Follow by Email

PINCHA SOBRE ESTA IMAGEN PARA VER VÍDEO (Booktralier)

PINCHA SOBRE ESTA IMAGEN PARA VER VÍDEO (Booktralier)
Puedes adquirir el libro enviando un mensaje a huellasjudias@gmail.com

miércoles, 28 de octubre de 2015

ALGUNAS DIFERENCIAS ENTRE ISRAEL Y PALESTINA

(Foto: S. Trancón)
En Israel, ni el gobierno ni la población exalta y convierte en héroes a los pocos judíos incontrolados que han matado a palestinos: se les llama terroristas y se condenan públicamente sus crímenes, incluso con manifestaciones masivas de rechazo.
En Palestina, las autoridades y la población exaltan, homenajean, dedican calles y plazas, y recompensan a los cientos de terroristas palestinos y a sus familias con dinero (hasta 4.500 dólares mensuales) y reconocimiento social. En Palestina se celebran los acuchillamientos, masacres, atropellos y lanzamiento de cohetes. Se exhibe la sangre, el horror y el terror, incluso inventando mártires y cadáveres (como el caso del niño terrorista que acuchilló a otro niño judío -que está en estado crítico- y del que Mahmoud Abbas, a través de la TV, dijo que había sido ejecutado a sangre fría y sin embargo vive y está siendo curado en un hospital israelí).
En Israel los árabes viven sin miedo a ser acuchillados, tiroteados o atropellados por cualquier judío cuando salen a la calle, esperan en la acera o suben a un autobús. Los judíos, en cambio, están permanentemente amenazados por cualquier terrorista en cuanto salen a la calle o desprotegen sus casas.
En Israel viven voluntariamente casi dos millones de árabes y palestinos. En la mayoría de los países árabes no puede vivir ningún judío porque es asesinado o expulsado inmediatamente.
Israel siempre ha aceptado a palestinos en su territorio. Ningún estado árabe, en cambio, quiere ni acepta a palestinos en su tierra. Jordania, Irán, Egipto, Siria y el Líbano han expulsado a casi un millón de palestinos de su territorio y no los quieren ni siquiera como refugiados.
Israel es un estado plenamente democrático, donde los árabes y musulmanes tienen voz, voto y representación parlamentaria. La mayoría de los estados árabes son dictaduras de origen tribal o teocrático donde no existe ni libertad religiosa, ni de expresión, ni protección jurídica alguna, donde se ejecuta a homosexuales y “adúlteras”, y se somete a la mujer a todo tipo de humillaciones.
Israel es un país libre a la vanguardia del progreso, la investigación y la tecnología. Palestina vive de la ayuda internacional y es incapaz de organizar una sociedad democrática, moderna y productiva. El problema no es la falta de territorio (sobra territorio en Siria y Jordania, que también han ocupado tierras “palestinas”), sino de su sometimiento al control de minorías terroristas y corruptas como Hamás o Al Fatah.
Los palestinos son educados en el odio antijudío y su principal objetivo es acabar con Israel. La mayoría, que quisiera vivir en paz, está dominada y sin capacidad para liberarse del control del fanatismo religioso y terrorista. No es una sociedad libre ni democrática.
Los israelíes (como cualquiera de nosotros) tienen derecho a defenderse y atacar a quienes intentan asesinarlos, pero no están interesados en usar la fuerza de forma indiscriminada y desproporcionada, entre otras razones porque saben que así no solucionan el problema, sino lo contrario. Si hay más muertos palestinos que israelíes es porque los israelíes dedican mucho esfuerzo y recursos para defenderse y porque los palestinos atacantes son muchos y lo hacen en condiciones abiertamente suicidas. Nada tiene que ver con una supuesta crueldad o “desproporcionalidad” en los medios de autodefensa empleados.
Etcétera.
No hay posible equiparación y, por tanto, no hay posible equidistancia. El conflicto palestino es algo sostenido y alimentado por dictaduras teocráticas y tribales como arma política e ideológica para mantenerse en el poder y dominar fanática y religiosamente a sus sociedades, mientras viven del negocio millonario del petróleo, cuyos intereses coinciden con los de las multinacionales de Europa y América. Lo demás es cuento. Un cuento sangriento que ha convertido el terrorismo en heroicidad y la exaltación de la sangre y la muerte en espectáculo perverso y rito obsesivo de pertenencia.


jueves, 15 de octubre de 2015

EL MIEDO Y LA DEMOCRACIA



(Foto: S. Trancón)
http://www.cronicaglobal.com/es/notices/2015/10/elogio-del-miedo-26652.php

El miedo tiene muy mala prensa. Sentir miedo se identifica con debilidad y cobardía, pero son sentimientos muy distintos. El miedo es natural, y no conduce necesariamente a la cobardía; puede provocar, por el contrario, la valentía. El tener miedo es un recurso evolutivo imprescindible para la supervivencia. Es una alarma que nos alerta del peligro.

Para dominar el miedo hay que distinguir entre miedos reales y miedos imaginarios. Los dos pueden ser igualmente dañinos si provocan reacciones desproporcionadas de ataque, huida, pánico o parálisis. De aquí la importancia de objetivar el miedo, valorarlo y controlarlo adecuadamente.

El miedo es una poderosa arma política: tiene gran capacidad de influencia en la creación de estados de opinión, que son también estados de ánimo. Precisamente porque es poderoso, es muy difícil usar políticamente el miedo de modo correcto. ¿Es aceptable el uso del miedo en una sociedad democrática?

Cuando una sociedad democrática llega a una situación en la que es la convivencia y el orden social lo que se pone en juego, alertar de los peligros no sólo es necesario, sino obligatorio. Es lo que está sucediendo hoy en Cataluña. No hace falta inventarse nada, alentar miedos imaginarios. Que una Cataluña independiente saldría automáticamente de la UE, de la OTAN, de la ONU y de otros organismos internacionales, eso no es inventarse nada, sino alertar de un peligro real. Lo mismo podríamos decir del futuro de las pensiones, la exclusión del Barça de la Liga, el hundimiento del comercio con España, el riesgo de impago de la deuda, la deslocalización de empresas y bancos, la huida de capitales e inversiones extranjeras, la desprotección ante el terrorismo, la imposible defensa de las fronteras, etc.

Hablar de todo esto no sólo es políticamente legítimo, sino democráticamente necesario. No hacerlo por miedo a la reacción de los independentistas, es un buen ejemplo de lo que no se debe hacer: sucumbir al miedo. Claro está que hay que hacerlo con objetividad, sin aspavientos ni añadidos innecesarios. Nunca es tarde, pero la precipitación con que el PP y los empresarios han intentado alertar a los catalanes sobre los peligros del independentismo (después de años de silencio y complicidad), es una muestra de ceguera, oportunismo y cobardía que ha tenido una peligrosa consecuencia: que muchos catalanes no sólo no les han creído, sino que su alarmismo les ha servido para elevar su épica de heroica resistencia.

Despreciar el miedo, los peligros reales, es una patología individual y socialmente tan perniciosa como su contraria. El independentismo catalán parece propenso a los delirios de grandeza y omnipotencia, cuyo síntoma más evidente es el desprecio de los peligros reales que acarrea una independencia basada en la ruptura y el desprecio al orden democrático, la desobediencia y la imposición estalinista de un “nuevo orden anticapitalista”. Parece que esta hoja de ruta empieza a alertar a la mayoría “moderada” del independentismo que quisiera lograr su objetivo sin estridencias, ocultando todos los desgarros. Ya no se trata de rechazar a la miserable España, sino de saber qué Cataluña es la que se les viene encima. A lo mejor pasan del rencor y el odio a España al miedo a una República Catalana Anticapitalista al estilo de Kim Yong-un.  


Sí, el miedo es necesario. El argumento del miedo es democráticamente legítimo y necesario. Sólo el principio de realidad nos salva de los delirios y las aventuras temerarias. Si, por torpeza y ansiedad, somos incapaces de objetivar el miedo y usarlo para tomar conciencia de los peligros reales que acechan a la sociedad catalana y española, habremos perdido el último recurso con el que una democracia se salva a sí misma: el miedo a su propia desaparición.

jueves, 8 de octubre de 2015

EL MAL, LA MALDAD Y LOS MALVADOS

(Foto: S.Trancón)

Por más que la ciencia ponga en duda nuestra libertad de elección (lo que antes llamábamos “libre albedrío”, que suena a trino de pájaros), es imposible desterrar del lenguaje y la mente la idea del mal, la maldad y los malvados. Son tantos los ejemplos diarios que nos muestran el mal en estado puro, que de poco valen las explicaciones científicas basadas en la biología, la psicología, la neurociencia o la física cuántica. Al final de toda la cadena de determinismos hay algo que nos hace humanos, y es la posibilidad de tomar una decisión u otra, hacer algo o no hacerlo, hacer esto o lo otro, de donde se deriva la responsabilidad individual como hecho ineludible. Por más problemático que sea el juzgar, responsabilizar y condenar a alguien por la maldad de sus actos, la sociedad se vendría a bajo si prescindimos de ello. Otra cosa es el castigo o la condena, donde caben todos los atenuantes y consideraciones.

No podemos definir ontológicamente el mal, pero sí la maldad, que es cosa humana. Causar de forma consciente y voluntaria daño y sufrimiento a los otros, pudiendo no hacerlo, eso es maldad. Todos, a lo largo de nuestra vida, hemos actuado con maldad algunas veces, conscientes de que hacíamos daño a otro, pero la mayoría realizamos estos actos, llamémosles "de pequeña maldad", de forma circunstancial o transitoria, movidos por emociones del momento: rabia, envidia, miedo, venganza, frustración...

Estos actos de "maldad leve" no nos hacen malos, pero nos pueden ir insensibilizando hasta convertirnos en malas personas. Todos conocemos a buenas personas que han acabado siendo malas. Si uno no vigila sus reacciones, el paso de los años y la vida (que suele ser "escuela de maldades") nos acaba haciendo malas personas. Debería ser lo contrario, que el tiempo nos fuera haciendo cada vez más lúcidos, serenos y mejores personas. Pero esto no se logra "dejándose llevar", sino siendo muy vigilantes y críticos con nuestras reacciones y actos. Porque no existe ni la bondad ni la maldad natural. Ni Rousseau ni Hobbes. Ni angelismo ni satanismo antropológico.


Preferimos creer que somos naturalmente buenos porque es más tranquilizador, y por eso nos cuesta tanto aceptar la existencia de asesinos, ladrones, torturadores, mentirosos, egoístas, perversos, caraduras y psicópatas. Pero haberlos, haylos. Disculparlos, ignorarlos o perdonarlos, no nos hace mejores personas. Quien consiente o acepta la maldad acaba siendo cómplice y responsable de ella. Conviene tener estas ideas claras cuando nos encontramos alrededor con tantos ejemplos de maldad, perversión y envilecimiento. Cuanto más poder, mayor es el grado de maldad. Haga el lector la lista de los que hoy, desde el poder, actúan causando un inmenso daño, dolor y sufrimiento a sus ciudadanos. Causando el mal. Y el mal es siempre, en sí mismo, algo irreparable.

sábado, 3 de octubre de 2015

¿ES EL INDEPENDENTISMO CATALÁN UN MOVIMIENTO IRRACIONAL? (I)


(Fotos: S.Trancón)

¿Es el independentismo un movimiento irracional? Sin duda lo es para cualquiera que compare las declaraciones y proyectos independentistas con la objetividad de los hechos. Hay una enorme distancia entre sus razones y propósitos y la realidad de los datos y los análisis, especialmente en el terreno económico, jurídico y político. Hablamos entonces de mentiras, falsedades, tergiversaciones y manipulaciones. Como el discurso independentista parece inmune a esas críticas y pruebas de realidad, acudimos entonces a otro tipo de apreciaciones: disparate, zafiedad intelectual y marrullería (Javier Marías), locura esencialista (Juan Goytisolo), anacronismo inconcebible (Emilio Lledó), ilusión platónica (Francisco Rico), ficción maligna (Vargas Llosa), etc.a, en sueño, ionergiversaciones oeudimos entonces a otro tipo de argumentos y hablamos de disparate, locura, delirio, fantasnes Todo esto es válido, responde a un ejercicio de libertad y racionalidad imprescindible, pero algo falla, algo se nos escapa y buena prueba de ello es el tono cada vez más desesperado o derrotista de algunos. Habrá que enfocar el análisis desde otra perspectiva, encarar el problema desde dentro, tratar de comprender la racionalidad y la lógica interna del independentismo.
            Lo primero que constatamos es que hay una gran diferencia entre aquello que los independistas dicen ser desde el punto de vista democrático, y lo que son. El independentismo se presenta como un movimiento democrático, pacífico y pacifista. ¿Lo es? El independentismo se ha apropiado hoy de la legitimidad democrática en Cataluña mientras enmascara y utiliza sistemáticamente métodos antidemocráticos. Los ejemplos son innumerables, desde la imposición de la inmersión lingüística (caso único en el mundo) en contra de la lengua propia y materna de la mayoría de la población de Cataluña (incumplimiento incluso de las leyes sobre la enseñanza mínima del español), hasta el proyecto de declaración unilateral de independencia, que el independentismo se propone llevar a cabo sin recabar siquiera el apoyo legal de una mayoría cualificada.
Pero, además, el proceso independentista no es pacífico, por más pacifista que se proclame. Se confunden muchos al comprobar que, en efecto, no existe violencia física ni se recurre a ella por parte del independentismo. Se confunden ignorando, o no queriendo ver, que existen muchas formas de violencia que sí utiliza conscientemente el independentismo. El insulto, la agresión verbal y la marginación de todo aquel que se oponga a la propaganda y los planes separatistas es algo que se ha practicado con inusitada violencia desde los tiempos del grupo terrorista Terra Lliure hasta hoy mismo.
Una prueba de esa violencia encubierta es el miedo que existe hoy a expresar públicamente cualquier idea a favor de España o lo español. Lo contrario, en cambio, está socialmente bien visto, como recordarán cuando Rubianes se cagó en la puta España. Podríamos hablar también de la violencia e intimidación (maltrato psicológico) que se ejerce sobre los niños desde la guardería para que no hablen español ni siquiera en el patio. Los dirigentes independentistas saben muy bien que están utilizando estos métodos de presión e intimidación en todos los niveles de la sociedad (no sólo en la escuela, sino en los medios de comunicación, el deporte, la cultura, las instituciones, etc.), mientras incumplen leyes y acusan a los demás de antidemócratas.
Pero el uso perverso de la democracia y la presión intimidatoria no son una prueba de irracionalidad, delirio o falta de pragmatismo, sino el resultado de un plan coherente y fríamente planificado. Los constructores e impulsores del independentismo han sabido muy bien analizar a la sociedad catalana. Con más de un 60% de hispanohablantes de origen español, que nunca vieron incompatible vivir en Cataluña o sentirse catalanes y pertenecer a España, era prácticamente imposible aspirar a la independencia. Para inclinar la balanza había que intentar desligar simbólica y emocionalmente al mayor número posible de esos ciudadanos de la idea de España y lo español. El instrumento más adecuado fue la inmersión lingüística. Pero se necesitaba algo más. Había que ocupar todos los espacios sociales y culturales desde los que se pudiera expresar y hacer visible el rechazo a España y lo español, mostrar desprecio y desdén hacia cualquier forma de identidad e identificación que no fuera la catalana. Fue necesario emplearse a fondo durante más de tres décadas, con todo tipo de métodos y medios, para construir la oposición irreconciliable Cataluña/España. Alcanzada la hegemonía simbólica, discursiva y moral, y con todo el poder institucional en sus manos, los independentistas han logrado crear una corriente de opinión contra la que resulta muy difícil, arriesgado e incómodo oponerse.
Cuando nos sorprendemos del voto independentista sobrevenido es preciso recordar esta historia de propaganda e imposición antidemocrática y coactiva. No es el resultado del ejercicio del pensamiento, la información y la libre elección de los ciudadanos. El déficit democrático de base invalida los resultados, que serían muy distintos en una sociedad verdaderamente libre y democrática.



Pero hay más elementos que, analizados desde la perspectiva del independentismo, otorgan a este movimiento una lógica, racionalidad y pragmatismo que no podemos ignorar ni infravalorar.
            La sociedad catalana está hoy dividida, como cualquier sociedad capitalista, en tres grupos: la burguesía acomodada, la clase media y la clase trabajadora. No son grupos homogéneos, ni económica ni culturalmente, pero sí marcan fronteras de desigualdad bastante comprobables: condiciones de vida, propiedad, poder, influencia, consideración social. Aunque el independentismo es uno, no todos los independentistas son iguales.
Si imaginamos una pirámide y situamos en la cúspide a los más ricos y poderosos y en la base a los trabajadores con pocos recursos, observamos que a medida que ascendemos aumenta el número de independentistas. Es fácil comprender que los más acomodados y parte de la clase media tienen un motivo convincente para apuntarse al independentismo: la independencia constituye un medio excelente para aumentar el poder, la influencia y el control social, ascender económica y socialmente y asegurarse un modus vivendi privilegiado. Digamos que la independencia es para todos ellos, de acuerdo a su nivel y ámbito de actuación, un buen negocio. Los de la base, a su modo y nivel, mucho más modesto, también asumen que con la independencia les irá mejor. Como son los que más han sufrido las consecuencias de la crisis, necesitan creer y tener expectativas de mejora, tanto para ellos como para sus hijos.
Podemos preguntarnos cómo es posible diluir todas las diferencias sociales y económicas hasta volverlas irrelevantes frente a la idea de una Cataluña independiente, cómo es posible que se unen en la misma lucha aquéllos que han sido sistemáticamente despreciados, explotados y engañados, con aquéllos que han hecho del robo y el desmantelamiento de los servicios públicos sus señas de identidad más visibles. Cómo es posible que los trabajadores y parte de la clase media se deje llevar por una minoría ambiciosa, insolidaria y corrupta. Podemos lamentarnos, pero no hay duda de que detrás de este éxito hay un plan, una lógica y una habilidad indiscutibles.