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martes, 30 de agosto de 2011

PENSAMIENTO Y MATERIA

(Foto: Ángela Trancón Galisteo)


La física cuántica, o sea, la física que indaga la realidad última de la materia, ha abierto la puerta a una afirmación que ni el materialismo ni la metafísica idealista logran entender ni aceptar: que el pensamiento “genera” la materia y la materia el pensamiento. Pensamiento y materia son energía, formas de energía. La materia, energía densa o pesada; el pensamiento, energía sutil o ligera. El paso de la materia al pensamiento y del pensamiento a la materia es un proceso de transformación de la energía. Cómo sucede, no lo sabemos, pero de que ocurre así hay constantes evidencias.

Pero hay algo más, porque el hombre posee algo verdaderamente poderoso y sorprendente: la capacidad de darse cuenta, o sea, la conciencia. Puede tomar conciencia tanto de sus pensamientos, (analizarlos, comprenderlos), como de los procesos de la materia, (analizarla, comprenderla). Puede conocer su cuerpo y su mente, y cómo su cuerpo influye en su mente y su mente en su cuerpo. Puede comprender también cómo detrás de todo cuanto existe hay un pensamiento que lo sostiene. Puede darse cuenta de que el pensamiento es energía creativa, y que nada de cuanto existe a nuestro alrededor existiría sin un pensamiento que transforma la energía en materia.

La conciencia puede transformar la materia en pensamiento y el pensamiento en materia. Los pensamientos, por su propia naturaleza, tienden a su realización: atraen la energía del universo y la condensan.

Todo cuanto eres, todo cuanto te rodea es, literal y físicamente, el resultado de un intento, o sea, de un pensamiento. Piénsalo: no es el resultado, ni de la casualidad, ni del azar o la suerte, ni de los movimientos mecánicos de la materia, ni de una biología ciega y determinista. Es el resultado de tu pensamiento y de tu conciencia, y de los pensamientos y la conciencia de todos los hombres que nos han precedido y de los que sostienen con sus pensamientos el mundo tal y como ahora lo vemos.

Si tan importante es lo que piensas, ¿por qué no cuidas tus pensamientos? Nada te puede hacer más daño que un pensamiento dañino, pero nada te puede hacer mayor bien que un pensamiento dinámico y creativo.

viernes, 12 de agosto de 2011

EL TIEMPO DE LA MENTE

(Foto: A. Trancón Galisteo)

La mente no tiene tiempo. En la mente no existe el tiempo. Para la mente no existe el antes ni el después. Para la mente todo es presente. La mente no entiende el haré ni el hice, el seré o el fui, el estaba o el estaré. La mente sólo entiende el hago y el soy y el estoy. Para la mente el pasado y el futuro son ahora. Si te vas al pasado, estás en el pasado. Si vas hacia el futuro, estás en el futuro. El pasado y el futuro son el presente para la mente. Allí donde está tu mente, allí va tu energía. Si te vas hacia el pasado o el futuro, tu energía deja de estar disponible para el presente, para el aquí y ahora, lo único que realmente existe. La mente está siempre enfocada en algo, necesita estar enfocada en algo. Si no lo hace sobre el presente, lo hará sobre el pasado o el futuro. Pero como la mente no vive en el pasado ni en el futuro, todos tus recuerdos y tus deseos los transforma en presente. Absorben la energía del presente. Por eso, si estás en el pasado o en el futuro, no puedes actuar en el ahora, no tienes energía para ello. Por eso, toda meta, todo proyecto, se tiene que transformar en un propósito de ahora, tiene que empezar a realizarse en el ahora. Los proyectos y los verdaderos deseos, no se dejan para mañana ni para luego. Se empiezan a realizar ahora, desde el mismo instante en que se formulan, por muy lejanos y utópicos que sean.

Un propósito enfoca y moviliza la energía en una dirección y crea un polo de atracción de la energía del universo. Esa concentración de energía produce la realidad, se transforma en algo real. A la mente no se la puede engañar. Cualquier duda paraliza el movimiento de la energía, bloquea el flujo. Por eso, cuanto más claros sean los proyectos, cuanto más concreto sea el propósito, mayor energía atrae. Descubre aquello que te hace titubear, aquello que tu mente acaba interpretando en un sentido contrario al que supuestamente deseas. Tu mente obedece a lo que le ordenas. Descubre lo que en realidad estás deseando. A veces deseamos el fracaso porque le tememos al éxito. A veces nos sentimos más protegidos con el fracaso que con el éxito. Las ideas y los pensamientos son actos para la mente. La mente no distingue entre el quiero y el no quiero. Siempre quiere. Siempre obedece. Siempre actúa. La mente no espera, la mente es. La mente no distingue entre lo positivo y lo negativo. Es energía que fluye y tiende a su realización. Vivir es realizar propósitos. Un propósito es el intento de algo. Cuanto más buscas, cuanto más intentas, más alcanzas. La energía de universo es inagotable, no tiene límites. Tu mente tampoco. Cuida tus pensamientos. Contrólalos. Un instante antes de que se produzcan, puedes ser consciente de ellos. Un pensamiento atrae a otro. Si es positivo, deja que atraiga a otros pensamientos positivos. Si es negativo, suéltalo, enfócate en otro cualquiera de signo contrario. Eres lo que piensas. Eres lo que estás pensando ahora mismo. Eres energía. Y la energía está allí donde están tus pensamientos.

lunes, 8 de agosto de 2011

SER REALES, ESTAR PRESENTES

(Foto: Ángela Trancón Galisteo)

No hay tiempo, sólo hay ahora. El tiempo es una construcción imaginaria, una ilusión.
No hay espacio, sólo hay aquí. El espacio es una construcción imaginaria, una ilusión.
El tiempo y el espacio no son más que el pensamiento del tiempo y del espacio.
Ni el ahora ni el aquí tienen límites: no pueden medirse.
Sólo existe lo que existe aquí y ahora. Sólo lo que existe aquí y ahora es real.
El pasado y el futuro no existen, sólo son imaginarios. No puedo hacer nada luego ni antes ni en otro lugar que no sea aquí. Todo lo que puedo hacer sólo lo puedo hacer aquí y ahora.
Si no hay tiempo no hay continuidad. Si no hay espacio no hay solidez. La continuidad y la solidez son construcciones mentales, imaginarias.

Vivimos sumergidos en el espacio, absorbidos por el tiempo, preocupados por la continuidad y atrapados en la solidez. Vivimos en la mente, o sea, dentro de las imágenes mentales que hemos construido de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. Las construcciones de nuestra mente absorben toda nuestra energía y atención.
Las imágenes son reales en nuestro cerebro, pero el contenido de esas imágenes no es real fuera de él. Esto significa que hemos quedado encerrados, encapsulados en un mundo interior imaginario.
Este mundo imaginario, sin embargo, no se sostendría ni tendría permanencia ni continuidad si no fuera al mismo tiempo sostenido, alimentado y reforzado por la actividad mental de los demás. Entre todos construimos el mundo imaginario en que vivimos. Ese es nuestro poder, pero también nuestra limitación y nuestra cárcel.

Para romper esta limitación, el primer paso es tomar conciencia de la trampa, de la ilusión, de la absorción en nosotros mismos, en la actividad interna de nuestro cerebro. Luego, comprender que todo cuanto vemos y pensamos es de naturaleza imaginaria y, por tanto, no tiene ni solidez ni continuidad, ni duración, ni extensión. Que todos estos conceptos son, como diría Espinosa, “entes de razón” y “entes de la imaginación”; no atributos de la realidad, sino la forma como tiene nuestra mente y nuestra imaginación de construir la realidad que nos rodea.

Que no hay tiempo, ni espacio, ni continuidad, ni extensión, ni duración, ni permanencia, ni solidez, sino sólo energía y conciencia, es algo que comprobamos al observar el contenido último de la realidad, lo que hay más allá del átomo, o sea, la realidad subatómica. La física cuántica ha tratado de explicarlo a partir de la observación de esa realidad cuántica. No se trata, por tanto, de una ocurrencia más o menos original, por más que sea una evidencia anti-intuitiva y contraria a lo que elaboran nuestros sentidos.

La sensación de que no somos reales, de que vivimos dormidos, de que somos incapaces de estar en el presente, nace de la “irrealidad” de esas construcciones de nuestro cerebro en las que hemos quedado atrapados. Paradójicamente, lo que hemos construido como sólido, continuo, permanente y duradero (incluido nuestro yo), no nos da la sensación de ser verdaderamente reales, no nos otorga la claridad ni la conciencia de ser y existir realmente. Una prueba de ello es que es que no nos creemos que realmente vamos a morir de verdad, de una vez y para siempre.
Sólo tratando de eliminar de nuestra mente el tiempo, el espacio, la solidez y la continuidad, podemos abrir una pequeña puerta por la que entre otra luz, otra claridad, otra sensación de realidad. Cuando se diluyen los límites del mundo, del espacio, del tiempo y la solidez, el mundo se vuelve más real y transparente.

En estas fechas, libres de horarios, obligaciones y rutinas, es más fácil intentar vivir esta experiencia de discontinuidad, de parar el tiempo, de diluir la solidez, de elevar la conciencia de ser, de sentirnos más reales y presentes. Lo más difícil, y lo más necesario para vivir esta estimulante experiencia, es liberarnos de la presión de los demás, de esa fuerza gravitatoria que nos amalgama con la mente de los otros, hasta el punto de creer que no existe más mundo que ese que construimos y mantenemos en nuestro cerebro.
Sólo liberando la energía y la atención que queda atrapada y absorbida por esa construcción e interpretación mental y social del mundo, a la que llamamos realidad, podremos atisbar un poco de la auténtica realidad y esencia del mundo y de nosotros mismos, eso que está más allá de la realidad mental e imaginaria en que vivimos (y malvivimos).

miércoles, 3 de agosto de 2011

LA PRIMA Y ELPRIMO DE RIESGO

El lenguaje se adapta a los cambios sociales, modifica los significados. “Los mercados”, por ejemplo, no son ya los lugares donde vamos a comprar verdura, carne o pescado. Tampoco son el mercado en general, o sea, la actividad de compra-venta de productos siguiendo la ley de la oferta y la demanda. Los mercados son hoy, por antonomasia, los “mercados financieros”, o sea, la compra-venta de dinero. El dinero se ha convertido en el gran tema (y en el gran problema).

Todo empezó cuando los bancos (¡de pronto!) se quedaron sin dinero, porque(¡supuestamente!) los deudores no podían devolverlo con los intereses pactados. A esto se le llamó descapitalización (no especulación y mala gestión) y se identificó con el apocalipsis: si los bancos quiebran, todo se viene abajo, empezando por nuestros ahorros. Así se nos asustó para justificar que el dinero público acudiera a salvar a la banca (o sea, a los bancos). Se hizo porque los Estados (¡se suponía!) tenían dinero suficiente y sobrante para “sanear” los bancos. Era de interés público, única forma de evitar el colapso financiero, lo que (¿a nadie?) convenía.

Pero aquí empezó el segundo problema: los que se quedaron sin dinero fueron los Estados, quienes, para no entrar en quiebra, pidieron a su vez dinero a los bancos. Lo pidieron emitiendo deuda (bonos), o sea, vendiendo dinero futuro para comprar dinero presente. Los que prestan dinero, o sea, los grandes bancos y agencias de inversión (que son casi lo mismo), imponen entonces sus condiciones: yo te presto dinero al interés que a mí me da la gana, calculado esto en función del riesgo que tengo de que no me lo devuelvas. ¿Y cómo calculas tú, oh mercado, ese riesgo? Tengo mis agencias de calificación que estudian tu economía, tu déficit, tus gastos e ingresos, y hacen un diagnóstico, un augurio, un vaticinio.

La pregunta más elemental es: ¿Y cómo sé yo que no me engañas, que no elaboras los informes, las calificaciones que a ti te convienen para presionarme y chantajearme y hacer que yo te dé más y más dinero por el dinero que me prestas? La diferencia de un punto en los intereses supone un beneficio astronómico. Si nos prestan 1000 millones a 10 años al 6%, por ejemplo, eso supone que hemos de devolver cada año por intereses 60 millones. Al cabo de 10 años (además de recuperar sus 1000 millones) el prestamista habrá ganado 600 millones limpios. ¡Menudo negocio! Pero eso en España. (Si pone esos 1000 millones en Grecia, el inversor se embolsará 1800 millones de beneficio). ¡Pero estamos hablando de refinanciar, este año, 170.000 millones de euros!

Todo esto es, evidentemente, un juego macabro, pues si yo no voy a poder pagar una deuda, cuanto más intereses tenga que pagar por ella más difícil va a ser que la pueda saldar o devolver. Lo lógico sería, para asegurar la devolución, bajar los intereses, no subirlos.
Como se ve, es un camino sin retorno, porque con más deudas, menos posibilidades de que los bancos presten dinero para la actividad económica, además de venderlo más caro. Con menos actividad menos ingresos del Estado, así que la quiebra se avecina. ¿Pero no es esto, quizás, lo que se busca? Aquí está el meollo de la cuestión, porque entonces Europa vendría a rescatarnos, o sea, que entonces serían todos los Estados los que asumirían el riesgo y no los inversores y nosotros todavía más endeudados.

Así que la prima de riesgo es un buen invento para que hagamos el primo. Sin primo no hay prima. Pero lo más repugnante de todo este vomitivo cambalache financiero es que el dinero como tal, el dinero real que representa a una economía real, ese dinero no tiene ninguna importancia, ningún valor, porque todo este monstruoso sistema se asienta sobre el dinero virtual, sobre números, sobre hipotéticos valores, sobre cuentas que circulan por ordenadores y viven en un mundo aparte, un mundo autónomo, imaginario, pura alucinación. Su relación con la economía real no es más que hipotética, basada siempre en supuestos y cálculos generales.
Vivimos en un mundo delirante, en el que el dinero virtual, su movimiento y acumulación, no depende más que de factores subjetivos, de la confianza, el riesgo, las valoraciones interesadas, los vaticinios, los rituales diarios que los brujos y hechiceros hacen cada día en la bolsa, el mercado de deuda, los informes de las agencias, todo el teatro montado para que los más poderosos sigan imponiendo sus normas, sus equilibrios de poder, sus recortes, sus sistemas de contratación, sus márgenes de beneficios, sus condiciones laborales, su todo.

Es virtual porque con él se puede seguir especulando hasta el infinito: vendiendo y revendiendo bonos (que no son más que dinero hipotético), se van aumentando los beneficios, que a su vez marcan el precio de los futuros bonos. Existen por sí mismos y para sí mismos, son agencias de inversión que pueden cambiar miles de millones de un lugar a otro en un segundo.

Mientras tanto, ¿qué pasa en el mundo real? Paro y sobrexplotación, que van unidos. Ganar menos y trabajar más. ¿Objetivo? No menos Estado, sino menos educación, sanidad, jubilaciones y servicios públicos, y más privados. No un Estado más eficaz, sino un Estado más al servicio de bancos, empresas y mercados financieros internacionales. No menos guerras, sino guerras bajo control, allí donde y hasta donde y cuando interesen. No más democracia, sino una democracia más manipulada, corrupta, disgregadora e impotente. No más seguridad, sino más miedo. Así hasta que el juego se vaya de las manos y suceda lo impredecible, pero muy probable: un verdadero caos. Y ya sabemos cómo solemos acabar con el caos. En el siglo XX lo hicimos muy bien. En Europa, dos grandes guerras y más 60 millones de muertos.