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miércoles, 27 de mayo de 2015

LAS MONJAS TRABUCAIRES



Trabucaire viene de “trabuc”, y así se les llamó a los bandoleros que protagonizaron las guerras tribales y territoriales en Cataluña desde finales de la Edad Media hasta el siglo XVIII, fenómeno singular que tan bien reflejó Cervantes en el Quijote, pero del que habló también en la Galatea, el Persiles y Las dos doncellas. Además de la cortesía, destacó Cervantes el carácter vengativo y violento de los catalanes, algo que no se suele tener en cuenta, ni que su elogio de Barcelona comienza con el de “honra de España”. Viene a cuento recordarlo porque, en contra de lo que suele creerse, la esencia del movimiento independentista catalán ni es democrática ni pacífica, por más que nos hayan vendido todo lo contrario. Habrá que mencionar, por poner un solo ejemplo, a Prat de la Riba, uno de los padres del independentismo, defensor del odio racial como el único camino para lograr la segregación y descontaminación de España.

Trabucaires se les llamó también a los curas carlistas que al grito de “Dios, Patria y Rey” tomaron los trabucos para luchar contra la legítima heredera Isabel II y tratar de imponer al hermano de Fernando VII, Carlos María Isidro Benito de Borbón y Borbón-Parma. La carlistada duró casi un siglo, y recordemos que la última intentona fue, en 1900, el Alzamiento de Badalona. Estos trabucaires resurgieron durante la “última” guerra civil (¿quién nos asegura que algún día no habrá otra?), hasta el punto de que muchos pueblos de Navarra se quedaron sin curas para decir misa porque todos se habían ido a matar rojos al frente.

Bueno, pues de nuevo tenemos que hablar de trabucaires o trabucairas, pero, fenómeno nuevo, ahora se trata de monjas que, sin dejar de haldear con sus faldones, han decidido abandonar el convento para irse a tomar las armas modernas del independentismo, o sea, los platós de tv, las portadas de los periódicos, internet, las asambleas populares, los mítines y los comités centrales. Ahí tenemos a sor Lucía Caram, recién nombrada “catalana del año”, en medio de Trías y Mas, oronda y satisfecha, predicando las bondades que la independencia traerá a los pobres. Esta monja argentino-catalana, lo mismo nos enseña a freír un güevo que a planchar la estelada con agua bendita. No menos arrogante es sor Teresa Forcades, que aspira a ser presidenta de la Generalidad si el Vaticano le otorga un “indulto de exclaustración” temporal para poder dedicarse a la evangélica tarea de liberar al pueblo catalán de las garras de España.

(Foto: A.T.Galisteo)

Los periodistas mentecatos dicen que son muy “mediáticas” y que por eso las jalean, llevan y traen. Al Papa Francisco parece que no le gustan estas andanzas, tan contrarias a la universalidad apostólica y la neutralidad cristiana. Estoy seguro de que no logrará “pararles los pies”. Tendría que empezar por destituir a toda la obispada independentista, incluyendo a los monjes montserratinos. Ya Mas ha dicho que “Madrit” está detrás del intento vaticano de alejar a sor Lucía del activismo separatista.

Con lo que ha costado ir separando a la Iglesia del Estado, resulta inquietante ver ahora a estas monjas que, aprovechando la aureola que les otorga el Evangelio, se dedican a dividir aún más a la sociedad catalana y a enfrentarla con el resto de España poniéndole pólvora al trabuco independentista. Que algunos confundan esto con el compromiso evangélico de la justicia y la defensa de los pobres, es una prueba de hasta qué punto el virus nacionalista obnubila la mente y las conciencias.


miércoles, 13 de mayo de 2015

ME GUSTA, NO ME GUSTA: EL DILEMA DE VOTAR


¿Con qué se vota? ¿Con el corazón? ¿Con la cabeza? Por un lado está la imagen del votable: ¿qué nos dice su pinta, su aspecto, su rostro? Es la primera impresión. Influye mucho. No vemos sólo una imagen: nos proyectamos sobre ella y la interpretamos según nuestra propia teoría “fisiognómica”. Cada uno ha elaborado la suya a lo largo de los años, desde sus primeras experiencias infantiles. De niños nos gusta observar a los demás, necesitamos aprender a predecir su conducta.

El resultado es un “me gusta, no me gusta”. Filtramos toda la información y la sintetizamos en esa dicotomía. La sobrevaloración de la imagen tiene su fundamento en este modo simple de valorar y juzgar al otro. Un rostro simétrico, agradable y atractivo tiene, en principio, una mayor predisposición al “me gusta” que al “no me gusta”. ¿Pero basta esto para decidir el voto?

Está claro que no. ¿Es agradable el rostro de Aznar, de Rajoy o de Esperanza Aguirre? Haciendo una estadística a ojo de buen cubero, parece que a los votantes de la derecha no les importa mucho esa teoría fisiognómica de la simetría y el gusto. Tampoco les importa a los de Esquerra Republicana, por poner otro ejemplo a vuela tecla. Hay que combinarla con otros factores. Puede no gustarnos alguien y reconocer, sin embargo, su valía, su capacidad o su talento. A mí me pasa con Messi. Su cara y su pinta no me gustan, pero admiro su habilidad y talento futbolístico.

Así que, aunque haya un porcentaje de votantes que no pasa del “me gusta, no me gusta”, la mayoría buscamos otros datos que confirmen o desmientan esa primera reacción emocional. Si no nos gusta alguien y nos convence por otros motivos (sus ideas, su trayectoria, su modo de hablar, el partido al que representa, etc.) tendemos a buscar la coherencia o consonancia cognitiva, y acabamos viéndole más agradable o atractivo. Lo mismo pasa en sentido contrario, cuando alguien nos gusta a primera vista, pero luego conocemos sus ideas o su conducta y nos vemos obligados a modificar la imagen que nos habíamos hecho de él.


Así que votar es resolver el dilema de “me gusta, no me gusta”. No tenemos más remedio que combinar el “quién, qué dice y cómo lo dice”, con el “qué hace”, “qué piensa” y “qué siente”. No es fácil, da mucho trabajo. En los últimos años hemos comprobado que la política está llena de trapaceros, mentirosos, ladrones, corruptos y psicópatas. Algunos de rostro avieso, otros angelicales. Cualquiera se fía.