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domingo, 26 de septiembre de 2010

LA VERDAD Y LA MENTIRA (en la vida y en la política)

(Foto: Enrique Fernández)



Dice el maestro Miguel de Cervantes: “La verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira, como el aceite sobre el agua”. Pero también: “La falsedad tiene alas y vuela, y la verdad la sigue arrastrándose, de modo que cuando las gentes se dan cuenta del engaño ya es demasiado tarde”.

He recordado estas sabias palabras al leer en el Diccionario jázaro de Milorad Pavic:
La verdad es transparente y no se ve, la mentira es opaca y no deja pasar la luz ni la mirada. Existe también un tercer caso, en el cual las dos primeras están mezcladas, y es el más frecuente. Con un ojo podemos ver a través de la verdad, y nuestra mirada se pierde en la inmensidad para siempre; con el otro ojo, en cambio, no vemos a través de la mentira ni a un palmo de la nariz, y la mirada no puede penetrar más allá, se queda en la tierra y es nuestra; así nos abrimos paso a lo largo de la vida caminando de costado. Por eso la verdad no se puede entender inmediatamente como la mentira, sino sólo comparando verdad y mentira”.

Todos tenemos una idea intuitiva de lo que es la verdad y la mentira, aunque resulta muy difícil definirlas en la práctica. Por un lado está la “verdad objetiva”, la “realidad de los hechos”, que es, más o menos, a la que se refieren Cervantes y Pavic. Por otro, la “verdad subjetiva”, que tiene que ver con la “realidad de los pensamientos, intenciones y sentimientos”. Lo difícil es conjugar ambos mundos, el objetivo y el subjetivo, que muchas veces se mezclan y confunden, y otras se oponen y hacen incompatibles.

Sabemos que hay verdades que matan, y mentiras que salvan. Así que la ecuación verdad=bien, mentira=mal, no siempre es cierta. En caso de duda, parece preferible el bien (no hacer daño a otro, aun a costa de la verdad) que el mal (hacer daño al otro, pero salvando la verdad). Aquí tenemos en cuenta no sólo la verdad, sino sus consecuencias.

Esta prevención contra la “imposición de la verdad”, contra la “brutalNegrita sinceridad”, contra “las verdades como puños”, nada tiene que ver con la mentira como medio de dominación, engaño, aprovechamiento del otro. En este caso lo que se busca es ocultar la verdad porque la verdad va en contra de quien se aprovecha de la mentira o la falsedad. A esto se refieren también Cervantes y Pavic.

Cuando una sociedad se asienta sobre el engaño sistemático y organizado, como es la nuestra, cierto, la mentira vuela, y cuando nos queremos dar cuenta ya no hay remedio. Esa mentira es opaca y nos ciega, contamina e intoxica. Pero, en contra de lo que se supone, no es la política la que engaña y miente, porque los políticos no están ahí para definir ni salvar la verdad, sino para otra cosa. Quien engaña y miente es quien de verdad tiene el poder, que no son los políticos, pues el poder de la política es un poder limitado y delegado.

Se dice que la política es el arte del engaño. No estoy de acuerdo. La política es el arte de la necesidad. No puede engañar alguien al que, de entrada, reconocemos como mentiroso. No nos engaña, porque no elegimos a los políticos para que nos digan la verdad, sino para que atiendan del mejor modo posible a las necesidades de la mayoría. No es que no nos importe la verdad, sino que la supeditamos a la necesidad. Más que la verdad o la mentira, lo que no nos gusta de un político es que nos engañe, que juegue con nuestra “buena voluntad”. Pero, al final, lo juzgamos por los hechos.

El engaño de los políticos siempre cuenta, en definitiva, con el consentimiento de los engañados que, o necesitan el engaño y la mentira, o no les importa, o lo ven como un mal menor.

La vida real es siempre un poco más complicada que la idea que nos hacemos de ella. Sí, muchas veces en la vida tenemos que caminar de costado, poniendo un ojo en la verdad y el otro en la mentira.

lunes, 20 de septiembre de 2010

QUEMAR EL CORÁN


Un fanático y desconocido predicador anuncia a sus cincuenta feligreses que tal día va a quemar una pila de libros del Corán. Esto ocurre en una parroquia perdida de Florida (EEUU). De pronto, es como si se anunciara una inminente guerra atómica: el miedo recorre el plantea como una serpiente invisible. Es tan fácil hoy provocar un estado de ansiedad y pánico universal, que cualquier comparación con los miedos apocalípticos de antaño parece un juego. La desproporción es tal que uno se pregunta si la humanidad entera ha caído definitivamente en la psicosis.

Todo parece, sin embargo, muy racional, porque la amenaza es cierta: el fanatismo religioso islamista puede provocar verdaderas atrocidades. Ya las está cometiendo. Pero de ahí a poner en jaque a medio mundo va un abismo. Lo más contradictorio es que ese alarmismo espectacular es precisamente lo que puede de verdad incitar y alentar las reacciones fanáticas y suicidas. Parece claro que son los intereses de una minoría poderosa los que manejan y manipulan cuando quieren y como quieren este miedo global, como ocurrió con la famosa gripe A. Poco podemos hacer frente a todo ello, salvo reflexionar para no dejarnos manipular en exceso.

Para empezar: Es más peligroso el miedo irracional que la amenaza real. La realidad tiene un límite; la imaginación, no. Es el miedo lo que lleva a la intransigencia y la violencia, ya sea real o simbólica, como la quema de libros. La vida social es cada vez menos real y más especular e imaginaria. Es mucho más difícil luchar contra un fantasma que contra un tanque.

Para continuar: El mundo árabe está metido en un callejón sin salida, dominado por unas minorías oligárquicas y medievales, con un poder inmenso basado en el petróleo, que utilizan la religión como el mejor instrumento de control de millones de personas que de otro modo no soportarían la tiranía y la humillación en la que hoy viven.

Para acabar: El Corán no sólo no es la solución, sino que se ha convertido en un obstáculo casi insalvable. Hoy la sociedad y el pensamiento árabe están secuestrados por la influencia omnipresente del texto coránico: no se puede hacer ni decir ni pensar nada sin el apoyo y la autoridad del Corán o de alguna de sus miles de interpretaciones, escuelas y ayatolás. Basta ver cómo los llamados islamistas moderados hacen piruetas para encontrar un texto o una interpretación medianamente aceptable, democráticamente aceptable, para darnos cuenta de que este camino no lleva a ninguna parte. Es imposible construir un pensamiento moderno y democrático basándose en el Corán, del mismo modo que lo sería hacerlo sobre la Torá o El Nuevo Testamento.

La historia de Europa nos enseña que la religión no puede ser nunca la base del derecho ni del orden social. Mientras el mundo árabe no se libere de la influencia paralizante del Corán y establezca sus leyes al margen de la tutela ideológica, religiosa y mental de las mezquitas, todo seguirá donde está e incluso cada vez peor. Una prueba irrefutable de que vamos por mal camino es el miedo que la sociedad occidental tiene a ejercer la crítica y el pensamiento libre cuando habla del islam, sus símbolos y su medieval e inaceptable visión del mundo y la vida. Es increíble que para rechazar la lapidación de una mujer o el ahorcamiento de un homosexual haya que buscar un versículo del Corán en que apoyarnos.

viernes, 10 de septiembre de 2010

LO QUE NOS DIFERENCIA

(Foto: Oscar Fernández)


¿Es España diferente?

Aquel eslogan franquista “Spain is different”, de indudable éxito turístico, ¿tiene hoy algún fundamento cultural, social o político?

Es evidente que, individual y colectivamente, somos cada día más parecidos al resto de países de nuestro entorno. La globalización y la uniformización es un hecho. Sin embargo, las diferencias persisten mucho más de lo que pudiéramos suponer. Pero digámoslo enseguida: todos los países son diferentes. Y añadamos: la diferencia no es, por sí misma, ni buena ni mala. Hay diferencias que deberían desaparecer, otras que debieran permanecer y otras que tanto da que permanezcan como que desaparezcan. Así que no hay que sacralizar ni satanizar lo diferente.

Las diferencias psicológicas y mentales son difíciles de analizar, y es fácil, al estudiarlas, despeñarse por elucubraciones más o menos metafísicas o esencialistas. Es más sencillo reflexionar sobre datos o hechos concretos.

Por ejemplo: España es uno de los países con menor índice de criminalidad o de delitos, pero, paradójicamente, es el país donde hay mayor número de presos (proporcionalmente, el triple que en Italia y casi el doble que en Francia), y también el país con mayor número de leyes (un europeo tiene que acatar unas 12.500 leyes y un español unas 24.800).

Parece claro que hay aquí un afán leguleyo y ordenancista que viene por lo menos de los reyes godos, o quién sabe, de la Biblia y el Corán. Quizás se haya instalado entre nosotros un principio disparatado que dice algo así como que “todo lo que no está prohibido, se puede hacer”. La relación del español con la autoridad y las leyes es sin duda algo que nos diferencia. Para cada problema, lo primero, una ley, luego ya veremos. Autoritarios y anarquistas... ¡a la vez!

Otras diferencias curiosas que a mí me llaman la atención y que habría que interpretar son:

-Somos el primer país en donación de órganos del mundo; también de los más solidarios con las causas sociales.

-Somos uno e los países con mayor esperanza de vida del mundo (casi 82 años; la esperanza de vida en 1900 era de 35 años, así que vivimos más del doble que nuestros bisabuelos o tatarabuelos).

-La sanidad española era una de las mejores del mundo, pero está empezando a caer en picado (el gasto público por habitante es de los más bajos de Europa).

-El fracaso escolar nos sitúa a la cabeza de Europa, lo mismo que el paro. El número de horas lectivas de un escolar de enseñanza obligatoria, sin embargo, sobrepasa a otro de Finlandia en 1605 horas. ¡1605 horas de más para un 70% menos de éxito!

-La biodiversidad de España es incomparable con el resto de Europa: de las 12.000 especies diferentes de flora, 10.000 se dan en la Península ibérica, y de 60.000 especies de fauna, 25.000 viven en nuestro territorio.

-La orografía y el paisaje y el clima, son más variados que en todo el resto del continente europeo. La Península Ibérica tiene una altitud media que está muy por encima de Europa (más de 700 metros sobre el nivel del mar), así que, aunque esté más abajo en el mapa, es mucho más elevada.

-El sistema político español es el más descentralizado del mundo.

-El nivel de insulto y violencia verbal es muy superior al de cualquier otro de los llamados países “civilizados”.

-El nivel de ruido de nuestras ciudades está a la cabeza del mundo. Quizás por eso gritamos tanto. O al revés.

-Somos el país europeo con mayor extensión de terreno dedicada a los cultivos transgénicos.

-De carreteras andamos bastante bien, lo mismo que en el descenso de número de accidentes de tráfico, pero todavía muy por debajo de Inglaterra, el país vialmente más seguro de Europa.

Hay otras muchas diferencias (los toros, los bares, la Semana Santa, las fiestas, el jamón ibérico, el aceite de oliva, el sol, el turismo…), pero con lo dicho basta: el sentido crítico nos obliga a huir de generalizaciones simplistas acerca de lo que somos, de lo que nos diferencia o nos iguala con otros países.

Elogiar y mantener lo bueno, y criticar y rechazar lo malo: es una obviedad, pero no hay que olvidarla.