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domingo, 24 de octubre de 2010

TAN DE CERCA, TAN CALLANDO

(Fotos: Juan Santos)

Un sopor, una desgana, una debilidad que ablanda los músculos. Un querer dejarse mecer por una suave ola. Un flotar a la deriva de la vida. Un ver así la muerte, tan de cerca, tan callando.

Porque el mundo es todo lo que veo y algo más. Porque el mundo es todo lo que siento y algo más; todo lo que pienso y algo más.

Porque el mundo es también ese algo más que no puedo ver, ni sentir, ni pensar, ni imaginar, ni concebir, ni explicar, ni comprender.

Entonces trato de adentrarme en ese algo más, en ese no ser, en ese no poder, en ese no alcanzar lo que sólo preveo, presiento, preconcibo.

Entonces trato de salir de mí mismo, dejar mi yo en la sombra, permitir que mi cuerpo se dé cuenta de ese infinito algo más que está ahí, y que no veo más que como una niebla que poco a poco se espesa y me envuelve por completo.

Entonces trato de contar con eso y decir: sí, árbol, piedra, montaña, silla, mano… pero algo más. El árbol es árbol… y algo más. Y mi mano es mi mano… y algo más. Y dejo que ese algo más envuelva de niebla el árbol, y que mi mano se diluya en esa niebla.

Contar con esa parte de mi mismo que no sé lo que es, pero que quiere darse cuenta de todo lo que es, de eso que sostiene todo lo que veo y que no puedo encarar, porque está protegido por los guardianes de la eternidad.

Porque si lo viera quedaría ciego y perdido para siempre en esa niebla.
¿Prepararse para flotar a la deriva en ese sopor, en esa suave ola?

jueves, 14 de octubre de 2010

EL PODER DEL MIEDO




El miedo es una reacción instintiva de defensa que predispone al ataque o la huida. Como mecanismo de supervivencia es beneficioso para el individuo y la especie, ya que permite responder con rapidez ante una amenaza. Neurológicamente depende de la activación de la amígdala, aunque se puede controlar mediante el córtex prefrontal.

Pero el miedo, en la sociedad actual, se puede convertir en una emoción altamente perniciosa, porque ya no depende tanto de las amenazas reales como de las posibles e imaginarias. Psicológicamente produce ansiedad y estrés, hasta el punto de bloquear las sinapsis de las neuronas.

Prevenir las amenazas y peligros es sano y necesario, pero anticipar esas amenazas y peligros dejándonos invadir por el miedo, es una reacción bloqueante, agotadora y destructiva.

Ni la huida anticipada, ni el ataque preventivo o anticipado, ni la paralización o indefensión previa, son reacciones racionales, porque nos impiden valorar el peligro real y las consecuencias de nuestra acción.

El catastrofismo sobrevalora y generaliza cualquier amenaza o peligro. Otra reacción equivocada es la negación de la amenaza o el riesgo.

Pero el miedo, racionalizado, analizado y valorado, se puede convertir en una fuerza positiva, cuando la transformamos en acción controlada y orientada a un objetivo concreto.

No hay nada que influya más en nuestra vida que nuestros miedos. Para transformarlos en una fuerza positiva es necesario, en primer lugar, reconocerlos, aceptarlos. Todos tenemos una mochila llena de miedos que llevamos siempre a nuestra espalda. Forma parte de nuestro equipaje. Pero no son más que fantasmas, no tienen ni carne ni huesos: no son más que recuerdos de miedos pasados.

Lo peor de los miedos es no ser consciente de ellos, vivir en un estado de miedo y ansiedad permanente y aceptarlo como normal.

La mayoría de los miedos no superan la prueba de un análisis sereno y objetivo; la mayoría están contaminados por fantasías e interpretaciones erróneas y exageradas; la mayoría no sirven para nada, nos ofuscan; la mayoría no se cumplen y cuando ocurren, en poco se parecen a lo que anticipamos.

El mejor antídoto contra los miedos (muchas veces irracionales) es descubrir el valor del estado contrario: la serenidad, la confianza en nosotros y el optimismo.

Conoce tus miedos. Defínelos. Acéptalos. Mételos en la mochila y camina ligero: no pesan, te dan fuerza e impulso. Si son inevitables (como la muerte) de nada sirve anticiparlos.

miércoles, 6 de octubre de 2010

MISTERIOS DEL LENGUAJE

(Foto: Enrique Fernández)
El lenguaje es seguramente el fenómeno cerebral más complejo, el que pone más de manifiesto el misterio de su funcionamiento. Hemos de abandonar la idea simplista de considerar al lenguaje como un todo que depende sólo de cualidades innatas. Conviene pensar el funcionamiento del lenguaje de otro modo.

1) La facultad del lenguaje no depende de un único lugar, red o módulo cerebral. No se trata de una capacidad, sino de un conjunto de capacidades, como ocurre con la inteligencia (no existe la inteligencia, sino diversas inteligencias, como demostró Gilford).

2) Las áreas cerebrales de Broca (expresión motora del lenguaje) y de Wernicke (comprensión del habla) no son más dos de las muchas estructuras que intervienen en el uso del lenguaje. En realidad, casi todo el cerebro, mediante variadas conexiones, se pone en funcionamiento.

3) El hemisferio izquierdo (analítico, racional) interviene más que el derecho (global, holístico, emocional), pero el lenguaje necesita la conexión entre ambos para su pleno funcionamiento.

4) Basta enumerar las muchas funciones que pueden alterarse o desaparecer a causa de lesiones neuronales (y, por tanto, diferenciarse), para darnos cuenta de la enorme complejidad que encierra ese hecho de hablar, de escuchar y entender, de escribir y leer. No es lo mismo:
-la articulación motora
-la diferenciación e identificación acústica
-la producción fonética
-la comprensión de palabras
-la comprensión de proposiciones
-la producción del habla
-las expresión escrita
-la lectura silenciosa
-la lectura en voz alta
-el tono y timbre del habla
-el ritmo del habla
-la expresión gestual
-el uso de palabras concretas o abstractas
-el uso de sustantivos o verbos
-la conexión sintáctica
-la coherencia semántica
-el dominio de la ortografía
-las leyes de la pragmática
-etc.

5) Enseguida nos damos cuenta de que el uso normal del lenguaje afecta a todo nuestro ser: cuerpo (sistema nervioso, motor, visual, acústico, autónomo), mente (sistema simbólico) y conciencia (intención, emoción, comunicación).

¿Cómo integra el cerebro todas estas funciones, la gran variedad de estímulos y acciones que implica el uso del lenguaje? Esta capacidad última es lo que nos constituye como hombres y lo que hace posible el salto de la conciencia.

Se equivocan enseñantes y educadores cuando enfocan el aprendizaje de la lengua como un mero asunto verbal, lingüístico, gramatical y ortográfico. Es algo mucho más global y, por lo mismo, mucho más importante. Casi todo lo que somos y sentimos pasa por el modo como usamos la lengua: cómo comprendemos, producimos y expresamos mensajes.