto y nos acerca más a lo aquello sobre lo que se quiere reflexionar: qué puede llegar a hacer el hombre con sus semejantes.

No es menos horrible la visión de los campos de exterminio nazi, que ésta en que la muerte se nos ofrece como espectáculo. Podemos preguntarnos, al ver este cuadro, qué es lo que se ocultaba en los autos de fe, en los que el horror se conviertía en entretenimiento, en que el espanto se canalizaba y transformaba en teatro.

El cuadro cobra todo su sentido si nos fijamos en el rostro y la expresión de hombre demacrado y pálido que observa la escena desde el suelo, en el cuadro central, intentando levantarse, ya casi como lo haría un cadáver.

Conocer el pasado es la mejor forma de entender lo que vino después, incluida la Shoá. No quiero decir con esto que la Inquisición española fuera más cruel que lo fueron todas las Inquisiciones de Europa. Aquí, incluso, fue más obsesivamente legalista, lo que salvó a muchos de la hoguera. El problema es que aquí se instauró cuando en otros países se abolía, y duró una barbaridad, hasta casi mediado el siglo XIX.

Pero no se trata ahora de ajustar cuentas históricas, sino de tratar de entender qué se esconde detrás de la intolerancia y la intransigencia religiosa, y hacia dónde lleva a las sociedades cuando se dejan arrastrar por ellas. Y algo importante: los más intransigentes inquisidores surgieron de las filas de los conversos judíos. Otro tema que invita a reflexionar.