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lunes, 20 de enero de 2014

REFLEXIONES METAFÍSICAS

(Fotos: Isabel Trancón)


La filosofía, como reflexión metafísica, ya no interesa a casi nadie. A mí, sin embargo, me sigue fascinando. Adentrarse en su laberinto, estimula y reconforta. Produce un efecto purificador de la mente.

El sefardí Baruj Espinosa es uno de mis filósofos preferidos. Dice: “Entiendo por sustancia aquello que es en sí, y se concibe por sí; es decir, aquello cuyo concepto no necesita del concepto de otra cosa para formarse”. Me paro a meditarlo.

Mi mente apenas puede concebir algo que exista en sí o por sí mismo. Todo lo concibe causado o producido por otra cosa. Así parecen confirmarlo mis sentidos. Todo lo nuevo que surge ante mis ojos proviene de algo: de la semilla brota la planta, de las flores los frutos, del vientre de la leona los cachorros, de las nubes la lluvia, de mi garganta un grito.

Pero si reflexiono un poco, esta evidencia se vuelve enseguida confusa e insegura. Que yo establezca una relación de causalidad entre dos fenómenos, basándome exclusivamente en su contigüidad espacio-temporal, no deja de ser algo arbitrario. No todos los fenómenos contiguos establecen entre sí una relación de causalidad, ni las mismas causas producen siempre los mismos efectos, ni los mismos efectos son siempre producidos por las mismas causas, ni siempre puedo establecer o comprobar el mecanismo mediante el cual una causa produce un efecto, etc.

La relación causa-efecto se basa casi siempre en un proceso invisible y muy difícil de comprobar. Necesitamos darlo por supuesto basándonos en estadísticas o probabilidades. “Casi siempre ocurre así” o “nunca ocurre de modo contrario”, como el que si una manzana se desprende del árbol no vaya a parar al suelo.

Pero ahí está Espinosa para decirnos que la sustancia es algo que existe en sí mismo y por sí mismo y que no necesita de ninguna otra cosa o concepto para formarse. Por ejemplo, el universo. El universo existe por sí mismo y no necesita ninguna otra causa o cosa para formarse y existir. Su esencia es inseparable de su existencia. No procede de nada que no sea sí mismo. Por tanto, es algo eternamente preexistente sin que proceda de nada anterior.


Si yo trato de entender esto, acabo imaginando que el universo ha surgido de la nada; y entonces debo otorgar a la nada la capacidad de autoengendrase, autoconcebirse y autotransformarse, pero sólo desde sí misma, sin necesidad de recurrir a ninguna fuerza o causa externa. Ahí me quedo, apenas puedo ir más allá. Tan inconcebible es para mí esa sustancia eterna como la nada absoluta: ambas serían lo mismo.

Una conclusión práctica: todo, a pesar de lo que me dicen mis sentidos, forma parte de una sustancia eterna y de una nada absoluta. También yo mismo. 

viernes, 10 de enero de 2014

¿LA MEJOR NOVELA DEL AÑO?



En los balances de fin de año, El País ha elegido a Intemperie, de Jesús Carrasco, como la mejor novela del año. Caí en el reclamo publicitario y regalé el libro a un amigo. Grave error. Siempre es arriesgado regalar un libro, pero mucho más hacerlo fiándose de las críticas de los suplementos culturales o las revistas, porque hoy, sencillamente, no existe la crítica literaria, ha desaparecido por completo. Lo que queda son gacetilleros que escriben lo que creen que deben escribir. Y lo peor es que muchos lo hacen convencidos de que sus opiniones son las más justas y acertadas.

A mi amigo no le gustó nada esta novela. Decidí leerla y comprendí su reacción. La novela es un disparate argumental, inverosímil, cochambroso y desagradable. Me costó llegar al final. Nunca más volveré a regalar un libro sin leerlo antes.

¿Qué han visto en ella los críticos y los lectores? Reconozco que la prosa tiene ritmo; que, a pesar de las arbitrariedades y extravagancias descriptivas, el autor logra crear una atmósfera densa y opresiva que contiene alguna intriga, y que, si uno es un lector sin escrúpulos, hasta puede llegar a interesarse por la peripecia de un niño y un viejo mugrientos, a los que persigue un alguacil perverso y malvadísimo. Pero todo está construido con trucos tan burdos como arbitrarios, hechos para llamar la atención y exhibir una originalidad artificial: cierta crudeza y truculencia descriptiva, dislocaciones semánticas y rarezas comparativas, una simplificación argumental llena de reiteraciones, insinuaciones simbólicas envueltas en vaguedades líricas, dosis recargadas de “realismo sucio” y mucha impostura ruralista. He aquí algunas citas que hablan por sí solas:

Lamió la barra de carne” (se refiere al salchichón).
Sintió el pataleo de liebres que escapaban” (imagínate a las liebres pataleando y escapándose...)
En lo que a él respectaba, se alejaban del pueblo”(en lo que mí respecta...)
Sorbió los mocos para despejar los conductos” (no para otra cosa).
La voz del viejo brotando de la mismísima tierra, abriéndose camino entre las capas rocosas para reventar el hongo maloliente en que vivían” (el viejo no ha dado un grito, sólo le ha dicho al niño “no temas”, pero su simple voz produce efectos cósmicos).
El cabrero terminó de orinar y luego se sacudió. Cuando se dio la vuelta, el niño apreció la humedad de sus pantalones y cómo, de la bragueta, asomaba rosado su glande” (...¡!..).
Le clavó los talones al asno, arrancándole un corto trotecillo que le alejó del castillo entre eructos agrios” (¿eructos de quién, del burro o del niño? Menos mal que el trotecillo era “corto”).
Atizaba al asno con la vara, haciendo que el animal rebuznara incómodo” (¿sabrá lo que es un rebuzno? ¿Y un asno?)
Miles de millones de estrellas sobre su cabeza, muchas de ellas ya muertas, enviaban su luz a guiños” (menos mal que no la enviaban a chorros y que, además, estaban ya muertas).
El pensamiento como un cincel frío sobre sus tiernas fontanelas o una afiladísima gubia levantando la piel de sus codos en busca del hueso blanquecino” (se refiere a un recuerdo que le atravesaba “las fontanelas”, porque tenía varias, no una sola, como el resto de los mortales).
La mezcla de hollín, polvo, sangre y orina formaba churretes oscuros que le corrían por las piernas”. “Se despertó acalorado y con sensación de humedad en los pies. Abrió los ojos y vio el final de sus piernas enterrado en un montón de excrementos del burro, con restos de orina alrededor” (el niño vive entre inmundicias, pero es muy sensible y tiene un olfato increíble:).
Olía a madera carcomida y a tripa seca de embutir”. “Olía a sombra y a aceitunas podridas”. “Olía a cebolla seca”. “Olía a lino húmedo y a quietud, o a cal y barro de adobe amontonándose sobre los rodapiés” (la casa de adobe, medio derruida, tiene “rodapiés”, y sobre ellos se amontona el olor a “barro de abobe”).
Simplemente se quedó junto al viejo encorvado, sintiendo el roce del cielo con la Tierra” (fíjese en esta mayúscula: el relato tiene preocupaciones ecológicas cósmica, y el niño es capaz de “sentir” el “roce” del cielo).
Vemos “un garfio romo”, “un sembrado yermo”, “una sombra rala”... Maestro del oxímoron.
El viejo es muy hábil, caza a una rata que está en la panza de un buey muerto colocando una manta en el ano del animal... La rata, por supuesto, se la comen el niño y el viejo.
Un pozo medio seco, de más de seis metros de profundidad, está lleno de lombrices y renacuajos... (¿habrá visto alguna vez un pozo, una lombriz o un renacuajo, o se lo han contado?)
El cabrero le enseña al niño a ordeñar las cabras, “otorgándole en ese instante la llave de una sabiduría perenne y esencial” (ordeñar una cabra es un arte dificilísimo, un compendio de sabiduría universal).
Todavía era de noche cuando le despertaron las hormigas” (eran madrugadoras estas hormigas).

El relato es todo él una impostura: el autor, o no ha vivido jamás en un pueblo, o no se ha enterado de nada. Su ruralismo es inverosímil, inimaginable e inexistente. Nos describe un pueblo campesino que tiene estación de tren y silos, pero en el que sólo el alguacil y el cura tiene gallinas o animales de corral. ¿Y de dónde ha salido ese alguacil, y por qué se convierte en representante del poder más abyecto y sádico? ¿De qué campo extremeño nos habla?

Buscar la originalidad a base de extravagancias y frases rebuscadas, describir situaciones y movimientos absurdos, usar términos en desuso para demostrar conocimientos rurales especiales. Describir realistamente un espacio que no logramos reconocer en ningún momento, porque está hecho de retales, de rotos cosidos con aguja gorda; un lugar árido como un desierto, pero por allí aparecen encinas, chopos, alisos, fresnos, pinos, robles, un almendro, una higuera, una parra, una palmera... La palmera está “carcomida” y su tronco tiene un gran agujero... ¿Habrá visto el autor alguna vez el tronco de una palmera? Una manta le cubre al cabrero el cuerpo entero, “desde los pies hasta la coronilla”, por si no nos habíamos enterado.

Se recrea el autor en lo escatológico, la podredumbre, lo maloliente, la suciedad, la degradación física y la miseria. Un tullido sin piernas se mueve sobre una tabla con ruedas y vive sólo en un pueblo de tierra abandonado, pero rodeado de la mayor abundancia: jamones, chorizos, legumbres, pan, tocino, nueces, perrunillas, vino de pitarra...


¿Qué indica todo esto? Que es más fácil escribir sin ton ni son, sin orden ni concierto, sin exigencias de verosimilitud espacial y argumental, como si no existiera ningún principio de coherencia en la creación de mundos literarios, que ajustarse a la construcción de realidades verosímiles y autoconsistentes, por muy imaginarias y ficticias que sean. Lo sorprendente es que una novela tan indigesta haya sido elevada al primer puesto de la creación literaria de nuestro país. ¿Otro síntoma de nuestra degradación general?