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lunes, 20 de junio de 2016

¿POR QUÉ VOTAMOS A QUIEN VOTAMOS?

(Foto: A.Galisteo)
Lo confieso: toda mi lógica, toda mi capacidad analítica queda hecha harapos cuando intento responder a la pregunta de por qué los españoles votamos a quien votamos. Yo, que me considero un ciudadano políticamente informado y responsable, sé a quién voto y por qué, pero en cuanto aplico mi racionalidad a los otros me sobreviene la duda, me sumerjo en el enigma, el misterio, el arcano. He de suponer que, como yo, cada cual tiene fundadas razones para decidir su voto, y serán seguramente tan racionales y válidas como las mías. Pero si trato de analizar los resultados electorales en su conjunto, entonces no hay modo, toda mi lógica se desmorona.
            Simplificando, podríamos decir que hay tres grandes motivaciones para votar a un partido: su programa, su líder y sus mensajes. Los programas, aunque se presenten en forma de catálogo comercial, ni se leen ni se analizan en su conjunto, que es la única forma de valorarlos. La falta de ideas y principios se combina con vaguedades etéreas y medidas concretas de imposible o irrelevante aplicación.
            Si pasamos a analizar a los líderes, el enigma se agranda. Tres cosas son las que pueden determinar nuestra valoración: su imagen corporal, su retórica y su historia personal. En mi libro Teoría del Teatro, analicé lo que llamé “la transparencia del cuerpo” y recogí una frase de Darío Fo: “si observas y sabes leer el lenguaje de las manos, de los brazos, del cuerpo, no se te escapa nada del embuste ajeno”. La verdad siempre está en el cuerpo.
Yo no puedo sustraerme a los mensajes de la anatomía. Observo, por ejemplo, a Rajoy y veo que camina con esfuerzo, cierra los puños para darse impulso, las piernas tiran penosamente de su otro medio cuerpo; la piel de su rostro brilla en exceso y cuando habla las palabras tropiezan en su boca, de labios amoratados. Su retórica de la obviedad se embarulla con frecuencia y produce esos retruécanos deslumbrantes: “somos sentimientos y tenemos seres humanos”… En cuanto a su historia personal, nada le saca de una mediocridad gloriosa, salvo el trapicheo de los sobres, cuyo alcance y profundidad algún día conoceremos.
La anatomía de Iglesias puede llegar a obsesionar: pecho encogido, espalda curvada cerca de las cervicales, barriga caída e incipiente, piernas que tienden al arrastre, dientes que están pidiendo una recolocación, cejas y rostro con signos de prematuro envejecimiento. Su aleteo de brazos, adelantando la cabeza, es gesto de matón que reprime con retórica edulcorada y condescendencia jesuítica. Su historia personal aclara hasta cegarnos lo que su corazón trata inútilmente de ocultar: una ambición personal desmedida. Sus mensajes son pura hojarasca, tan cambiantes como viento de marzo.
Rivera y Sánchez, desde el punto de vista corporal, no transmiten esa falta de armonía que vemos en Iglesias y Rajoy. El problema de Sánchez es su rigidez y voluntarismo, que se refleja en el gesto y el rostro encorsetado y la sonrisa forzada. A Rivera le falta reposo y solidez interna; no basta con dominar la impulsividad y la inseguridad.
Buscando aclarar el enigma, por tanto, yo le doy importancia a ese mensaje inconsciente de los cuerpos, que puede determinar el rechazo o la identificación con los líderes. No parece esto, sin embargo, un elemento decisivo, ya que no se corresponde con el apoyo de los electores, contradiciendo, entre otros supuestos, ése que otorga una enorme importancia a la imagen de los líderes.
Sólo se me ocurre una última explicación: que cada uno atiende sólo a aquellos mensajes que quiere oír, tanto para confirmar el sentido de su voto como para justificar su veto al resto de partidos. Cuando más (y a más gente) halague los oídos, alimente sus rencores, desvíe sus frustraciones, proyecte sus miedos, despierte expectativas, anuncie castigos, prometa dádivas, asegure privilegios, etc., tanto más eficaz será el mensaje. Es en esta zona pantanosa de las emociones y los sentimientos, no en la racionalidad, donde, al parecer, se dirime nuestro futuro.    


jueves, 16 de junio de 2016

PERIODISMO POPULISTA

(Foto: S. Trancón)
Vamos a meternos con el gremio. Simplifiquemos hablando de “periodistas”, cajón de sastre en el que también cabe un cubo de basura. Ya es casi imposible distinguir entre un profesional de la información y todo lo demás, esa fauna variopinta de charlatanes, egópatas, analfabetos, exhibicionistas y provocadores. Cursilería y chabacanería, bobería empalagosa y marrullería verbal, todo se mezcla hasta aturdir al lector, espectador, oyente. ¡Son los medios, estúpido!
Los medios. Esos aparatos ideológicos, esas máquinas de triturar cerebros,    pero, (¡gran paradoja, como la vida!), imprescindibles instrumentos de información y comunicación. Ya no podemos vivir sin ellos, sin  su poder e influencia. Definen el mundo, establecen sus límites, nos obligan a permanecer dentro de su campo de concentración porque fuera de su alambrada de púas nada existe. Viven para amasar dinero, y lo consiguen, porque en realidad son pocos para mucho pastel. Han encontrado el truco: atrapar como sea al mayor número de “mirantes”, “escuchantes”, “leyentes”. De lo único que se trata es de secuestrar la atención, mantener la mente ocupada con estímulos superficiales en constante cambio. Nunca ha sido más fácil manipular la opinión publica﷽﷽﷽﷽lar la oponite siempre cambion eststual, todo se mezcla hasta aturdir al lector, espectador, oyente, al que se len ública, controlar a lo que Ortega llamó “las masas”, hoy dignificadas con el nombre de “ciudadanos”, pero radicalmente “alienadas” y “oprimidas” (viejas palabras que deberíamos recuperar).
Analicemos la resurrección de fenómeno populista. El populismo es, ante todo, una ideología en la que todo está permitido con tal de alcanzar el poder (Mussolini, Hitler, Franco, Perón, Chávez, por citar a los más cercanos). Como el poder se toma por asalto, dicen, no por consenso, el uso de la democracia no es más que “instrumental”, una forma de camuflaje. La mentira, el engaño, la ocultación de intenciones, no sólo es “legítima”, sino necesaria. La gran palabra, el constructo mental con el que justificar todo sin necesidad de dar explicación alguna, es “la gente” o, según convenga, “el pueblo”, y ahora, “la patria”, otra resurrección “franco-castro-chavista”.  
Pero lo que hoy quería traer a esta columna “doricojónica” (como diría Crémer) es un hecho más concreto y demostrable: que no existiría periodismo populista si no hubiera o hubiese periodistas populistas. Haylos, y cada día más, pues parecen reproducirse por contagio. Vean la Sexta, la Cuatro, la Tres, la Cinco, todo el sistema catódico decimal, la Ser y la no Ser… De los más famosos a los menos famosillos, la mayoría se apunta al periodismo populista, que es lo contrario del periodismo crítico, informativo. Todo es complacencia emética, adoración y halago y compadreo hacia el poder emergente y galopante, al estilo de “la resistible ascensión de Arturo Ui”.
También haylos del otro lado, porque si Podemos goza de derecho de pernada, el PP sigue manteniendo sus incondicionales, igualmente populistas, con la diferencia de que éstos ya han alcanzado el poder y de lo que tratan es de mantenerlo enfrentando dos populismos simétricos.

Según Metroscopia el 95% de españoles considera la situación política mala o muy mala, y el 74% está insatisfecho con el funcionamiento de nuestra democracia. Ésta parece ser la verdad, ésa que desprecian los periodistas populistas, la única que debiera preocuparlos. Porque lo más grave es la degradación y el desprestigio de la verdad, la verdad de lo que la mayoría de ciudadanos piensa y siente cuando no les someten a la hipnosis mediática. Lo último, ésa estupidez de convertir a los niños en periodistas, la versión más depurada del populismo. Y los políticos, obedientes, se someten a todo tipo de majaderías y pruebas, como si estuvieran concursando en el Gran Hermano. No es que pierdan la dignidad, sino la cabeza, que muestran tener llena de banalidades y naderías, fruto de una “lobotomización” mediática que les impide, no ya pensar por sí mismos, sino simplemente pensar.

martes, 7 de junio de 2016

Partidos del circulo cuadrado

(Foto:A.T.Galisteo)
En el mundo de la razón y las evidencias newtonianas (o sea, aquel en que nos movemos, respiramos, caminamos o freímos un pimiento de Padrón), los círculos no son cuadrados, ni los cuadrados, círculos. Por la misma razón, un huevo no es una castaña. En la lógica de nuestros partidos, sin embargo, rige el axioma contrario: los círculos son cuadrados y los huevos, castañas. Todos invalidan la razón kantiana para imponer el principio de que lo imposible, no sólo puede ser, sino que además es necesario. Los ejemplos son innumerables, pero vamos a fijarnos sólo en uno, el de la organización territorial e institucional del Estado. Frente a este grave e insoslayable problema, ¿qué círculo cuadrado nos propone cada partido? ¿Qué huevo castaña en su programa electoral?
Empecemos por el que más se atreve a cuadrar círculos, el PSOE. Pedro Sánchez nos explica cómo un huevo federal puede convertirse en una castaña constitucional: establezcamos “un pacto político con Cataluña que, respetando las implicaciones del principio de igualdad, reconozca su singularidad y mejore su autogobierno”, porque "es evidente que Cataluña es una comunidad nacional con personalidad lingüística, cultural, económica, histórica y política de perfiles singulares y muy acusados”. ¡Toma ya! Bilateralidad. Nación con/contra nación en pie de igualdad; o sea, la independencia del círculo cuadrado. Fíjense en cómo un huevo puede ser a la vez una castaña: no se trata de respetar “el principio de igualdad”, sino sus “implicaciones”. El modelo, para que nos lo traguemos mejor, puede extenderse a otras comunidades “históricas” (las demás son “ahistóricas”, no existen). Así que de la bilateralidad pasaremos a la “pluribilateralidad”.
Podemos es el partido más emblemático del círculo cuadrado porque, digamos, lo lleva en la sangre, círculo de círculos, círculos que se acumulan y superponen, ruedas que se enredan. La fórmula de la cuadratura es la “plurinacionalidad”, o sea, que cada “nación” decida lo que quiera. ¿Cuántas, cuáles? ¡Ya se verá! El líder melenado, ebrio de omnipotencia, piensa que dominará a las mareas disgregadoras y, una vez reconocido el derecho a hacer cada “pueblo” lo que le dé la gana, él logrará que todos los independentistas se queden en España, “seduciéndolos”.
Ciudadanos cuadra el círculo no hablando de él. Un oportunismo extraviado le lleva a dejar la “cuestión catalana” a un lado, como si fuera un problema menor o territorial, sin darse cuenta de que, aunque no sea lo único ni lo más importante, sí es lo más decisivo y determinante en el momento actual. Sin resolverlo, ningún otro problema podrá resolverse.
El PP cree que el tiempo y la política de apaciguamiento y cambalache parirá por sí sola la solución. Nada extraño, porque su única habilidad consiste en redondear las cuentas y los cuentos para convencernos de que sólo ellos son capaces de hacerlos cuadrar. Es una actitud de ciegos, como si en lugar de ojos tuvieran castañas o huevos de avestruz.

Cuando uno ve cómo los partidos que nos han de salvar de la catástrofe se empeñan en aplicar la lógica del círculo cuadrado; cuando uno comprueba lo lejos que su lenguaje está de la verdad y la evidencia terca de los hechos; cuando uno se da cuenta de su enorme incapacidad para pensar y describir y diagnosticar la crítica situación en que, como Nación y Estado, nos encontramos, es casi obligado el creer (y desear) que surjan en nuestro país otras fuerzas, otros grupos, otros partidos capaces de abrir los ojos a la mayoría de ciudadanos para proponerles un nuevo modelo de Estado-Nación que supere todos los miedos y complejos actuales. Políticos que no sean los cabeza cuadrada que hoy tenemos. Ya se sabe que, para lograr una cabeza cuadrada hay que achatarla por los polos, o sea, seccionarle la mitad del cerebro.