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martes, 28 de febrero de 2012

CRIPTOJUDAÍSMO E INQUISICIÓN (1)


(Foto: Isabel Díez)

Las huellas del judaísmo hispano son, sobre todo, invisibles. Han desaparecido la mayoría de las sinagogas, baños, cementerios, casas, palacios y barrios judíos (aljamas y juderías). Los restos arquitectónicos que perviven son, sin embargo, muy significativos y no dejan de seguir sorprendiéndonos. Recientemente, por ejemplo, en un pueblecito leonés donde viví un par de años siendo niño, Valencia de don Juan o Coyanza, se han descubierto los muros y arcos de una antigua sinagoga. En Valderas, el pueblo donde nací, se mantuvo una sinagoga medieval hasta 1927, convertida en ermita de la Vera Cruz. En contra de lo que se cree, sobre todo a partir de las matanzas de 1391 (en Sevilla se arrasaron 23 sinagogas y perecieron cerca de 4.000 judíos en una noche), muchas familias judías se empezaron a asentar en pequeñas poblaciones donde era más fácil convivir con los cristianos que en las grandes ciudades. El trato y el conocimiento debían favorecer la superación de prejuicios y estereotipos. La tolerancia, también en contra del tópico, era tradicionalmente mucho mayor en los núcleos y aldeas rurales.

Si las huellas físicas son escasas, las fuentes documentales son, sin embargo, bastante abundantes. El trabajo de investigación en este campo sigue siendo inmenso. A través de ellas podemos dar fundamento a la hipótesis que cada día se hace para mí más evidente: es imposible entender la historia de España desde finales de la Edad Media hasta hoy sin tener en cuenta la impronta psicológica y mental que dejó la presencia judía en nuestro país y la persecución obsesiva y cruel que originó su expulsión definitiva en 1492. 

En sucesivos artículos iré argumentando esta afirmación. Hablamos de una historia invisible, oculta, pero que ha dejado una huella profundísima en nuestra psicología, en el modo de entender las relaciones sociales, familiares y políticas. Hablamos de judíos expulsados (sefardíes), de los criptojudíos y de los conversos, de su relación con los cristianos, la Inquisición y los demás poderes del Estado. Hablamos de más de cinco siglos de persecución, de cientos de normas y miles de juicios, denuncias, torturas, sentencias, ejecuciones y confiscaciones; de miles de libros prohibidos y quemados; de una constante y agresiva propaganda antijudía llena de amenazas, insultos y humillaciones. Hemos de imaginar todo esto para comprender lo que ocurrió en nuestro país durante tanto tiempo, el ambiente turbio y la tensión psicológica que se respiraba en la vida cotidiana, en la que la sospecha y el miedo obligó al engaño, el secreto, la desconfianza, el espionaje, la obsesión por las apariencias, la mentira, desencadenando odios, venganzas, ambiciones, delaciones, sentimientos de indefensión, desesperación y culpa.
  
Lo más importante de la Inquisición no fue el número los condenados a la hoguera que, con ser elevado, fue relativamente pequeño. Lo importante fue la herencia psicológica, mental y cultural que dejó su larga actuación, sus métodos y sus procedimientos. De todo ello iré hablando en días sucesivos.

domingo, 19 de febrero de 2012

OJOS, MANOS Y CEREBRO


(Foto: S. Trancón)

Me fascinan las manos. Desde pequeño me he mirado mucho las manos. Es un buen ejercicio de concentración. Los ojos no resisten mantener fija la mirada en nada. Para sostenerla hay que hacer un esfuerzo sutil de atención; sin tensión, pero con determinación. Los objetos enseguida se desenfocan. Tenemos los ojos en constante movimiento, enfocando y desenfocando lo que vemos. En cuanto mantenemos fija la mirada en algo, lo que vemos se desenfoca, lo vemos doble y pronto queda envuelto en una nube. Yo suelo ver manchas amarillas y verde claras. Es bueno para los músculos orbitales y el nervio óptico: se relajan.

Mantener la mirada fija en las manos me produce, como cuando uno se mira fijamente a los ojos en el espejo, un escalofrío, un temblor que recorre todo el cuerpo. Es el toque del espíritu, porque uno toma conciencia de sí mismo y de su corporalidad. Las manos me hacen tomar conciencia súbita de mi condición animal: no son manos, son las extremidades de un animal, de un ave. Es enorme el parecido que tienen las manos con las garras de un águila.

La evolución del cerebro comenzó en las manos. Las manos han guiado nuestra transformación como especie, por eso mantienen la conexión con nuestro ser más primitivo. Todo lo hicimos con las manos. Todo lo seguimos haciendo con las manos.

Observar las propias manos produce extrañeza. De lo que uno se extraña es de su propia existencia. ¿De dónde han salido esas manos, cómo han podido aparecer, aquí, en este mundo, qué es lo que las sostiene y hace posible que se muevan, agarren objetos, manipulen y transformen el mundo? Actúan y se mueven como si tuvieran vida propia.
     
Hay que observar lo que hace el pintor, el músico, el artista, el artesano, el mecánico o el cirujano en sus momentos creativos. Entre su mano, su ojo y su cerebro no hay espacio ni tiempo. Es todo uno. Es una experiencia tan embriagante como inexplicable.

Todos los conceptos encierran un núcleo duro: su relación con las manos. Todo pensamiento ha nacido de las manos. Si vamos hacia atrás, recorriendo los conceptos hasta llegar a su origen, descubriremos que han nacido entre las manos, del contacto de nuestras manos y nuestro cuerpo con la materia y el mundo que nos rodea. Por eso pensar es también sentir. Si no pudiéramos tocar el mundo, todo acabaría desvaneciéndose en una nube fantasmal. ¿Existiría yo si no pudiera tocarme, palparme con mis manos? ¿Y el otro? Tomar conciencia de uno mismo y del otro siempre pasa por el misterio del tacto.   





viernes, 10 de febrero de 2012

YO NO QUERÍA HABLAR SOBRE TÀPIES

"Tapioles" 




Yo no quería escribir sobre la aberrante absolución de Camps, ni sobre el ensañamiento judicial contra Garzón,  ni sobre la garganta putrefacta de Gurtel, ni sobre el negocio corrupto de los viajes del Papa, ni sobre los despilfarros faraónicos (Fraga en Galicia, Fabra en Alicante, Gallardón en Madrid...), ni sobre la Real Familia y sus negocios, ni sobre los ERE de Andalucía… Yo no quería escribir sobre toda esa fosa séptica de la corrupción política, empresarial, judicial…, cuya lista de casos ya es abrumadora y se extiende por toda la geografía física, municipal, autonómica y estatal… 


Tampoco quería hablar del desmantelamiento del Estado, del Estado tal y como hasta ahora lo hemos conocido, o sea, como garante de unos derechos logrados después de más de un siglo de luchas, pactos y sacrificios colectivos: condiciones laborales, educación, sanidad, pensiones y servicios públicos básicos sostenidos con el dinero de todos.


Tampoco quería hablar sobre la crisis, sus mentiras, sus artífices y beneficiados, la constante y vomitiva propaganda destinada a difundir el miedo, a propagar el pánico para volvernos más sumisos, todavía más… Tampoco quería yo hablar del Gobierno, al que un 30% votó para que “hiciera las cosas como Dios manda” y “nos sacara de la crisis y acabara con el paro”, y cuyas primeras medidas no han hecho más que aumentar vertiginosamente el número de parados y desprotegidos… ¡Para acabar con el paro, no hay nada mejor que aumentar el número de parados… hasta que no quede ni un parado más! ¡Despido libre y gratuito!.. Por no hablar del parón de las energías renovables o volver a ofrecer la costa a los “emprendedores” del ladrillo para que destruyan lo poco que queda de nuestro patrimonio natural…


No, yo no quería hablar de todo esto, no quería envenenarme la sangre con el recuento de todos los males y amenazas que nos rodean, toda esa basura abrumadora de la que machaconamente nos hablan cada día los políticos, los banqueros, los jueces, los tertulianos, los sindicalistas, los periodistas de todo tipo y pelaje… Yo no quería hablar de todo esto porque creo que hoy es imprescindible, para salvaguardar el equilibrio mental, no caer en la trampa de la tensión, la ansiedad, la provocación, los insultos a la razón y a la verdad y el desprecio a un mínimo sentido de la justicia, ese tsunami de confusión y mentira que se propaga cada día por todos los rincones del planeta. Salvaguardar un espacio íntimo e interior insobornable al pesimismo, guardar todas nuestras energías, no para alimentar la cólera o la rabia, a la que apenas podemos dar salida porque los cauces políticos por los que debiera canalizarse están cada día más obstruidos, más encenagados y dominados por la presión de los poderosos; no despilfarrar nuestra energía en alimentar la desesperación sino enfocarla siempre en algo positivo, creativo, dinamizador de la conciencia, la serenidad y la alegría, a la que no debemos renuncia por nada del mundo…


Yo no quería hablar de nada de esto, y tampoco quería hablar de Tàpies, ese señor tan pedante y santurrón al que, ¡oh sospechosa unanimidad!, todos los medios y medias, de derecha y de izquierda, del centro y de la Patagonia, del Moma al Reina Sofía, consideran el último genio de la pintura… De Tàpies, ese pintor de brocha gruesa al que el Rey otorgó un Marquesado, tan catalán y tan de izquierdas, pero que pintaba a dos manos como lo hace un niño en ese estadio que llamó Freud “fase anal”, fascinado por eso que sale del santuario de su cuerpo… ¡Y qué terrible escuela de imitadores ha dejado! ¡Aduladores en vida, mercachifles astutos y cabezas ovinas que van a admirar la maravilla artística (¿?) de alguien que sería incapaz de pintar un grafiti! No, no quería hablar de esa otra gran mentira, la del mal llamado “arte moderno”, cuyo mayor mérito ha sido hacer todo lo posible por destruir la pintura.


No, yo no quería escribir lo que he escrito, pero me ha salido así, contra mi propósito y voluntad. Algunos dirán que he dado rienda suelta a mi vena izquierdista y anarquista, pero no, nada de eso. De lo que hablo, contra lo que me rebelo es contra el engaño, la impostura, la mentira, la humillación y la desesperación. Y esto, si bien se mira, no es de izquierdas ni de derechas, sino de izquierdas y de derechas. O debiera serlo, y por igual. Incluso, si bien se mira, todo este discurso, un tanto abrupto y sarcástico, es más bien conservador y de derechas. Pero claro, de una derecha que no existe, que no ha existido nunca. ¿Y de izquierdas? Algo hubo, ¡pero vaya usted a saber por qué cerros de Úbeda se ha despeñado!



ALGUNOS JUICIOS, DITIRAMBOS  Y TONTERÍAS QUE SOBRE LA OBRA DE TÀPIES HAN ESCRITO ESTOS DÍAS ALGUNAS DE LAS CABEZAS MÁS PENSANTES DE NUESTRO PAÍS, INCLUIDA LA DE RAJOY


      "Pintor de elocuentes paredes que silenciosamente hablan a la imaginación". 
"Alentador concreto de la voluntad de ser de Catalunya para el que despachaba visados de futuro, en valiente e impactante cartelismo"
      "Uno de los grandes maestros vanguardistas del siglo XX y referente indiscutible del arte contemporáneo mundial"
“Su emblemática escultura Núvol i cadira (Nube y silla), que se eleva hacia el cielo como una voluta de genio deshaciéndose en la inmensidad del oscuro universo”.
      "Está pintado, escrito, raspado... está la hebilla de un cinturón, papeles clavados con chinchetas y luego rotos y pintados encima"...
"Tàpies es un gigante y como todo el mundo sabe, los gigantes nunca mueren".
      "Cataluña pierde a su pintor extraterrestre".
"Tàpies provocó una revolución en provecho de la belleza, con materiales pobres -tierra y arena, desechos y alquitrán-, para restituirles la dignidad que habían perdido".
      "Genio eterno de la materia, a Tàpies se le recordará sobre todo por ser el artista de lo matérico. Por la densidad de sus pinturas. Por el gesto. Por la caligrafía. Y los signos (las cruces, las T, las A, las flechas...)".
       “Su mensaje se centra en la revaloración de lo que se considera bajo, repulsivo, material (no en vano Tàpies escoge a menudo temas tradicionalmente considerados desagradables y fetichistas, como un ano defecando, un zapato abandonado, una axila, un pie y otros similares)”.
       “Su arte es un sólido motivo en favor de la democracia, la libertad de expresión y la paz (...) en su obra se expresa la voz de la humanidad”.
       “Si algunas de sus obras parecen garabatos, acumulaciones de insignificancias, es porque así entendió la realidad desde el momento en que, desde niño, le dijeron que hacer caridad y practicar el bien era sacar una espina del corazón de las almas dolientes.”
      “Cabría subrayar en la obra de Tàpies la capacidad de identificación que ha tenido un país, Cataluña, con su obra. Su pintura deviene casi epidermis de una cultura y a su vez nos ofrece adentrarnos en otro territorio (…), que es el territorio de lo sagrado”.
      “Como si el volcán acabara de eructar su último aliento, hoy deja atrás una dura y abundante ceniza en el panorama de la pintura”.


(Algunos "Tapioles", como díría Boadella)